EL MONSTRUO
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-El hombre que sacaron hace rato era el esposo de mi antigua jefa –expliqué –Cuando lo subí a su automóvil sólo mencionaba ese nombre. Hasta creía que lloraba cuando lo decía. 

-Hummm… ¿Eso decía? 

-Sí, Señor. ¿Cómo cree que lo engañe? 

-Te creo… te creo. Sólo que no quería que nadie lo supiera. Soy el único que queda desde que se abrió el cabaret hace seis años. Pero, por tu vida, ¡promete que nunca dirás nada! ¡Es por la propia seguridad del negocio! 

Emocionado por la curiosidad, contesté: 

-¡Por supuesto, Señor! ¡Prometo jamás decir lo que Usted me diga! 

Todavía titubeando un poco, empezó a decirme el capitán de meseros: 

-Cuando se inauguró el “Walhalla” era un lugar fino y elegante. No como ahora, que es de medio vuelo. Los mejores hombres de la sociedad venían acá. Gastaban grandes sumas de dinero. Nosotros les dábamos razones para ello. Presentábamos excelentes espectáculos con mujeres muy bellas, más que en cualquier otro centro nocturno de la ciudad. Era de esperar que algunso clientes frecuentaran a las chicas. Que salieran con ellas. Incluso que se enamoraran de ellas. Pero tampoco faltaba que las esposas se enteraran creando algunos problemas. ¿Qué querían? ¿Qué sus maridos fueran fieles con esos bombones de chicas? 

¡Al diablo la fidelidad! 

Hubo una chica. La más hermosa potrilla de las que pisaron la pista del “Walhalla” –continuó el capitán –que con su sola mirada embrujaba a quien la viera. Tenía el cuerpo más excitante y exuberante que uno se pudiera imaginar. Bailaba con la fuerza de un huracán y con la gracia de las olas del mar. Se contorsionaba como una serpiente, y al besar, parecía que amaba y mataba al mismo tiempo. ¡Puro éxtasis, muchacho!. Se enroscaba en el cuello de su amante en turno, y llevándolo al paraíso de las emociones, con sus besos, parecía que lo trituraba, pero de sensualidad.