VALORES ESTÉTICO Y EXTRA-ESTÉTICOS DEL MUSEO DE ARTE
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"Un crucifijo romano no fue en primera instancia una escultura; ni la Madona de Cimabue un cuadro, ni tampoco la Palas Athenea de Fidias una estatua. El rol de los museos...

Valores estético y extra-estéticos del Museo de arte [1] 

(Un acercamiento)

Agustín René Solano Andrade[2]  

“un crucifijo romano no fue en primera instancia una escultura; ni la
Madona de Cimabue un cuadro, ni tampoco la Palas Athenea de Fidias
 una estatua. El rol de los museos en nuestra relación con las obras de arte
ha llegado a ser tan determinante, que nos cuesta pensar que ellos
pudiesen dejar de existir, o que nunca hayan existido allí, en esas culturas
donde la civilización de la Europa moderna es o fue desconocida. Los
 museos han impuesto al espectador una relación totalmente nueva con la
obra de arte...” 
André Malraux, Museo Imaginario 

 

Sin lugar a dudas el epígrafe peca de largo pero no de su función como resumen, como idea introductoria donde se pretende mostrar la imposición definitiva a través del museo y de nuestras relaciones con los objetos depositados en él. Malraux apunta certeramente a las relaciones de la obra con el sujeto dentro de la institución, sin embargo, no podremos negar que la misma institución genera sus propias relaciones hacia el exterior, con una sociedad atareada que está determinada por valores específicos y de los cuales interviene, ya sea para sostenerlos o para cuestionarlos, dentro de toda una compleja dinámica donde “el mercado” juega un papel concluyente. “Es destacable que la institución museo, a pesar de las continuas crisis que ha sufrido desde su misma fundación, agravadas por las críticas del arte de vanguardia y por las destrucciones de la II Guerra Mundial, ha ido aumentando su papel crucial dentro de las sociedades contemporáneas. Paradójicamente, cada crisis ha terminado por reafirmar el poder del museo como institución de referencia y de síntesis, capaz de evolucionar y ofrecer modelos alternativos, especialmente adecuada para señalar, caracterizar y transmitir los valores y los signos de los tiempos”. [3]

 

Parte fundamental de la idea de esta ponencia tiene que ver con el papel del museo de arte -sus valores estéticos- en tanto procurador de un imaginario social y creador de una identidad mutua, esto gracias a su trabajo y proyecto como institución social moderna. Otros puntos a tratar es su papel en la historia del arte y como promotor del arte mismo –en tanto a la obra y al artista-, pero sobre todo, como procurador del suceso que provoca el arte en el ser humano. Sin embargo, esto no deja de lado otras funciones  que, sin lugar a dudas, sustentan lo anterior y que definen a la institución entre los individuos que la visitan -o no-. Una definición clara del museo -que tiene una implicación directa en su valoración social-  es la que da el Consejo Internacional de los Museos (ICOM – International Council of Museums-) en el artículo 3 del Título II donde se expresa la importancia del mismo por sus funciones:

 

 Título II. Definición de museo. Artículo 3. El ICOM reconoce como museo a toda institución permanente, que conserva y expone colecciones de objetos de carácter cultural o científico, para fines de estudio, educación y deleite. [4]

 

Sin embargo, el museo de arte como tal, no sólo preserva, difunde, educa y deleita como todos los museos, sino que, a base de ello y su conjunción, lleva a cabo otras labores que no se escudriñan frecuentemente, siendo tan importantes como las anteriores, e incluso, que debieran de darle su justificación como producto de un quehacer humano donde los valores estéticos recaen. Dicho de otra manera, si bien el museo de arte entra en la definición del ICOM, es necesario atender a sus particularidades para valorarlo en ello y no sólo por el tipo de colección a la que se refiere. Esto ayuda a replantear su situación social y a juzgar de nuevas formas sus funciones, contenidos y valores.

