EL MONSTRUO
Minuto a Minuto

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Al principio ni siqueira las veía y simplemente las arrojaba al cajón de mala gana. Poco a poco, algunas empezaron a llamar mi atención. Ahora ya las veía con calma, y enseguida, las depositaba dentro del cajón. Había fotografías de bellos paisajes en lugares remotos, de cumbres empenachadas con nieves perpetuas, de momentos graciosos o chuscos, de autos de carreras en plena acción, de combates de lucha y de boxeo con las muecas más emocionantes que uno pueda ver, de un coro de niños cantando en una presentación, de una bellísima  y exhuberante bailarina de danzas exóticas en diversas psoses provocativas, como: girando la cadera y coqueteando con las manos, con un dedo sobre sus labios pidiendo silencio y mirando sensualmente con sus celestes ojos. También estaban entremezcladas, con todas éstas fotografías, las placas que tomamos durante mis últimos trabajos para la revista. Entre muchas otras, pude distinguir las fotografías que obtuvimos de la anciana que pedía limosna. Mi compañero le tomó impresiones desde muchos ángulos a la viejita: de perfil, de frente, con la avenida como fondo, y de espaldas a los demás mendigos, con ella en primer plano. Sin embargo, había una que turbó mi ánimo. Era una fotografía, con la toma abierta, donde la ancianita no posaba, en la que la mujer misteriosa de la espantosa máscara aparecía extrañamanete cerca de la lente. Podía verse toda la fuerza de su mirada. La frialdad con la que lo hacía acentuaba el añil de sus ojos. No cabía duda de que mi compañero había realizado un buen trabajo. Decidí conservar sólo dos fotografías: la de la voluptuosa bailarina y la de la mujer de escalofriante aspecto. Estaba seguro de que nadie notaría la falta de dos fotografías tan comunes de entre tantas tan bien hechas y de mayor importancia. 

Finalmente, terminé con mi labor y pasé a despedirme del esposo de la Directora. El único pensamiento que ahora me preocupaba era el de encontrar lo antes posible un nuevo trabajo. 

Durante varias semanas busqué un empleo. En el área que yo manejaba y me desempeñaba estaba todo cubierto y muy competido. El único lugar que encontré, como empleo temporal, fue de mesero en un cabaret. 

¡Ni hablar! ¡Algo se tiene que hacer para vivir!