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¿Qué deber social puede ser más ingrato e indeseado que el de dar el pésame?
No obstante, nadie en las oficinas dejaba de pensar en su respectivo trabajo. Con la ausencia de la fundadora y organizadora de la Revista, perdíase la cabeza, y sin ésta, el cuerpo no puede sobrevivir.
De esa manera, nadie sabía qué le deparaba el futuro a la Revista. Pero era casi opinión unánime que la misma desaparecería.
Podíamos ir pensando en buscar un nuevo trabajo. Aunque en mi caso era casi un hecho. Por haber sido tan cercano colaborador de la Directora, mi trabajo dependía exclusivamente de ella. Ahora, sin la presencia de ella, mi función carecía de sentido. Así que, no esperando que me llamara el viudo, renuncié sin más ni más.
El viudo aceptó mi renuncia. Pero me pidió, como un último favor a mi antigua jefa, que juntara todas sus pertenencias y material periodístico que había en las oficinas.
Al día siguiente, me presenté muy temprano para cumplir con el encargo del esposo de la Directora. Rápidamente comencé a empaquetar todas las pertenencias de la estricta Directora. Cuadros, libros, revistas, apuntes, archivos, grabaciones y demás objetos que cabrían en la misma clasificación, incluída una botella vacía que al destaparla para oler su contenido despidió un ligero olor semejante al de un ácido muy corrosivo; llenaron un gran número de cajas en el proceso de limpieza que llevé a cabo.
Casi al final de mi tarea, lo único que restaba por guardar, era un sinnúmero de fotografías que se acumulaban en un enorme archivero. Cuando traté de sacar uno de los cajones superiores, debido a mi pésimo cálculo del peso del mismo, éste se vino abajo con gran escándalo desparramándose todo su contenido en casi todo el piso. Cientos, tal vez miles de fotografías, quedaron esparcidas a mi alrededor. Controlando mi fastidio, me arrodillé para empezar a levantar las fotografías. comments Facebook Social Comments
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