 

El museo de arte debe permitir, entre otras situaciones, que la sociedad se integre en un común imaginario como fin último y primordial para procurar y facilitar una experiencia estética donde la significación de una identidad social (particular acaso en un museo de arte local) y humana (general si es que se trata de los magnos museos internacionales)  se vea representada en la institución y transmitida por la misma, no sólo por su colección. Este hecho asume que la experiencia del valor estético implica una confrontación y adopción de identidad humana, por que en ella se encuentra también la objetivación de esto, lo humano, y de un carácter propio de lo estético donde la sensibilidad descansa y amalgama otros valores. La experiencia del valor estético no se reduce a la percepción y sensación del evento en categorías como lo sublime, lo bello o lo grotesco, por mencionar unas pocas, sino que substrae del individuo esa experiencia para su reconocimiento como ser humano, como integrante de un grupo que tiene dentro de sus capacidades crear objetos que desatan esas sensaciones en la medida que se integran con otros valores que lo forman.  

 

Ninguna institución moderna –tal como lo es el museo- se desliga de la implicación sensible que el ser humano le deposita al materializarle. Sin embargo existen instituciones, eventos y objetos donde esa carga es más notoria aunque no sea ese su fin por un lado, pero, por otro, existe esa carga imperante por que lo que se desea es que la experiencia del valor estético sea la que domine; sin olvidar la gama de matices entre estos extremos.

 

Existen autores que ven en el museo de arte una oportunidad de facilitar la tarea del arte en una obra de esa índole, sin embargo, la propuesta en esta ponencia va dirigida al valor propio del museo como entidad independiente de lo artístico por las características que éste contiene históricamente en una época moderna más que como producto de un hacer humano determinado. No se negará esta postura, de la que se parte para proponer la propia, sin embargo el museo de arte contiene valores específicos que derivan -y se jerarquizan- de un entramado de relaciones que provienen más del museo como institución que del mismo arte.

 

(…)

 Crítica a los valores atribuidos al museo desde el museo de arte. 

Hay que atender entonces las funciones regularmente asociadas en el museo y sus relaciones con las dimensiones semiológicas y axiológicas para comprender su estatus estético y extra estético desde el museo de arte. El hecho de que una función entre o no en alguna de las dos categorías expuestas, no define su importancia pues, desde el principio, se planteó que todas eran importantes. Witker define las funciones del museo –en general- en cuatro: preservación, curaduría, educación y difusión.

 

La preservación es una de las funciones primordiales para el museo como tal, ya que su colección es lo que le da la importancia en el medio de los museos y de ahí, para el público en su difusión. Si bien “el museo es la institución responsable de asegurar la preservación de los bienes culturales y naturales en todos sus sentidos: desde el registro, manejo y organización de los mismos, hasta la divulgación de los estudios de que son objeto”[5], la preservación en el museo hace la institucionalización de dichos estudios y objetos pues es una manera de acreditarlos, ya que es hasta su llegada al museo (catalogación) y la aprobación para su preservación que se vuelven bienes culturales y se les valora como tal. La dimensión simbólica de la que anteriormente se habló se adjunta a una instituida del valor para esta función, que de alguna u otra manera categoriza el objeto dispuesto en el museo como bien de un grupo social, porque alude a ser representativo a su cultura por características que devienen del objeto y no del museo, por ello se considera una acumulación de valores mas que un valor estético exclusivamente.

 

La curaduría es una de las funciones más subjetivas del museo, pero donde se deposita el valor del mismo por lo que exhibe, ya que “el curador es un especialista en acervos y bodegas de colecciones. Conoce los valores de los objetos y busca siempre  preservarlos y difundirlos”[6]. De esta forma el museo tiene en la curaduría la decisión de lo que se exhibe y de lo que no, rodeando de estimaciones algunos objetos, o al museo mismo. De todos es sabido que lo que se exhibe es muy poco en comparación con lo que existe en la bodega del museo; así que, si bien le suma importancia algunas circunstancias museísticas, también se las resta. Esto no implica que se regrese a las vitrinas de curiosidades, pero si que se requieren discursos populares en museos especializados donde el juicio valorativo no dependa solamente de un individuo –o grupo de especialistas. Por ello, esta función recurre también a la dimensión simbólica que el sujeto deposita en el objeto, por lo que la dimensión subjetiva  del valor se estima en un cúmulo de características más que únicamente estéticas. La curaduría es un valor extra estético del museo de arte pues depende más del grupo que la lleve a cabo y sus líneas de investigación o trabajo, que del museo mismo. También, al museo como tal le impera la conservación de toda su colección, pero es una cuestión muy onerosa para él mismo, así que se atienden sólo los objetos que permita el presupuesto; una cuestión económica sin lugar a  dudas.

