EL MONSTRUO
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Cuando terminó de narrar todo el jefe de meseros hubo un prolongado silencio. Sólo pude tragar con dificultad mi propia saliva. 

Ya repusto de esa impresión, comenté: 

-¿Seguiste viéndola? 

-Sólo una vez –contestó. 

-¿Qué te dijo? 

-¿Respecto al trabajo?. Pues nada. 

-No. Sobre el accidente. 

Movió su cabeza de lado a lado. 

-No conviene ni es bueno que lo sepas. 

-¿Por qué no?. ¿No soy de fiar? –inquirí. 

-¡Tú sí!. Pero los demás no –apuntó. 

-¿Cuál es el motivo por el que no me quieres decir lo que te dijo ella? 

-Te lo voy a decir, pero que conste que no es invención mía –suspiró convencido –ella me comentó que estaba seguta de que lo que sucedió no era fortuito. Estaba segura de que alguien la había mandado eliminar. Y que, casi  en un cien por cien, ese alguien era la esposa de uno de sus amantes del “Walhalla”. Por cierto, era necesario que yo no dijera nada aquí en el trabajo. Para que no hubiera posibilidad de que esa mujer se enterara de dónde y cómo se encontraba Tania. 

Pensando sobre algo que me parecía extraño, le volví a preguntar al jefe: