
BOGOTÁ D. C., 13 de mayo de 2020 — Agencia de Noticias UN-
Muchos padres y cuidadores todavía conservan una serie de mitos que pueden obstaculizar la condición y calidad de vida de los niños con epilepsia.
Según el último estudio formal de epidemiología en Colombia (2006), 1 de cada 100 colombianos tiene epilepsia, el 60 % de los cuales son niños; muchos de ellos no la resolverán en la infancia y continuarán padeciéndola hasta la adultez.
Las principales causas son de tipo estructural, secuelas de traumas craneoencefálicos, de accidente cerebrovascular y de infecciones congénitas.
“La epilepsia es un desorden cerebral crónico que impacta personal y socialmente al niño que la padece; corresponde a un cerebro predispuesto a presentar episodios de actividad anormal neuronal, y cuantas más funciones tenga este, más manifestaciones habrá”, explicó la neuropediatra Angélica Uscátegui –especialista en epilepsia y profesora del Departamento de Pediatría de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL)– en la charla virtual “Epilepsia en niños: mitos y verdades”.
Etapa diagnóstica
La epilepsia se diagnostica principalmente de forma clínica y en dos situaciones: cuando un niño ha tenido dos o más eventos separados con más de 24 horas y que no haya tenido un desencadenante agudo, como una meningitis o un trauma craneoencefálico.
En una segunda situación se puede diagnosticar a una persona que presente una sola crisis, siempre y cuando tenga un factor de riesgo que lo lleve a tener más del 60 % de oportunidad del segundo episodio, como puede ser el trastorno del espectro autista (TEA) o parálisis cerebral, entre otros.
Esa primera crisis se debe estudiar con el fin de buscar anormalidades en el electroencefalograma y en las neuroimágenes, lo que puede predecir si habrá o no una segunda crisis.
“La importancia de hacer un diagnóstico mediante estas dos definiciones es que permiten hacer un tratamiento temprano y oportuno, pues se tendría una mayor probabilidad de controlar la crisis, y menor necesidad de medicación anticonvulsiva”, afirma la doctora Uscátegui.
Tratamiento y accesibilidad
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), al menos 50 millones de personas en todo el mundo padecen de epilepsia, el 80 % de las cuales pertenecen a países con ingresos económicos bajos y medios.
En los países con ingresos bajos, el 75 % de los pacientes no tiene acceso al tratamiento, lo que impacta directamente en su calidad de vida. En países de ingresos medios esa brecha puede llegar a un 50 %, e incluso en países con ingresos altos alcanzaría a ser de hasta un 30 %.
La doctora Uscátegui considera que “el tratamiento de elección para la epilepsia son los anticonvulsivantes, y no existe ningún otro que los reemplace. El 70 % de las personas con epilepsias tratadas a tiempo, con la menor cantidad de crisis antes del inicio de su tratamiento, y con el manejo indicado, van a tener control total de las crisis”.
Otro 30 % de los pacientes considerados refractarios requerirán manejos especiales o terapias complementarias, como dietas cetogénicas, uso de corticoides, del cannabis o intervenciones quirúrgicas. Sin embargo no existe evidencia de que las terapias alternativas ni las medicinas tradicionales por sí solas tengan un impacto real en el control de la enfermedad.
Aunque en China y la India existen descripciones de casos aislados en respuesta a algunas hierbas tradicionales, no hay estudios formales con pacientes que evidencien que estas terapias puedan tener impactos positivos.
Intervenciones complementarias
Las limitaciones ante el tratamiento dependerán de la condición del niño, la causa de su epilepsia, y si tolera o no los anticonvulsivantes, por lo que el tratamiento se debe hacer de forma individualizada y con controles periódicos.
Además se debe estar alerta frente a la aparición de comorbilidades, como trastornos del afecto o problemas en su aprendizaje, lo que requerirá ajustes e intervenciones necesarias y complementarias a su tratamiento.
Por último, es recomendable tener una buena comunicación con el médico, en la que el paciente y su familia se sientan en la libertad de contar los efectos que experimentan, las preocupaciones o dudas que puedan generarles pánico, pues la calidad de vida del paciente depende en gran parte de esta comunicación.
Fuente: agenciadenoticias.unal.edu.co

BOGOTÁ D. C., 12 de mayo de 2020 — Agencia de Noticias UN-
Si los murciélagos no han sido los animales más populares del mundo, el temor que se ha generado alrededor de las hipótesis sobre su vinculación con este nuevo virus ha exacerbado el temor y los estigmas injustificados contra ellos, poniéndolos en la mira de persecuciones y matanzas como la ocurrida a finales de marzo en el pueblo de Culden, al norte de Perú.