 

La educación es una función difícil de tratar, aunque parezca lo contrario, pues no se debe trasladar tajantemente la función como tal de un colegio al museo. Parece obvio hablar de educación en el museo, sin embargo –y es aquí donde es imperante la segmentación del público- puede o no, tajantemente,  realizarse dicha función. “Los museos de arte son pioneros en el desarrollo de variados programas de servicios educativos. Ello resulta muy importante, ya que las exposiciones de tales museos generalmente corresponden la visita más pasivas y tradicionales”[7]. Seguramente existe una manera efectiva de educación en el museo y sus exhibiciones, pero no se debe olvidar que las relaciones entre éste y cada sujeto que lo visita e distinta como así lo será la “educación” –información- recibida por el espectador. Esto es, el hecho de presentar información favorecida de discursos museográficos, no involucra a la educación del sujeto sobre esa temática, pues puede existir una carga estética más importante que la educativa y pasar ésta a segundo término. Existen cuestionamientos si en verdad se educa a través del museo o solamente se informa, una pregunta que puede hacerse a la televisión también, Pero lo que aquí compete es reflexionar sobre la cantidad de valores que se mezclan en un hecho tan polémico como es educar. Si fuese cierto, en su totalidad, que el museo educa, ha de hacerse notar que lo hace en distintas esferas, pues por ello existen museos de diversas disciplinas que desean mostrarlas de manera tal que acceder a los conocimientos de la misma sea de forma lúdica o distinta a la escolar. Si se hablara de educación estética como tal, podría tomarse más en cuenta la función como valor estético, pero de acuerdo a su generalidad, es un valor que llama a distintos tipos de acuerdo al giro del museo.

 

La difusión es una función multidisciplinar donde recae la mayor parte de la valoración del público que lo visita -e incluso el que no lo hace-, pues con ello muestra lo que el museo es y hace. Entonces es aquí donde las exhibiciones, tanto temporales como permanentes, se emplean para divulgar el acervo a través de los discursos museográficos; ya que la difusión se lleva a cabo en el exterior y en el interior del museo. Si la curaduría selecciona lo que habrá de exhibirse, el área de difusión define cómo habrá de hacerse. “Para exponer un tema en un espacio determinado, la museología propone tres niveles de comunicación discursiva: el emotivo, el didáctico y el lúdico.”[8] Sin lugar a dudas el nivel emotivo nos refiere a la parte estética de la exhibición, el didáctico llega en la medida que al espectador se le da información y el lúdico se da cuando existe la participación entre el sujeto y lo exhibido. De esta forma, esta función implica la relación más estrecha entre todos los participantes del museo de arte, tanto los de las relaciones internas como los de la externa. La difusión muestra entonces un leve, pero importante, acercamiento hacia lo simbólico como estético, llevando a cabo una función de este rubro. Sin embargo, la estatización del discurso no siempre le permite tener el contacto requerido a la colección. Esto es, la prioridad de sintaxis en el discurso de difusión puede crear falsas expectativas sobre la misma o ser protagonista en lugar de que lo sea la colección, llega al término que Quarante denomina formalismo y que no se requiere para esta situación. La difusión puede ser entonces un valor estético, sin embargo, depende de la manera que sea hecha y del tipo de elementos que utilice, pues si evocan libremente la colección, la difusión cumple con su papel; pero si se vuelve protagonista y tergiversa los objetos expuestos y su discurso, la difusión es mero formalismo.

