
A las medidas ya establecidas para evitar la propagación del coronavirus SARS-CoV-2 es importante sumar la ventilación de espacios cerrados, ya que la falta de circulación del aire incrementa potencialmente el riesgo de contagios, aseguró el científico del Instituto Politécnico Nacional (IPN), César Hugo Hernández Rodríguez, luego de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoció la “evidencia emergente” de la transmisión por aire del virus.
En ese sentido, el Secretario de Educación Pública, Esteban Moctezuma Barragán, ha subrayado que mientras no exista una vacuna habrá un ligero riesgo, pero en la medida en que seamos más conscientes en prevenir, podremos minimizar dicho riesgo.
En tanto que el Director General del IPN, Mario Alberto Rodríguez Casas, ha señalado que ante esta pandemia por el COVID-19, el Politécnico refrenda su compromiso de poner la ciencia, tecnología e innovación al servicio del país y de su comunidad, a la que nunca pondrá en riesgo, ya que la salud de los politécnicos es la máxima prioridad de la institución.
Por su parte, el experto en Microbiología de la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas (ENCB), sostuvo que aun cuando la principal forma de contagio es a través de las gotículas respiratorias expulsadas por una persona infectada, sí es importante incrementar las precauciones para reducir el riesgo de padecer COVID-19, sobre todo mantener distancia de al menos un metro entre un individuo y otro.
“Aparentemente, el contagio aéreo en espacios abiertos o en sitios cerrados que tienen adecuada ventilación donde se utilizan mascarillas, se respetan el aforo y la sana distancia es mucho menos probable que en lugares cerrados con ventilación deficiente”, añadió el integrante del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) Nivel III.
Detalló que los espacios cerrados en los que se puede dar un mayor índice de contagios son aquellos de menores dimensiones, baja altura de los techos, deficiente ventilación, mayor concentración de personas “y se vuelve un área más peligrosa mientras más tiempo se permanezca en ella”, acotó.
Mencionó que los lugares con mayor riesgo son los restaurantes, bares, salones de conferencias y conciertos, iglesias y salones de clases, en los que incluso, personas que se encuentran relativamente lejos y guardando la “sana distancia” de dos metros podrían contagiarse unas de otras debido a los aerosoles (partículas de 5 micras en promedio que se emiten al respirar, hablar, toser o estornudar).
“Esas partículas pueden permanecer suspendidas en el aire hasta por una hora y alcanzar distancias mucho mayores (hasta de 8 metros) que las gotas más grandes, que duran en el aire menos de un minuto y la distancia que alcanzan es de dos metros”, apuntó.
Finalmente, el doctor César Hugo Hernández mencionó la responsabilidad que tiene la población de contribuir a cortar las cadenas de contagio y reducir el riesgo de infección a niveles lo suficientemente bajos para que no representen una preocupación a nivel social.

• Se busca coadyuvar en la solución de necesidades en los ámbitos social, económico, educativo y de salud
• Participan 200 académicos y más de cien estudiantes de posgrado y licenciatura: Carlos Arámburo de la Hoz, titular de la DGAPA
Para contribuir a mitigar los efectos de la enfermedad del coronavirus, académicos-investigadores de la UNAM participan en 12 proyectos de investigación originales, de calidad y factibles, apuntó Carlos Arámburo de la Hoz, titular de la Dirección General de Asuntos del Personal Académico (DGAPA).
El objetivo es generar materiales y equipos para la salud, métodos diagnósticos, prototipos de vacunas y potenciales fármacos, además de propuestas para aminorar el impacto social.
También se pretende crear conocimiento original; producir artículos científicos, patentes y transferencias; formar recursos humanos especializados; integrar grupos de trabajo multi e interdisciplinarios que hagan sinergias y consoliden las capacidades de respuesta de esta casa de estudios.
El universitario recordó que el 30 de marzo pasado se publicó en Gaceta UNAM la convocatoria extraordinaria Estrategias para enfrentar la nueva pandemia COVID-19 en México, a la que se inscribieron 53 proyectos.
Las propuestas deben contribuir a resolver problemáticas derivadas de la emergencia sanitaria en los ámbitos de la salud, económico, social y educativo; ser pertinentes, relevantes, de calidad, además de tener viabilidad y contar con el soporte de experiencia y capacidades de los responsables, explicó en su participación en el programa La UNAM Responde, transmitido por TV UNAM.
De las ideas presentadas se seleccionaron 19, que pasaron a una segunda etapa de evaluación donde se eligió a las 12 mejores, que se están trabajando. Cuatro investigaciones son del área de las ciencias físico matemáticas; cinco de las ciencias biológicas, químicas y de la salud; y tres de ciencias sociales.
“Esto demuestra que hubo una distribución razonablemente equilibrada entre los distintos campos del conocimiento y las capacidades que se cultivan en la Universidad Nacional para contribuir a resolver los problemas planteados”, destacó Arámburo de la Hoz.
En esta tarea participan 200 académicos y más de cien estudiantes de posgrado y licenciatura pertenecientes a 23 entidades académicas: 12 institutos, seis facultades, dos centros, una escuela y dos planteles del bachillerato.
Otra particularidad es la colaboración entre diversas entidades, por lo que hay investigaciones relacionadas con la modelación matemática y computacional, por ejemplo, para evaluar la evolución de la pandemia y el desarrollo de plataformas de inteligencia epidemiológica.
Por último, subrayó que la Universidad Nacional es una institución rica en conocimiento y, al mismo tiempo, compleja y diversa; en sus académicos existe una amplia experiencia en diversos campos del saber.

