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Pensando su respuesta unos momentos, al mismo tiempo que veía hacia una de las esquinas que estaban a mi espalda, me respondió:
-Al que Usted quiera, excepto a esa mujer.
Para no ser indiscreto, giré la cabeza con lentitud, dirigí mi vista hacia la esquina, en la que una mujer estaba sentada, con la espalda recargada en la pared. Esa mujer, a su vez me veía detenidamente. No podía ella adivinar, claro está, lo que la vieja me decía, pero su aspecto, aún a esa distancia, era dolorosamente penetrante.
Vestía pantalones negros de mezclilla extrañamente muy cuidados y limpios para el modo de vida de un menesteroso. Llevaba una gruesa chamarra, del mismo color que los pantalones, en la misma condición que éstos, y una blusa negra, para variar, cerrada en todos sus botones hasta el cuello.
Pero lo que hacía particularmente morbosa, bizarra y agresiva a la vista a esa infeliz mujer, era la tosca y grotesca máscara, de un color similar a la piel humana, que usaba para cubrirse el rostro y la cabeza. Podía verse muy corriente, zurcida y remendada con parches de tela, como de ese material con el que suelen hacer sus máscaras los luchadores profesionales para entretener y deslumbrar al público durante sus actuaciones.
A través de las mal trazadas circunferencias que daban salida a la vista de la enmascarada, dos gotas, tan azules como el más diáfano de los cielos de primavera, percibibles notablemenete aún a esa distancia, seguían posándose sobre mí con el terrible peso de su inmóvil silencio.
-Dentro de una bolsa de plástico, justo al lado de ella –habló de nuevo la anciana –juto con uno o dos panes, siempre guarda una botella perfectamente tapada. No puede distinguirse el líquido que la botella contiene pero con esas maratónicas jornadas debe de ser alguna bebida preparada con frutas o un refresco para calmar su sed. Pero, figúrese Usted, jovencito, nunca bebe de la botella. comments Facebook Social Comments
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