 

Con lo anterior, se ve como las funciones explícitas del museo involucran múltiples valores y, probablemente, por ello su importancia social y esa favorable solución ante las crisis que ha salvado.  El museo, como institución,  funda valores, pero también los altera según un proceso evolutivo humano. Tiene esa flexibilidad, por su carácter institucional, de descartar, adoptar o imponer valores de acuerdo a sus intereses que corresponden –o no- a la sociedad.

 

 Los valores estéticos y extra estéticos del museo de arte. 

No está de más decir que son pocos los visitantes que asisten por cuenta propia a un museo de arte para aprender –estudiar/educar- sobre el arte como tal. En realidad, suena más coherente asumir que se acude para resolver una necesidad donde el deleite domina o por simple curiosidad donde el nombre de la institución como tal, apremia. Incluso, el especialista del arte no puede evadir el deleite al visitar el museo aunque su fin sea el primero. Esto nos lleva a ver que el museo de arte, alejándolo de esa forma que suple a la escuela cuando las visitas al mismo son obligadas, toma su participación en el individuo por una función que parece poco importante en una sociedad donde el ocio está emparentado con el deleite, en tanto espectáculo. El deleite como tal implica una apreciación peyorativa ante el trabajo mecanizado e industrializado de nuestros días, así entonces, el museo de arte no parece caer en esa dimensión objetiva del valor dentro de una sociedad como la nuestra que, en su momento, erigió el museo como institución moderna. Entonces ¿Por qué el museo de arte suele ser un lugar de visita turística o escolar? ¿Por qué se tienen descuentos preferentes a estudiantes y académicos y especialistas?[9] ¿Por qué se visita el museo de arte como pasatiempo peyorativo? ¿Por qué es una opción (casi última) para cuando llega la familia o los amigos de visita? Seguramente hay muchas respuestas para lo anteriormente planteado, sin embargo, el tener nuevos argumentos sobre el valor del museo de arte ayudará a cambiar de actitud a los muchos visitantes que no tiene.

 

¿Porqué analizar la esencia estética del museo de arte cuando muchos trabajos apuntan a la inmersión del mismo en el mercado a través de prácticas como renta de espacios, publicidad inmersa en el edificio, introducción de tienda o mejoramiento de las ya establecidas o patrocinadores comerciales? Probablemente el contexto consume a la institución cultural y si ésta no acata las normas del sistema mercantil, desaparece. Esta puede ser una idea objetiva sobre lo que le sucede a los museos en el mundo –no sólo a los de arte-, sin embargo no se ha de olvidar un parámetro importantísimo de su supervivencia que puede ser explotado para bien en ese mercado: la institución que es. No se desea navegar contra corriente en un mundo mercantilmente globalizado, lo que se propone es tener más herramientas para una mejor introducción en él y que el museo no termine siendo visto como un mega alhajero o una plaza comercial más donde se ve lo que no puede tenerse mas que como souvenir barato –ni tanto. Las obras maestras, hoy día, lo son porque es el afiche que el museo vende o por la publicidad que han tenido, más que por su propio valor artístico y estético. El museo de arte es mucho más que eso y puede “venderse” de mejor manera.

 

Este trabajo pretende adjudicar al museo de arte valores estéticos importantes que lo redimensionan por su carácter de especificidad  para el mismo, sin olvidar la cuestión de ser una institución y que por ello medie la relación entre el arte y el individuo. Los valores estéticos que a continuación se proponen, tienen más que ver con la condición sensible del ser humano como especie que con el arte mismo explícitamente.

