PALOMA TORRES. DISGREGARSE EN CIUDADES INVISIBLES
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capullos2.jpgPALOMA TORRES

Disgregarse en ciudades invisibles. 

Por: Agustín René Solano Andrade* 

Las ciudades, en el umbral del nuevo milenio, han derivado en lugares uniformes e intercambiables, con las mismas oficinas y empresas de servicios y cajeros y supermercados y centros comerciales y hoteles. El habitante de la ciudad moderna, la occidental, carece de identidad, porque el espacio que lo acoge tampoco tiene personalidad.

                                                                                                     Italo Calvino

El siguiente texto intenta desgajar en conceptos básicos el trabajo escultórico de la artista mexicana Paloma Torres, esto como análisis de su discurso y como herramienta para la emisión de juicios desde una postura más crítica, antes que desde una sensibilidad primaria, frente a la obra de arte contemporáneo.

El análisis de todo evento, sujeto u objeto requiere de ubicarlo en un contexto y de comprenderlo como un conjunto en el que sus partes tienen una prioridad ante el sistema mismo y que depende, tanto de la función particular como de sus relaciones en tanto se aprecie cada subsistema. Así entonces se desarrollará el siguiente trabajo, auxiliándose de las palabras de la escultora, de una entrevista hecha en 2005[1], donde comenta sus filias y sus fobias ante su motivación artística y su obra.

 

Arte y contexto.

            El trabajo escultórico de la egresada de la licenciatura en artes visuales de la UNAM se torna contemporáneo y -acaso- posmoderno por su situación temporal antes que por las características de su forma; la cual toma un proceso de abstracción con miras a la estetización de la problemática que plantea y que ha sido su constante: el espacio urbano. Si también se le ha tratado como posmoderno es por la alineación en la que se mueve su generación para fines de la crítica del arte. Lo posmoderno, así como los nombres de cada estilo en la historia del arte, son convenciones que ayudan a manipular los objetos y sujetos desde lo teórico, pero que rebasan cualquier intento de entender totalmente la realidad. Abrahan Cruzvillegas, coetáneo de la escultora dice al respecto:

 

    El establecimiento alternado de la figuración geométrica, los ensamblajes y cajas surrealistas, la abstracción orgánica y el llamado posmoderno mexicanista, tuvo sentido en el entrópico subibaja de la economía mexicana durante los ochenta y los noventa. Para mi generación –nacida durante los sesenta y setenta-, la identificación con tales manifestaciones ha sido dificultosa, debido principalmente a la carencia de coyunturas que perfilen una dimensión que no sea la de desconfianza y la crítica acerba.[2]

 

Lo posmoderno va más allá de la abstracción ofrecida, más allá de la sinécdoque metafórica propuesta en una metonimia que sólo permite eso, una retórica antes que una crítica. Lo contemporáneo promueve una abstracción simbólica, lo moderno una abstracción morfológica.

   Mis paisajes no denuncian nada, sólo evidencian lo que hay para que los habitantes de la urbe seamos más conscientes y escojamos lo que queremos: vivir dentro de estos bosques de concreto contemporáneos o transformarlos en algo mejor.[3]

 

            El trabajo de Paloma Torres es moderno por ejecución y contemporáneo por destino. En él encontramos una mirada sublime hacia el espacio urbano, una mirada que comparte el propio hecho y a la que el espectador subyace y, por lo tanto, le es difícil negar lo bello en el objeto escultórico. Lyotard, en el siguiente párrafo, hace una clara diferencia entre lo moderno y posmoderno desde el sentido estético, y en ello podemos corroborar nuestra postura:

   La estética moderna es una estética de lo sublime, pero nostálgica. Es una estética que permite que lo impresentable sea alegado tan solo como contenido ausente, pero la forma continua ofreciendo al lector o al contemplador, merced a su consistencia reconocible, materia de consuelo y de placer. Sin embargo, estos sentimientos no forman el autentico sentimiento sublime, que es una combinación intrínseca de placer y de pena: el placer de que la razón exceda toda presentación, el dolor de que la imaginación o la sensibilidad no sean a la medida del concepto.

    Lo posmoderno seria aquello que alega lo impresentable en lo moderno y en la presentación misma; aquello que se niega a la consolación de las formas bellas, al consenso de un gusto que permitirá experimentar en común la nostalgia de lo imposible; aquello que indaga por presentaciones nuevas, no para gozar de ellas sino para hacer sentir mejor que hay algo que es impresentable. Un artista, un escritor posmoderno, están en la situación de un filosofo: el texto que escriben, la obra que llevan a cabo, en principio, no están gobernados por reglas ya establecidas, y no pueden ser juzgados por medio de un juicio determinante, por la aplicación a este texto, a esta obra, de categorías conocidas. Estas reglas y estas categorías son las que la obra o el texto investigan. El artista y el escritor trabajan sin reglas y para establecer las reglas de aquello que habrá sido hecho.[4]

 

            En las esculturas de la artista, nacida en 1960 en la Ciudad de México, se nota esa reminiscencia de lo estructural citadino. Muestra claramente, al conjuntar su escultura con su obra fotográfica -que aparece más como notas que como obra al lado de la primera- las relaciones con una ciudad en continuo cambio, una urbe viva donde sus entrañas son parte del paisaje y la autora las abstrae del panorama.

            La imaginación es una constante humana que se evidencia abiertamente en los productos del arte y sus variantes dependen de los paradigmas de la época. En la escultura de Paloma Torres la imaginación se observa tácitamente como estructura del proceso estético.

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