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GARCILASO DE LA VEGA

Sinopsis: EL INCA

Por: Elda Ruíz Flores*

            ¡Que tal amigos de Sabersinfin.com! nuevamente nos adentraremos el día de hoy en la vida y obra de uno de los escritores más famosos de España: Garcilaso de la Vega (1501-1536) quien nació en Toledo en 1501, en una familia de nobles. 

 

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                  En la guerra de las Comunidades, luchó en el bando del rey, para formar parte de su Corte, fue herido en 1521 en la batalla de Olías, más tarde fue nombrado caballero de Santiago. Al año siguiente, el Emperador lo casa con Elena de Zúñiga, y se instala en Toledo, de donde es regidor. En 1526, conoció a su musa, la portuguesa Isabel Freyre, vivió en Toledo todavía con su mujer hasta 1529, mismo año en que se separa y se casa con Isabel.

             Por su intervención en las bodas secretas de su sobrino, es desterrado en la isla del Danubio. En 1532, cambia este lugar por Nápoles, lugar donde trató a los principales poetas y escribió poesía castellana y latina. Alterna estancias en Italia y en España, donde le informan de la muerte de Isabel Freyre, que le inspiró sus mejores composiciones. Garcilaso de la Vega fallece en 1536.

            Aparece la primera parte de esta notabilísima obra en 1609, y la segunda, en 1616. Dos obras anteriores había producido ya (la traducción de los diálogos de amor, de Judas Abarbanel, y la Florida del Inca, en la que traza la biografía del adelantado Hernando de Soto este admirable escritor, emparentado con el célebre poeta Gracilazo de la Vega por parte de padre he hijo de una princesa peruana, prima de Atahualpa.

            La primera parte de los comentarios narra la historia del Perú antes de la llegada de los españoles, y tras una descripción del país y hablar de la dinastía Inca y de la fundación del Cuzco, ciudad imperial, pasa a exponer como era el templo del sol, con su jardín de oro, el lugar de los sacrificios y las fábulas y alegorías del templo del Titicaca, así como la casa de las vírgenes dedicadas al culto del sol.

            Los avisos que un fantasma “la fantasma” dio al inca, séptimo rey, y la guerra civil que se desarrolló poco después, en la que salió vencedor el príncipe Viracocha, son objeto de un relato extraordinariamente pintoresco, con un fondo de veracidad indudable.

            Adoradores del sol, los peruanos mantenían en diversas ciudades del imperio casas de vírgenes dedicadas al culto del astro rey. Eran escogidas muchas en la adolescencia entre las de alto linaje o excepcional belleza y habían de permanecer recluidas en “conventos” de rígida clausura, conservando su virginidad hasta la muerte.

           Sólo en la casa del Cuzco moraban más de mil quinientas “monjas” de esta clase. A su servicio tenían a muchas criadas y era regida por “mamacumas” o matronas, antiguas vírgenes que habiendo pasado por la menopausia, ascendían en categoría y autoridad. Las vírgenes del sol, además de su dedicación al culto divino, hacían labores manuales, como hilar, coser y bordar.

           Había en el Perú de que los servicios públicos estaban muy adelantados, entre ellos el de comunicarse. Disponían de veloces correos, llamados “chasqui”, con estaciones cada cuarto de lengua, en la que jóvenes indios fornidos y ligeros se iban transmitiendo los mensajes de palabra, por que los indios del Perú no sabían escribir, de modo que por esta red de chasqui se unían todas las provincias del imperio, hasta las mas lejanas.

           Ciertos mensajes no orales consistían en nudos y colores entretejidos que según la disposición de unos y otros expresaban palabras y cifras. Este vocabulario especial lo usaba el emperador para comunicarse con sus gobernadores de sus provincias.

           Las fiestas palaciegas eras fastuosas y las ceremonias para armar caballeros, solemnes, dignas de la hermosa Cuzco, cuya fortaleza o castillo  tenía tres torreones, construcción espléndida como pocas se han visto en ninguna época. Mezcla de inca Gracilazo  en sus narraciones  lo fantástico y lo real, lo grande y lo pequeño, las luchas entre príncipes y señores, el asesinato de los ministros  de Tupac inca Yupanqui  y los cultivos de los indios hacían del maíz, arroz, el trigo  y los pimientos. Más tarde, uno de los  conquistadores,  Francisco de Cervantes, natural de Toledo, introdujo la vid en aquellas tierras, llevando las plantas de  las islas canarias. En el Cuzco el primero que “metió uvas de su cosecha” fue el capitán Bartolomé de Terrazas. Termina la primera parte de los comentarios, que consta de ochenta y cuatro capítulos, con el relato de la rebelión  de los guerreros de la isla de puna y los llamados chachapuyas, con los que, una vez vencidos, mostró su magnanimidad  el inca Huayna Cápac.