    

 VALORES ESTÉTICOS DEL MUSEO DE ARTE 
 Deleitar                El deleite, como otras categorías, es una expresión de la sensibilidad humana que depende de muchos factores más que del museo de arte exclusivamente para que éste se lleve a cabo como valor estético. 
 Promover el acto artístico      A través de sus instalaciones y exposiciones, el museo de arte le permite a la obra expuesta llevar a cabo su función, ya sea el acceder al conocimiento de lo bello como menciona James o proporcionar una visión del mundo como dice Ruskin, según Danto; o ser el medio para la naturaleza a través del genio como expresa Kant. El hecho es que por medio de habitaciones, iluminación, cédulas, etc. la obra de arte pueda arrebatar al individuo y dejarle llevar a cabo la función para la cual fue hecha. 
 Generar la historia del arte  Como institución moderna, el museo de arte define los parámetros de una actividad humana que ha sido clasificada y dispuesta en disciplina académica –la historia del arte como historiografía. Desde el momento que la obra entra al museo de arte para ser expuesta, entra en la categoría de obra de arte o artística y determina clases y condiciones para sus semejantes; siendo así que la historia del arte, hoy día, se hace en el museo.  
 Motivar la imaginación     La imaginación como un proceso consciente es promovida en el museo de arte al estar inmerso en un espacio donde las obras son producto de ese mismo suceso como resultado de la expresión humana. El proceso, incluso, puede comenzar desde antes de visitar el museo de arte, pues conociendo sus contenidos permanentes –y temporales- a través de su enunciación, se lleva acabo dicho proceso mental al visualizar los posibles objetos que el museo expone. La imaginación a la que se alude en el museo de arte no es entonces la que se lleva a cabo al evocar imágenes generales, sino que se asume son las que suscitan el hecho artístico más que el estético. 
 Procurar el imaginario social                             A diferencia del anterior valor, el museo de arte permite tener una experiencia de identidad de especie por la correspondencia que existe en el acto artístico como hecho humano, sin embargo, esa misma especie tiene sus diferencias contextuales que se muestran en la misma obra según los escenarios, por ello el imaginario implica desde lo individual hasta lo social. 

  

Deleite ¿? 

Parece obvio que, axiológicamente, el deleite se incluya en lo estético, sin embargo, como la idea principal de este trabajo está contenida en valores específicos del museo de arte que imperen en su visita o en la visión social sobre el mismo, el deleite como tal no se asume estrictamente como un valor estético en el museo de arte, pero tampoco se le puede negar como tal, pues muchas veces se le adopta con relación a la obra, no importando el sitio o museo donde esta se encuentre o al diseño de la exposición. A esto se le puede agregar que existen obras institucionalizadas en el arte como la Gioconda, que no importa donde esté expuesta, su mediación puede sujetarse a otros elementos; es más una situación de la forma de la exposición que al lugar de la exposición, entre otros. Todavía hay componentes que manifiestan al deleite como un valor entre lo estético y lo extra estético, pues existen piezas que desde su concepción no corresponden a lo artístico y, sin embargo, se asumen como tal. Estas piezas manifiestan su dimensión estética en una exposición y se asumen como obras de arte cuando distan mucho de ello. Un ejemplo muy claro es la cerámica prehispánica o la estatuaria que tenían fines distintos a lo artístico, pero que por el apremio de sensibilidad impuesto en las mismas y supliendo hoy el uso primario, lo práctico o lo político, se les denomina arte. Otro ejemplo de esta situación es la exposición de los objetos de diseño bajo cualquier ramificación del mismo, e incluso, el mismo diseño de exposiciones que media la sensibilidad del espectador ante lo expuesto para su deleite. El hecho del deleite corresponde a muchos factores que no le son exclusivos al museo de arte, por ello, se encuentra en lo fronterizo de estas categorías planteadas como lo estético y lo extra estético.

 

  Promover el acto artístico.

A través de sus instalaciones y exposiciones, el museo de arte le permite a la obra expuesta llevar a cabo su función, ya sea el acceder al conocimiento de lo bello como menciona James o proporcionar una visión del mundo como dice Ruskin, según Danto; o ser el medio para la naturaleza a través del genio como expresa Kant. El hecho es que por medio de habitaciones, iluminación, cédulas, etc. la obra de arte pueda arrebatar al individuo y dejarle llevar a cabo la función para la cual fue hecha. Es tanto el escenario como la escenografía en una puesta de teatro.

