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¡Qué extraño!¡Mendiga y desperdiciando la comida!
Y eso no es todo.
Aún falta más.
Frecuentemente, un hombre de porte distinguido, se acerca a la mujer para dispensarle una limosna. A veces llega a la misma hora, pero no lo hace todos los días. Los va alternando. El hombre estaciona su lujoso auto muy cerca de la esquina. Baja, en unas ocasiones, con cajas y regalos, y en otras, sin nada. Pero cuando baja sin ningún paquete en las manos es porque le ofrece un gran fajo de billetes de alta denominación que la chica acepta y guarda rápidamente por entre sus ropas. Después de eso, el hombre se aleja. Nunca los he escuchado platicar.
¡Es un misterio esa mujer!
¡Ni siquiera conozco su voz!
* * *
Procedí a despedirme de la anciana y caminé, seguido de mi compañero, decidido a alejarme lo antes posible de ese lugar. Para irnos, debíamos de atravesar la calle y pasar muy cerca de la embozada mujer. Oculta y protegida por su horrenda máscara, levantó la cara, y con ella su vacía mirada.
Sin mover mi cabeza, firé mis ojos y miré los de ella. Quedé petrificado. Ningún brillo de vida animaba su mirada. El más fiero de los tiburones hubiera tenido mayor expresión en sus ojos que esa desdichada. Desprovistos de todo sentimiento, me veían, me escrutaban, me desnudaban, no sólo del cuerpo, también del alma.
Sólo fueron unos segundos pero quedé apabullado por su hierática mirada.
Despacio, muy despacio, dejó de mirarme. Bajó lentamente su cabeza mientras pasábamos de largo. comments Facebook Social Comments
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