Según el Servicio Nacional Forestal y de Fauna Silvestre (Serfor) de ese país, en una acción colectiva residentes de Culden mataron alrededor de 300 ejemplares, mientras otros 200 fueron recuperados a tiempo. Sin embargo, no existe evidencia de que la transmisión del SARS-Cov-2 se haya dado directamente de estos animales a los humanos, y debido a la diferencia evolutiva entre ambas especies es muy poco probable que esto pueda ocurrir.
“Lo que pasa frecuentemente en esas transmisiones es que los virus pasan primero a otro organismo de la naturaleza, como un trampolín de cercanía de parentesco, hasta que llega al ser humano”, explica el profesor Hugo Mantilla Meluk, experto en murciélagos.
Ese intermediario es un organismo que debe estar cercanamente relacionado tanto con los murciélagos como con los humanos en parentesco o en frecuencia de encuentro, como muchos de los animales domésticos que usualmente nos rodean.
Relación con los coronavirus
Según explica el profesor Mantilla, por su dieta basada en muchos insectos como los mosquitos, el sistema inmune de los murciélagos está en contacto con una gran carga viral –no solo coronavirus– procedente de estos organismos, que muchas veces pueden tener en su interior gotas de sangre de un sinnúmero de animales silvestres que hayan picado.
“El premio que les ha dado la naturaleza en un proceso de selección natural es que han podido sobrevivir aquellos que tienen los sistemas inmunes más fuertes”, comenta el experto en murciélagos.
Por eso considera que estos animales representan una biblioteca llena de conocimientos, y que si se destruye puede significar la pérdida de pistas para resolver el problema de la COVID-19 y de otras pandemias futuras.
“Lo que hemos hecho los humanos desde el primer hombre pensante es que hemos utilizado nuestra inteligencia para copiar a la naturaleza; no somos tan originales, lo que hacemos en la experimentación biológica y médica es mirar procesos de la naturaleza y empezar a pensar cómo los reproducimos dentro de nosotros”, asegura el profesor Mantilla. Por eso considera que acabar con los murciélagos por temores infundados querría decir empezar esta búsqueda desde cero.
Y resulta que las mejores pistas de ese problema específico la tienen los murciélagos porque, como menciona el biólogo, no existe otro organismo que sea un mamífero como los humanos, con fisiología similar, y que viva en grupos de millones de organismos.
La naturaleza los necesita
Pero la persecución a los murciélagos puede representar un problema aún más grave. Estos mamíferos cumplen tareas fundamentales para el equilibrio de los ecosistemas, pues no solo contribuyen al flujo de materia y energía, sino también a la polinización, fundamental para la vida en el planeta; sirven al control de plagas y son portadores de enfermedades por su consumo de insectos, y llevan más de 50 millones de años dispersando las semillas necesarias para sembrar los bosques y selvas que hoy existen.
En resumen, prescindir de los murciélagos no es una opción para la vida en la Tierra, donde retirar cualquier elemento representa un desequilibrio, una manifestación de lo cual es el aumento de poblaciones de otros organismos como los insectos, lo que incrementa la posibilidad de que los parásitos y virus que hospedan eventualmente se puedan volver más agresivos contra los seres humanos o encontrar una mutación que les permita atacarlos directamente.
“Lo hemos verificado: cuando perdemos diversidad estamos aumentado la probabilidad de que aparezcan agentes patógenos novedosos, enfermedades emergentes que vienen con intensidades más fuertes porque no han sido negociadas en el equilibrio de la naturaleza”, afirma el experto.
Fuente: agenciadenoticias.unal.edu.co

BOGOTÁ D. C., 11 de mayo de 2020 — Agencia de Noticias UN-
En diálogo con el programa Observatorio de Gobierno Urbano, de UN Radio (98.5 FM), el profesor Luis Belalcázar, de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) y experto en calidad del aire, afirmó que “no es adecuado tener una ciudad contaminada durante una pandemia que ataca el sistema respiratorio, por eso tanto el Gobierno nacional como las administraciones locales deben darle prioridad al mejoramiento de la calidad del aire”.
Este año empezó con alertas naranja y amarilla en Bogotá y Medellín por la contaminación del aire. A pesar de las políticas para mejorar la situación, hasta el inicio de la cuarentena no había sido posible disminuir estos altos índices en las dos ciudades, lo cual amenazaba con producir, al igual que el año anterior, al menos 660 muertes por enfermedades respiratorias, según el Instituto Nacional de Salud.
Aunque este es un evento recurrente por esta época del año en las ciudades más grandes del país, es preocupante que los altos índices de contaminación del aire también se registraran en ciudades como Bucaramanga y Cúcuta.