 

El hecho de que el museo albergue obras de arte, no lo obliga a realizar la función de ellas, pero sí, de laguna manera, a procurar ese destino de la obra, a dejarla llevar a cabo la función para la que fue hecha. Por un lado, el edificio está diseñado (para no entrar en la discusión del edificio realizado con fines museísticos -Guggenheim- y el que se adapta para los mismos fines-Louvre-) para albergar y exhibir obras de arte, pero por otro, las exposiciones infieren el mismo fin. Así que, para el primer caso, el diseño del museo actúa como una introducción para el mundo que contiene, incluso implicando a su exterior. La fachada, forma exterior del edificio y la distribución del mismo permiten –o no- que el entramado del arte como sistema sea definido objetivamente, incluso, como atrevimiento, algunas distribuciones de museos de arte pueden ser utilizadas como esquemas académicos para su acercamiento. Ese ir y venir a través del museo por las salas definidas, le da una idea más clara al espectador de cómo está estipulado el arte y, cuando se detiene ante una obra que le llama la atención o fugazmente le atrapa, las condiciones antes previstas y deben ayudarle para que esa obra lleve a cabo su fin. Por el otro lado, el diseño de la exposición o ambientación de la sala, sea temporal o permanente, intensifica el valor perceptual de la obra expuesta a través de cédulas, paneles, iluminación, vitrinas, recorridos intencionados, disposición de los objetos, selección de los mismos, etc., pero sobre todo, permite que el visitante se acerque de forma única a un objeto expuesto para que éste le acoja en su destino. Seguramente aquí es donde más intervención tiene el museo de arte con la relación visitante-obra de arte y, según el diseño que se proponga para estos fines, la relación puede ser de empatía, o no.

 

Probablemente también, las mejores instalaciones son las que no se hacen notar (a diferencia de las que no se notan) pues su función no es el protagonismo, sino el de procurar el hecho artístico, ya sea como redentor de la humanidad o de salvar la insensibilidad de la vida común.

 

 Generar la historia del arte. 

               Como institución moderna, el museo de arte define los parámetros de una actividad humana que ha sido clasificada y dispuesta en disciplina académica –la historia del arte como historiografía. Desde el momento que la obra entra al museo de arte para ser expuesta, entra en la categoría de obra de arte o artística y determina clases y condiciones para sus semejantes; siendo así que la historia del arte, hoy día, se hace en el museo. No se habla de un planteamiento histórico de la evolución general del pensamiento y de la cultura, sino donde existe un objetivo intelectual de ordenamiento y categorización de la obra artística y su movimiento en un espacio y tiempo determinado.

 

El museo de arte no es héroe de la historia del arte, al contrario, las vanguardias le detestaban por el carácter que elitista que le imperaba; entonces, existen otros eventos que, al paralelo, llevan a cabo esta función.

 

Es imposible conocer, conectar y entender el conjunto de eventos que suceden para generar un pasado humano, sin embargo, los institutos determinan la mayor parte de esos eventos para formar una historia sesgada aunque instituida y oficializada. La historia del arte como historiografía, valor estético que le infiere al museo de arte, es prevista en Duchamp al intervenir una exposición con un urinario y más que aprendida en Warhol, con su obra. Ellos, como muchos más, ven en el museo ese paradigma social como definitorio del arte y que detiene, de alguna u otro forma, la libertad del arte mismo en su ideal. Duchamp, más allá de ser el padre del arte contemporáneo al introducir dicho mingitorio y cuestionar al arte mismo para provocar nuevas formas de arte, cuestiona también la legitimación automática del objeto como artístico al estar dentro de la institución y ser exhibido. Warhol, sin lugar a dudas, advierte la ocasión de ese discurso oficial para su obra, él ve la oportunidad de las nuevas formas de arte en una cultura donde la estatización y la producción simbólica e industrial imperan y utiliza al museo como catapulta. Incluso, el hecho de evitar el espacio museístico para exhibir obra artística, incluye al museo en su exclusión y le devuelve la mirada.

