Arte y proceso.
La escultura, como disciplina, es un proceso que resuelve la sensibilidad en objetos tridimensionales y que obedece, por lo tanto, a una experiencia espacial real antes que sugerida; el espacio no sólo se entiende sino que también se siente.
La visión escultórica de Paloma Torres se suma con un proceso que, al parecer, le antecede: el fotográfico -en todos sus sentidos. Este debe entenderse más allá de la técnica y la definición de Dubois nos sirve para abordar esta idea:
La foto no es sólo una imagen (el producto de una técnica y de una acción, el resultado de un hacer y de un saber-hacer, una figura de papel que se mira simplemente en su delimitación de objeto cerrado), es también, de entrada un verdadero acto icónico, una imagen, si se quiere, pero como trabajo en acción, algo que no se puede concebir fuera de sus circunstancias, fuera del juego que la anima, sin hacer literalmente la prueba: algo que es a la vez por tanto y consubstancialmente una imagen-acto, pero sabiendo que este <
La artista utiliza la fotografía como acto icónico cuando capta las estructuras arquitectónicas que después abordará desde lo escultórico; en su dimensión idéxica admite recordar el objeto que la provoca; y en lo simbólico la utiliza como puente imaginativo de su referente, éste último es un proceso duradero que influye en su obra.
Aunque la autora no es arquitecto de formación, lo es su padre y a esto hay que agregarle haber nacido en una de las urbes más grandes del mundo. En ello reitera su conexo con esa disciplina proyectual que integra en su trabajo para mostrar columnas y varillas, verticalidades y materiales expuestos.
Crecí dentro de un entorno donde la arquitectura es parte fundamental de la vida. La arquitectura es la que genera los espacios para el desarrollo humano. Mi padre fue un arquitecto obsesivo y de él aprendí que los espacios generan conductas diferentes en los habitantes. […] Lo que a mí me atrae de este proceso de la arquitectura son las estructuras de la obra, los huesos, el esqueleto del edificio; por ello es que mis ciudades son esqueléticas: me gusta el proceso de las cosas y esto tiene que ver mucho con mi trabajo. [6]
Escultura, arquitectura y fotografía son los procesos básicos que la artífice enuncia en una obra que invade la sensibilidad de quien la enfrenta, es difícil que pase inadvertida. A estos tres procesos hay que agregar uno más, que a su muy característica impronta puede llamarse pinto-escultura, pues en este proceso, que aún ejecuta, se recrean sus primeras obras como recorridos verticales[7], donde traslada los relieves a las superficies bidimensionales para jugar con esa relación entre textura y espacio.
Arte e imagen.
¿Qué mira uno cuando ve la obra de Paloma Torres? Esencialmente volúmenes delgados, verticales, texturizados y, hoy día, monocromáticos. Así que la imagen podría aludir a una síntesis formal del bosque o a la parte cardinal del mismo, la unidad principal: el árbol. Pero esto toma características notables en su textura, y su material que nos remite a la ciudad, y cómo no, si hay imágenes fotográficas de ella que refuerzan esta visión. El paisaje que enfrentamos es entonces lo natural artificialmente modificado.
Los paisajes urbanos nos enseñan claramente cómo sustituimos árboles por columnas, y cómo las hojas se transforman en varillas que sobresalen de las construcciones; por ello, mi trabajo escultórico sí tiene que ver con la forma de enfrentarnos a los paisajes, cómo nos corresponden y nos afectan.[8]
Así entonces, el bosque es, en sus distintas dimensiones, la imagen que nos llega de la obra; la ciudad, el concepto de donde nace la imagen. El bosque porque es representación de la ciudad en tanto inmensidad, y naturalmente, aunque irónico, no es más cercano. La inmensidad del bosque a diferencia de la que la ciudad proporciona, es más pacífica y, regularmente, no termina beligerante ¿qué mejor manera de enfrentarse a lo urbano a través de lo natural? La imagen abstracta de la metrópoli que Paloma Torres nos presenta no es caótica, perversa o conflictiva, no promueve sentimientos de aberración a su referente, incluso, invita a recorrerla y no sólo verla desde la periferia como es el caso de columnas con paisajes[9]; lo que la artista nos muestra es un vínculo apacible, sereno y plácido con el panorama; pero que también da pauta a otras reflexiones opuestas a través de su “ciudad-bosque”.
No hace falta pasar mucho tiempo en el bosque para experimentar la impresión siempre un poco angustiada de que “nos hundimos” en un mundo sin límite. Pronto, si no se sabe a donde se va, no se sabe tampoco dónde se está.[10]