No obstante, el académico precisó que “en este momento la calidad del aire ha mejorado mucho en el país, lo cual se debe, entre otros factores, a la reducción tan drástica en la actividad antropogénica, que puede ser de hasta un 80 %”.
“Encontramos que a pesar de que el nivel de material particulado –el contaminante que más preocupa– se ha reducido en un 50 % comparado con días de actividad normal, el ozono no se redujo por ser un contaminante secundario, es decir que se forma por reacciones químicas en la atmósfera”, agregó.
Consumo exagerado de recursos
El académico precisó además que “la contaminación del aire es un fenómeno complejo, con distintas variables, que no se reduce con el confinamiento de la población. Las reflexiones que podemos hacer de esta situación es que estamos consumiendo demasiados recursos, por eso es importante pensar en qué consumimos, cómo lo hacemos, y si realmente es necesario”.
Aunque hoy se promueve el uso de la bicicleta para reducir el empleo del transporte público, esto supone riesgos por el incremento del vehículo particular y, lo más preocupante, el uso de la motocicleta. “Por la enorme cantidad de ellas, las motos generan un alto nivel de contaminantes, por ejemplo de material particulado”, advirtió el docente.
Agregó que antes de la pandemia se calculaba que en Bogotá habría 3 millones de motocicletas en 2030, y hoy ya se registran 600.000. Un aumento de estos vehículos tendría serias consecuencias para la calidad del aire de la ciudad.
Por otro lado, existe el desafío de reducir el uso del transporte público para evitar el contagio del coronavirus, situación que resulta contraria a la política de incentivos de estos medios de transporte promovida antes de la crisis para mejorar la movilidad y la calidad del aire.
Al concluir la emisión de este programa, del Instituto de Estudios Urbanos (IEU), el profesor Belalcázar resaltó la importancia de mejorar y fortalecer la comunicación y la interacción entre la academia y el Gobierno nacional, para diseñar estrategias que permitan solucionar los retos que impone la pandemia del coronavirus.
Fuente: agenciadenoticias.unal.edu.co

12 de mayo de 2020
En México, la COVID-19 inició en contextos urbanos, pero los municipios marginados, lejanos y menos poblados son más vulnerables y tendrán mayores complicaciones para hacer frente a la enfermedad del coronavirus, afirmó Manuel Suárez Lastra, director del Instituto de Geografía (IGg) de la UNAM.
Al referirse al estudio Índice de vulnerabilidad en México ante COVID-19, realizado por distintas entidades de la Universidad Nacional y presentado recientemente, subrayó que esas comunidades aún no registran contagios, pero son más sensibles; “la pasarán muy mal en términos económicos y les costará recuperarse, porque ahí la crisis económica será más difícil que la propia emergencia sanitaria”. No obstante, estamos a tiempo de atenderlas.
Ante la pandemia todos somos vulnerables, pero la distribución y combinación de factores demográficos, socioeconómicos y de salud hacen que los niveles de fragilidad de la población que habita en los municipios sean diferentes, dijo al participar en el ciclo de conferencias virtuales “PUEC en casa, la ciudad y la pandemia”, organizado por el Programa Universitario de Estudios sobre la Ciudad (PUEC).
Por ejemplo, en el centro de las zonas metropolitanas de Guadalajara, Monterrey y Puebla se presentan los patrones de menor vulnerabilidad, y a medida que se avanza a las periferias la fragilidad es mayor. “Es un patrón desafortunado porque las poblaciones más marginadas en términos socioeconómicos, también lo son en cuanto al acceso a servicios de salud”.
En la Zona Metropolitana de la Ciudad de México la mayor vulnerabilidad está en la periferia, en alcaldías como Iztapalapa, Milpa Alta y Tláhuac, además de todos los municipios conurbados del Estado de México.
Fenómeno urbano
En su exposición “La geografía de la pandemia”, el director del IGg detalló que la COVID-19 es un fenómeno urbano: el SARS CoV-2 “es un virus importado, cuyo contagio en nuestro país inició en las metrópolis mexicanas; sin embargo, poco a poco se ha extendido por todo el territorio para transformarse en un problema de salud cada vez menos urbano”.
En el análisis de este fenómeno hay dos geografías: una a escala nacional, donde se observa cómo se expande la enfermedad en nuestro territorio y a qué tipo de poblaciones afecta, y la otra es la urbana, porque hacia adentro de las ciudades también hay diferencias en cuanto a la vulnerabilidad de los distintos grupos.
“Hemos tratado de ver cuáles son los sitios más vulnerables del país, y en zonas metropolitanas y urbanas grandes, cuáles son las áreas más susceptibles, y comparar cómo se ha expandido el virus”.
A partir de indicadores socioeconómicos, demográficos y de salud se buscó determinar cuáles son los municipios más propensos a tener complicaciones por la crisis sanitaria, remarcó Suárez Lastra.