 

La historia del arte antiguo se sigue haciendo en los museos o pasando por ellos, pues también los doctos en el tema trabajan dentro de sus instalaciones o las visitan para el mismo fin de la investigación. A pesar de que los descubrimientos sigan efectuándose fuera del museo –no todos-, el museo contiene el equipamiento necesario para el escrutinio de lo hallado, y en ello se incluye la firma de algunos para llevarlo a cabo.

 

Así entonces, ya sea por eventos artísticos o académicos, la historia del arte pasa a suceder de manera importante, mas no total, por el museo de arte.

 

 Motivar la imaginación. 

 

La imaginación como un proceso consciente es promovida en el museo de arte al estar inmerso en un espacio donde las obras son producto de ese mismo suceso como resultado de la expresión humana. El proceso, incluso, puede comenzar desde antes de visitar el museo de arte, pues conociendo sus contenidos permanentes –y temporales- a través de su enunciación, se lleva acabo dicho proceso mental al visualizar los posibles objetos que el museo expone. La imaginación a la que se alude en el museo de arte no es entonces la que se lleva a cabo al evocar imágenes generales, sino que se asume son las que suscitan el hecho artístico más que el estético.

 

Junto con el valor sobre la promoción del acto artístico sucede el de motivar la imaginación. Por un lado está el edificio y su concepción formal, tanto en fachada como en distribución, que permite dar vuelo a esa construcción libre de imágenes en tanto plásticas, y por otro, el museo permite un ambiente lleno de obras que son producto de ese imaginario artístico. El hecho artístico incluye a la imaginación en dos momentos, uno que simplemente la provoca y en ello encuentra su sustento, y otro en la invitación para el mismo hecho. La imaginación en el primero, adopta el valor de motivar la imaginación; el segundo, adquiere el valor estético de la promoción del acto plástico como fin.

 

Un museo de ciencias o de historia apelan también a la imaginación, pero en otro rubro. Los procesos imaginativos para estos casos están estructurados en construir un tipo de conocimiento específico, cuando en el museo de arte se invoca por la libertad en la imaginación pues, para la contemplación, el proceso hermeneútico no tiene un fin a priori. E l museo de arte invita a la imaginación en cualquier sentido, ya sea por su estructura, por su colección, por el diseño de la exposición, por la selección y disposición de objetos expuestos, en los souvenir; y otros elementos que le son propios y que manifiestan lo contenido como producto mismo de la imaginación.

 

  Procurar el imaginario social. 

           A diferencia del anterior valor, el museo de arte permite tener una experiencia de identidad de especie por la correspondencia que existe en el acto artístico como hecho humano, sin embargo, esa misma especie tiene sus diferencias contextuales que se muestran en la misma obra según los escenarios, por ello el imaginario implica desde lo individual hasta lo social.

 

Otra función del  museo de arte donde existe el valor estético como relación clara entre la dimensión objetiva e instituida del valor, es promover el reconocimiento del imaginario social en tanto que provoca la manifestación de las subjetividades humanas a través de la objetivación en lo que la institución define como obra de arte u obra artística, por ello, es quizás la más importante. Para ello hay que tener en cuenta a la obra de arte como un fenómeno subjetivo que promueve valores y/o antivalores exaltándolos o mostrándolos objetivamente. Esto es, la obra de arte, como subjetividad, no muestra belleza, temor, ansia, etc.,  sino que a través de materiales (tela, pigmentos, superficies, etc.) permite que el individuo reconstruya su subjetividad o se manifieste en ella. Para el caso del museo, éste permite que el individuo procure esa acción a través de instalaciones (el edificio y la exposición) con ese fin, pero también que reconozca un imaginario común que le es parte de su identidad como ser humano. Así los mecanismos que regularmente se activan bajo ciertos fenómenos que provocan sensibilidades específicas, son reproducidos en otro fenómeno –artístico - para producir los mismos sentimientos o reacciones. A través de colores, olores, sonidos, texturas y otras sensaciones se procura la manifestación de lo estético, lo sensible. El museo aprueba esas relaciones y condicionantes al exponerlas (dentro o fuera de sus instalaciones pero con su firma o autorización –placa-) y llamarlas obra artística. Así el museo procura la intención del artista sobre la creación de fenómenos específicos y las relaciones sensibles para que estas ayuden a la manifestación de la sensibilidad del espectador que, como ente social,  le involucra como pertenencia.