              La segunda parte, que comprende treinta capítulos, expone desde los comienzos  de la conquista del Perú por los españoles y las guerras que hubo entre Pizarro y Almargo hasta la ejecución del inca  Tupuc Amaro,  heredero del  imperio por línea directa  a partir del primero., Marico Cápac – cerca de seis siglos -, por sentencia y orden  del virrey don Francisco de Toledo. Describe el valor  que demostró el inca al recibir la muerte, del que quedaron admirados los presentes, indios y españoles, e incluso el virrey, que vio la ejecución desde una ventana de su palacio.

              Claramente se advierte que el inca Gracilazo, por españolizado que se muestra, no deja de sentir la llamada de su raza aborigen, la nostalgia del palacio donde nació, en el Cuzco, y la de las mulles costumbre familiares. En general, su simpatía se inclina del lado indígena. No elude, aunque lo haga prudentemente, la censura que le merecen determinados  hechos de los invasores, actitud que ocasionó, en el siglo XVIII, la prohibición de la lectura  del libro por el Consejo  de Indias y , más tarde, el agrio juicio de algunos críticos e historiadores. Sin embargo, el autor toma muchos datos y  versiones de otros cronistas, Gomara y al padre Varela, principalmente.  

               Afirma que las riquezas del Perú eran inmensas- “aquél imperio es un mar de oro y plata”- y para probarlo cita las palabras del  obispo de Córdoba don Paulo de Laguna, quien dijo que de sólo un cerro de los del Perú  llegaron a España a últimos  del siglo XVI  doscientos millones de pesos de plata, registrados, y más de otros cien millones sin registrar. En una sola armada (galeones de Indias que rendían viaje a Sevilla) se trajeron del Perú trescientos millones de pesos de plata y de oro. Los objetos y utensilios de estos metales, y de cobre, plomo, cinc, etc., eran cosas corrientes en las casas peruanas. Las cuatro altas y largas paredes del templo del sol estaban cubiertas de arriba abajo por planchas de oro.

                Las minas fueron explotadas desde tiempos remotos por los indios, especialmente en las regiones de morocho, Cerro del Pazco, Junín, Huancayo y Jaula, y las industrias metalíferas  estaban muy adelantadas. Las ollas, cántaros, platos y bandejas del palacio y templos solían ser de oro, y hasta los azadones de los horrelanos eran de plata. Refiriendo ya los antecedentes históricos, deteniéndose en la batalla de salinas para trazar un vigoroso cuadro, lleno de color y de expresión, de aquel encuentro, en la que se dirimió la contienda entre Pizarro y Almargo.

               Hernando y Gonzalo Pizarro  creían que la gente de Almargo, al ver su fuerza, esquivarían  la lucha pero “el animoso Rodrigo de Ordóñez, capitán del almagro, estaba en Camino Real aguardando, muy fuera de ese pensamiento”.

               Otro momento de gran interés en el relato es el de cómo se hacían los “repartimientos” y la entrega de indios a los jefes y soldados españoles. En una ocasión, uno de éstos, detenido por orden del corregidor del Cuzco Alonso de Alvarado, a causa de haber intentado pasar un buen contrabando a hombros de los indios, el corregidor le condeno a muerte en la horca.

               Cuando el reo, montado sobre una mula, iba a salir hacia el lugar de la ejecución, algunos españoles distinguidos pidieron a Alvarado que anulase la sentencia, a lo que el se negó; sin embargo, dio al reo un plazo de 8 días para que se justificara o encontrase valedores al efecto, cosa que hubiera conseguido fácilmente.

               Pero el soldado, altivo y soberbio, dijo que ya estaba montado en la mula y que era mejor que, sin dilación, se ejecutase la sentencia, pues a el no le placía estar 8 días preocupado con la búsqueda de rogadores y padrinos que lo avalasen. La descripción de las fiestas religiosas en el Cuzco adquiere en la pluma de Garcilaso el inca gran brillantez. La inventiva novelesca interviene algunas veces al narrar los alborotos o sucesos dramáticos o burlescos que provocaban los soldados ociosos y levantiscos residuos de las últimas guerras, que pululaban por todo el país.

                La influencia y autoridad de los comentarios reales en la historia peruana fue durante doscientos años excesiva, pues eclipsó y relegó las primitivas fuentes, de las que nunca debe prescindirse. La obra literaria se halla en los comentarios a más alto nivel que la obra histórica, aunque ambas ofrezcan el suficiente mérito para brillar en lugar destacado entre el repertorio de las Crónicas de Indias. Además, en la personalidad de este Garcilaso de la Vega se fundieron con lazos de amor los incas y los conquistadores.

 

*Elda Ruíz Flores es licenciada en Periodismo y Comunicación Colectiva, y  Coordinadora  de Difusión Cultural en la Universidad Pedagógica Nacional U 211 Puebla; dirige el programa de radio:  InteligenciaSexual.com

 

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