El hecho de que municipios conurbados sean más vulnerables que los centros de las grandes zonas metropolitanas, evidencia la necesidad de repensar la distribución de los sistemas de salud, sin que pierdan su centralidad. “Se debe asegurar la cobertura generalizada”.
Por último, señaló que los mapas generados podrían ofrecer información para los tomadores de decisiones y para la reasignación de presupuestos, a fin de contribuir a la recuperación económica de los municipios.
En el estudio colaboraron los institutos de Geografía, Geofísica, y de Investigaciones en Matemáticas Aplicadas y en Sistemas; las facultades de Medicina y Ciencias, además de la Coordinación de la Investigación Científica.
Boletín UNAM-DGCS-415/2020

11 de mayo de 2020
La emergencia sanitaria hace evidente la necesidad de realizar estudios simultáneos en poblaciones animales y humanas para identificar si podemos transmitir el SARS-CoV-2 a los animales, principalmente a los domésticos, y si éstos pueden ser un factor para mantener la enfermedad, afirmó Gerardo Suzán Azpiri, investigador de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia (FMVZ) de la UNAM.
“Hay diferentes linajes de coronavirus que afectan a camellos, ratones, roedores, liebres, cerdos, gatos y aves, y han evolucionado con sus hospederos, principalmente murciélagos, pero no sabemos si esta nueva cepa que nos afecta impactará en las especies con las que convivimos”, agregó el también integrante del Laboratorio de Ecología de Enfermedades y Una Salud, en donde han descrito más de 20 tipos de coronavirus en especies de murciélagos del centro y sur de México.
Tampoco se tiene conocimiento de la posibilidad de que algunas especies con las que convivimos pudieran mantener el SARS-CoV-2 y transmitirlo. Además, hay incertidumbre respecto a si especies silvestres únicas (endémicas) en el país pudieran verse afectadas.
Para saberlo se requiere de una colaboración estrecha con instancias del sector salud, las encargadas del medio ambiente y de la salud animal, para realizar monitoreos sistemáticos. “Estamos buscando fondos para hacer estos estudios, desde un acercamiento multidisciplinario”, resaltó Suzán Azpiri.
El doctor en biología, con posdoctorado en medicina de la conservación, indicó que la pandemia de COVID-19 es una evidencia de que los humanos compartimos infecciones con muchas especies animales, que tenemos receptores celulares similares y podemos ser reservorios de patógenos y dispersarlos a nivel mundial.
En el Laboratorio de Ecología de Enfermedades y Una Salud, los expertos realizan estudios para identificar diferentes modelos de infección que se transmiten entre los animales domésticos, los silvestres y el ser humano.
Son investigaciones de frontera que incorporan elementos de ecología, evolución, medicina de la conservación, modelación espacial, geografía, demografía, estudios de uso del suelo y pérdida de la diversidad para saber cómo diferentes especies como los mosquitos, pulgas, garrapatas, anfibios, roedores, murciélagos, carnívoros y mamíferos marinos, entre otras, interactúan con la humanidad y cómo se generan escenarios de riesgos epidemiológico.
Conservar la biodiversidad para proteger la salud humana
Suzán Azpiri explicó que epidemias como la que enfrentamos se relacionan con cambios en los ecosistemas por la deforestación, la pérdida de la diversidad biológica, la cacería y el tráfico ilegales de especies, y extracción de recursos naturales.
“Es necesario insistir en que conservar la biodiversidad es proteger la salud humana. Mantener los ecosistemas permite tener agua potable, oxígeno, producción de alimentos, gran cantidad de especies y, a la vez, se regulan las poblaciones de los reservorios y vectores de enfermedades.
“Afecciones relacionadas con los murciélagos, como la rabia; con roedores, como el hantavirus; o la enfermedad de Lyme, transmitida por garrapatas, ocurren principalmente en lugares con altas tasas de deforestación”, ejemplificó el especialista universitario.
Esta pandemia es ejemplo de lo que ocurre cuando invadimos nichos de especies y las extraemos sin ningún control, pues generamos escenarios de riesgo, subrayó.
Es necesario trabajar en la prevención, a partir de la conservación de especies. “Hay que preparar listados de las que pueden representar un riesgo, así como de los virus, bacterias y protozoarios más importantes. Luego, hacer análisis de datos y generar modelos para identificar escenarios de riesgo en diferentes regiones del país”.
Principalmente, se deben identificar zonas donde puede haber más brotes porque se juntan variables que favorecen la infección: deterioro ambiental, pobreza, falta de acceso al agua y alta concentración poblacional, concluyó.
Boletín UNAM-DGCS-414/2020