EL MONSTRUO
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-¡Calma! –se apresuró a decir el jefe de meseros -¡Todavía no termino!. Una de esas noches, Tania tenía que presentar su espectáculo. Aunque era un día entre semana y era malo para las ganancias, la sola mención de su nombre, bastaba para llenar todo el recinto. Sin embargo, llegaron tres sujetos que nunca habían entrado antes al “Walhalla””. Pidieron una mesa del fondo y nadie reparó en ellos. Aunque no parecían de fiar, la velada transcurrió sin incidentes. Ya casi  para cerrar, uno de ellos, habló por largo rato con Tania. Finalmente, ella pareció consentir con los deseos del caballero. Se cambió de ropa, tomó sus cosas y salió… para… ya no regresar… 

Las últimas palabras las que había dicho con una grave entonación. Como queriendo olvidar lo que alguna vez vio.Como si quisiera comprender cómo es que nunca sabemos qué nos puede suceder. 

-Y despues, ¿qué sucedió? –musité. 

Después de encender un cigarrillo y exhalar la primera bocanada de humo, dijo: 

-Empezaba a caer la noche cuando llamaron por teléfono al “Walhalla”. A esas horas, el único que siempre estaba era yo. Tú lo sabes. Soy siempre el primero en llegar y el último en salir. Llamaban del Hospital Santa Teresa. Preguntaron por mí, y al informarles que era yo el hombre que buscaban, me pidieron que fuera para allá urgentemente. Al llegar al Santa Teresa, me indicaron a qué cuarto tenía que dirigirme. Fui caminando hacia allá con enorme preocupación y lleno de incertidumbre. 

Cuando llegué al pabellón al que pertenecía ese cuarto, un letrero indicaba de qué se curaba a los enfermos que ingresaban a él. “Quemados”. Al leerlo se me encogió el alma y mi corazón brincó agitado. Busqué el cuarto que me habían indicado: el 20. Por ser un hospital de interés social, no había puerta, así que, entré sin anunciarme. 

Detuvo su relato un momento y volvió a fumar de su cigarrillo: