LA CONSTITUCIÓN DE LA CULTURA DEL GOCE
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Con la idea común y simple sobre el goce, podemos pasar a definirlo desde la perspectiva psicoanalítica que analiza Portocarrero, sustentándose en Braunstein, el cual se basa el Lacan. Bajo esta mirada, el goce es un “exceso intolerable” del placer, es decir, es en demasía y extremo, a tal punto que se acerca al dolor y al sufrimiento por encima de la ley y sin importar el colectivo. “Braunstein –dice Portocarrero– también define el goce como una manifestación del cuerpo próxima al dolor y el sufrimiento”. En tal sentido, el goce no se limita a un placer y deleite, sino implica también el daño, dolor y sufrimiento de uno mismo y de los demás. Entonces, esta situación se caracteriza por dejar a un lado al prójimo, a los otros y al colectivo al cual pertenecemos, e incluso no importa nuestra integridad física y psicológica, ya que el fin u objetivo es el gozar. En este especifico sentido, Ubilluz va a decir que el imperativo al goce se gesta por la desaparición  o muerte del gran Otro  –que para Lacan es el orden simbólico–, que no es otra cosa que la comunidad, el colectivo y las metas comunes. Esto es una consecuencia del individualismo y de la ideología narcisista que promueve el mercado como parte del sistema posmoderno del capitalismo tardío.

 

Particularmente para Portocarrero “el goce es una experiencia de satisfacción, que cuando no está ligado a la ley y el amor se transmuta en una excitación desequilibrante, mortífera. El goce se convierte entonces en un sustituto del sentido, en un intento de llenar el vació de la existencia sobre la base de abandonarse a una impulsividad ciega”. Con esta redefinición se aclara lo descrito anteriormente, esto es, que el goce va mas allá del placer, es satisfacer la pulsión y el instinto de una u otra manera sin importar nada ni nadie, ni siquiera la ley e ignorando el discurso, la posición y los anhelos de los otros. En síntesis, el goce nos embrutese, controla, nos lleva a la autodestrucción y nos conduce, en términos de Portocarrero, al mal. Por tanto, habría una relación estrecha entre al mal y el goce, en tanto que el segundo razonado desde el psicoanálisis, es un exceso que causa daño, dolor y sufrimiento, entrando de esta manera a una situación de maldad, vale decir, (re) creando o construyendo el mal en sus múltiples rostros y modalidades. Es así que, Portocarrero plantea “entender el mal como algo que implica dañar gozosamente la humanidad propia o ajena, es decir, atentar de una manera u otra contra la singularidad de las personas”.

 

Por otro lado, para Ubilluz el goce no solo se relaciona con el mal sino también se enlaza con el narcisismo, en donde yo soy el centro del mundo, digno de amor a diferencia de los demás. El narcisismo es el amor excesivo de uno mismo –tal como es entendido el goce desde la mirada psicoanalítica–, en tal sentido para Ubilluz el ser narcisista equivaldría a ser individualista. Para Lacan el estado narcisista de una persona es el “yo – ideal”, en donde el  individuo rechaza y desafía la “castración simbólica”, es decir, la ley paterna y su orden social. En este sentido, el sujeto solo busca su goce individual imaginario –un ideal omnipotente del Otro que no existe o que es inalcanzable– sin importarle la colectividad, esto es, el “ideal del yo”. “Narcisista por definición –dice Ubilluz–, el yo ideal apunta hacia el goce: de primar en el sujeto, este ideal lo lleva a desafiar la castración simbólica y a procurar una completud imaginaria, a buscar sentirse completo como cuando en el regazo materno”. De esta manera, el “yo – ideal” es entendido como el narcisismo e individualismo de una persona, solo busca su goce aunque este sea algo ideal, imaginario e inalcanzable. Entonces, tanto el narcisismo como el goce son excesos construidos en la subjetividad del sujeto por la acción del mercado y el sistema social posmoderno en el cual está inmerso.