 

Seguramente la idea de la promoción de un imaginario común como un acervo humano  no es exclusivo del museo, pues el libro o la galería de imágenes en portales de la red también ayudan a ese propósito, sin embargo se debe pensar en ello como valor estético del museo para prevalecer parte de su percepción social dentro de lo valioso y útil que es, más que como almacén o seudo escuela. La “ventaja” del museo para este hecho reside en que en él están depositados los objetos originales y, como se alude, en una sociedad donde la curiosidad material lleva a que la colección es un hacer prioritario, entonces le conviene verlo mas como promotor de un intangible (el imaginario colectivo) que como una caja de curiosidades únicas que lo que hace es depreciarlo y alejándolo de ser un producto humano moderno, propio de su historia y ganancia de la evolución humana, y no un objeto de la modernidad donde la “caja” sea vista como un mega alhajero.

 

 A manera de conclusiones.

 

No se niegan las distintas percepciones que del museo de arte se tiene ni el valor del que suceden y que a pulso se ha ganado, pero es importante también entender cuales de ellas le permiten integrarse como algo valioso y único para la especie humana y que por ello es necesaria su preservación, o tomarlo como un producto más de una modernidad inacabada donde el consumo resulta imperante y el museo de arte sólo sirve como almacén cultural. Esto es valorarlo positiva o negativamente.

 

Lo estético, al igual que lo político, lo religioso o lo científico, es una manera de solucionar las incertidumbres humanas y procurar a la especie como tal, por lo que se propone hacer énfasis en valores -estéticos-  que parecen carecer de importancia hoy día.

Es importante revisar nuevamente los valores que han sido depositados por las generaciones anteriores y cuestionar su objetividad en el contexto que se presentan. De esta manera, este trabajo ha buscado en lo planteado una forma de entender el valor del museo de arte ante una sociedad mediatizada por el mercado, la globalización, la industrialización y el ocio; acercándose a los valores estéticos y  extra estéticos como una pista ante la discusión y un argumento para la institucionalización del museo que implica, por un lado, la mediación entre el arte y el espectador, y por el otro, la procuración del arte mismo. Atender a un cúmulo de relaciones en un sistema como el del museo de arte, invita a reflexionar sobre sus problemáticas y usos desde muchos puntos de vista. Este trabajo es, desde la experiencia del autor, una aproximación que busca abrir nuevos cuestionamientos respecto al significado objetivo del museo de arte.

 

VALORES DEL MUSEO DE ARTE
ESTETICOS EXTRA ESTETICOS
 Promover el acto artísticoGenerar la historia del arteMotivar la imaginaciónProcurar el imaginario social   PreservarCurarEducarDifundir 
Deleitar

 



[1] Fragmento de la ponencia presentada en el 52 Congreso Internacional de Americanistas cuya sede fue Sevilla -España- en julio del 2007

[2] Agustín René Solano Andrade ( Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. ) es Maestro en Comunicación y Diseño (UIA) y Maestro en Estética y Arte (BUAP). Combina su quehacer académico con las letras y las imágenes. Sabersinfin.com agradece a Agustín René la autorización para publicar el presente trabajo.

[3] Montaner Joseph María, Museos para el siglo XXI, GG, Barcelona, 2003, p.8

[5] Witker Rodrigo, Los museos, CNCA, México, 2000, p.12

[6] Idem, p.14
[7] Idem, p.18
[8] idem, p.17

[9] Si bien es cierto que regularmente existe un día de descuento general en los museos, este sigue siendo restrictivo para muchos individuos por su precio fuera de ese día. Tampoco se niega que existen otras actividades de mayor precio que son preferidas socialmente antes de la visita del museo. Otro aspecto importante a mencionar es la membresía que se proporciona a ciertos visitantes frecuentes, pero que se ha hecho más como una estrategia

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