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Al principio, me agotaban en gran medida las desveladas, pues trabajaba de martes a domingo; pero, al poco tiempo, me acostumbré a la vida nocturna y a todas las bondades y placeres que ésta puede brindar cuando se lleva con orden y medida. ¡No existe nada más gratificante y excitante para el cuerpo y el espíritu que las mujeres y el alcohol!
Cierta noche, un hombre totalmente ebrio, sentado junto a una de las prostitutas del cabaret, dormía grotescamente sobre la mesa, entre el líquido derramado de su bebida y manchas de vomito.
A través de los juegos de luces multicolores, alternados con períodos de penumbra, se podía ver el triste espectáculo que daba ese borracho. Dos de los guardias de seguridad se acercaron a la pareja. Apartaron a la muchacha y levantaron en vilo al parroquiano, llevádolo como se hace con los toreros: en hombros, depositáronlo en una pequeña banca que estaba atrás del centro nocturno y ahí lo dejaron.
Pareciéndome conocido aquél individuo salí un momento para verlo más de cerca. Al hacerlo, no me costó mucho trabajo en reconocer en ese beodo al esposo de mi desaparecida jefa. Dándome lástima por su situación, hurgué en su pantalón buscando las llaves de su automóvil. Cuando las encontré, rápidamente identifiqué su vehículo. Abrí la puerta del copiloto y después fui hasta él. Rodee su tórax con mis brazos, y jalándolo, lo llevé hasta su auto. Durante el pequeño camino a su automóvil, no paraba de mencionar el nombre de una mujer: Tania.
* * *
-¡Tania! –le pregunté al capitán de meseros del cabaret cuando volví a entrar -¿Quién era Tania?
-Mira, muchacho –contestó el capitán después de unos segundos –Es mejor que no te metas en problemas. Haré de cuenta que no me preguntaste. comments Facebook Social Comments
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