PALOMA TORRES. DISGREGARSE EN CIUDADES INVISIBLES
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            En la mayoría de las cédulas de la obra expuesta encontramos al barro como alma de la misma, pero es importante hacer notar que el material proviene de una “geografía” particular, dando una sensación de identidad y un sello para los objetos, pues si se usara otro tipo de barro el efecto conseguido no sería el mismo; así que no se usa sólo barro para crear una visión exclusiva de la ciudad, sino que se usa “barro de Zacatecas” y engobes. “Arcilla, agua, esmalte, compuesto de sílice, cenizas sódicas calcinadas, plomo, estaño y óxidos metálicos”[17] son los elementos que forman el engobe a fin de vidriar para crear textura.

            Si la parte sensible de la obra se encuentra en las anteriores técnicas, el realismo y verosimilitud con el paisaje urbano se presenta en los metales utilizados pues no es el metal como material sino como forma y significado en dos proposiciones. La primera utiliza el bronce, aleación de cobre y estaño, de manera estructural y sustantiva[18] dando prioridad al objeto escultórico obtenido como en maquetas de edificios[19]. La segunda, utiliza al metal como se utiliza en la construcción, como esqueleto de la obra, pero con la particularidad de que la autora deja mirar lo que en un edificio se supone e integra las varillas al proceso de apreciación como en al descubierto[20].

 

Arte y Desenlace.

            Difícilmente se puede ser concluyente en la obra de un artista que continúa trabajando, sin embargo si pueden emitirse juicios sobre lo ya terminado.

            En primer término hay que recordar que el arte es una convención moderna que responde a contextos específicos en su particularidad y a lo sensible humano en su generalidad. Desde aquí pueden entenderse los objetos producidos por el hombre, ya sea de manera sensible o artística. Así, ver el trabajo de Paloma Torres nos permite conciliar lo primitivo con lo moderno sin la contrariedad y desilusión que esto presenta.

No tiene sentido dividir las ciudades en estas dos clases [felices e infelices], sino en otra dos: las que a través de los años y las mutaciones siguen dando su forma a los deseos y aquellas en las que los deseos, o logran borrar la ciudad, o son borrados por ella.[21]

 

            También es importante enfatizar que el trabajo de la escultora acomoda desde lo pacífico, lo caótico de la ciudad, el punto más importante a mi parecer. La mirada que emerge en cada escultura es positiva, lo que da a un ser humano que no sólo lucha en contra de un destino que, citadino, es agobiante; sino que intenta compartir su punto de vista para conceder ese ímpetu interno que se puede alcanzar a pesar de todo. Muestra un ser humano que construye su visión desde la adversidad capitalina urbana, una posición contraria a lo que se esperaría por el contexto, y da una mirada amigable. Al enfrentarse a la escultura uno deduce la inmensidad, tanto interna como del paisaje, pero llega a ella desde lo sublime, y si se me lee exagerado, entonces desde lo bello. Kant hace una diferenta clara entre estos dos términos que, a mi parecer, se avienen en el discurso escultórico de Paloma Torres.

La ciudad se te aparece como un todo en el que ningún deseo se pierde y tú formas parte, y como  ella goza de todo de lo que tú no gozas, no te queda sino habitar ese deseo y contentarte.[22]