“Aunque las manifestaciones gastrointestinales son menos relevantes que las pulmonares, se deben tener en cuenta porque pacientes con síntomas digestivos pueden estar en una etapa temprana de COVID-19, y si se subestiman no habrá un diagnóstico acertado” explicó el profesor William Otero, coordinador del Posgrado en Gastroenterología de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL).
Durante la charla en el programa Salud UNAL Contigo sobre las manifestaciones gastrointestinales, el doctor Otero señaló que clínicamente, y en general, el virus se ha manifestado con fiebre, tos seca, odinofagia (dolor de garganta al tragar los alimentos), fatiga, náuseas, dolor abdominal y diarrea.
Agregó que otros síntomas como la anosmia (falta de percepción de olor), la ageusia (pérdida de gusto), y la disgeusia (cambio en el sabor de los alimentos) son poco perceptibles pero altamente indicativos de una gripe fuera de lo común.
Un estudio del King's College de Londres basado en los síntomas descritos en una muestra compuesta de 1.600 pacientes infectados, y un análisis por medio de algoritmos, llevó a una nueva clasificación de seis tipos de COVID-19.
Entre los síntomas relacionados con gripas comunes se encuentran: tos, fiebre, afección gastrointestinal sin tos, severo con fatiga, severo con confusión, severo con molestias abdominales y respiratorias.
En Estados Unidos el 61 % de los infectados por COVID-19 tiene una manifestación relacionada con el sistema digestivo, cuya causa “se da porque gran parte de los receptores donde se enlaza el virus se encuentran en el tracto gastrointestinal” explica el doctor Otero.
Aunque inicialmente se consideraba que el receptor del virus estaba en el corazón, los pulmones, la tráquea, los bronquios y alvéolos, las pérdidas del gusto se deben a que este también tiene un neurotropismo y está presente tanto en el sistema nervioso como en el digestivo del individuo.
“En China se demostró que el virus no se ha encontrado en el esófago, pero sí en el estómago, el duodeno y el ano”, agrega el doctor Otero.
Además, por medio de pruebas en los infectados se ha observado que en el intestino delgado y el colon es más abundante que en otros tejidos, lo que ha causado un impacto en medicina; el ARN viral se ha encontrado en el 48 % de los desechos de los infectados.
Centros de diagnóstico digestivo y endoscopias
“Todos los pacientes que acudan a centros o unidades de endoscopia son potencialmente infectantes e infectables; por eso deben tener un seguimiento a los 7 y 14 días después de haber acudido a estos centros de diagnóstico” menciona el profesor Otero.
En el sistema digestivo, el virus induce la producción de sustancias inflamatorias (como monocitos, TNF alfa y interleucinas, entre otras) y pueden lesionar el estómago, producir náuseas, vómito, eructos frecuentes, pérdida de apetito y también lesionar la mucosa del estómago.
En los centros o unidades de endoscopia suelen practicarse estudios o exámenes como: endoscopia digestiva, enteroscopia o endoscopia del intestino delgado, ultrasonido endoscópico (USE) o endosonografía, videocápsula endoscópica, o exámenes exploratorios de la fisiología digestiva, entre otros, todos estos invasivos y en contacto con fluidos corporales, por eso son de especial cuidado en esta coyuntura. “Se recomienda que en los procedimientos sean más selectivos y se atiendan los casos urgentes, que se difieran procedimientos de rutina”, agrega el gastroenterólogo Otero.
Recomienda además priorizar y realizar con las medidas más estrictas posibles aquellos procedimientos referentes o relacionados con cáncer, sangrado digestivo, perforaciones, sepsis biliar, presencia de un cuerpo extraño, obstrucción intestinal o prótesis, entre otros de primera necesidad.
“En el Hospital Universitario Nacional (HUN) se decidió abrir progresivamente las salas de endoscopia con todas las medidas estrictas de cuidado, teniendo en cuenta la ventilación y la asepsia total después de cada procedimiento”, comenta el doctor Otero.
Aunque es probable que el virus se reproduzca por medio de desechos humanos, aún hay algunas dudas sobre si el virus se transmite por medio de la materia fecal.

La presencia de los seres humanos en América pudo haber ocurrido entre 26 mil 500 y 19 mil años atrás, durante el Último Máximo Glacial, o incluso antes, revela estudio en el que participó la UNAM, publicado recientemente en la revista Nature.
Este hallazgo ha cambiado el consenso sobre el momento de la llegada de los primeros pobladores al continente, pues durante décadas fue aceptado el paradigma de que la fecha de entrada de los humanos fue hace aproximadamente 13 mil años, desde Asia vía Beringia.
En la investigación, liderada por Ciprian Ardelean, de la Universidad Autónoma de Zacatecas, participaron Corina Solís y María Rodríguez, académicas del Instituto de Física de la UNAM, con la datación de muestras por radiocarbono.
La teoría del arribo de grupos hace 13 mil años -que posteriormente desarrollarían en Norteamérica una tradición material conocida como Clovis, caracterizada por sus puntas de lanza de forma acanalada-, ha sido refutada por nuevos datos arqueológicos y cronométricos, que demuestran la existencia de sitios anteriores a los Clovis (de 18 mil a 15 mil años atrás).
El equipo de expertos encontró que el inicio de la secuencia de ocupación se ubica entre 33 mil 150 y 31 mil 405 años (un periodo anterior al Último Máximo Glacial), mientras que para el final de la secuencia de ocupación el modelo empleado arroja un periodo con una antigüedad de 20 mil 90 a 17 mil 830 años.
Con esto se confirmaría que la presencia de los primeros seres humanos habría ocurrido mucho antes de lo que se sabía y representa el inicio de nuevas exploraciones en busca de más evidencias de ocupación humana durante esa época en México y América del Norte.
Datación azul y oro
Este resultado fue posible tras 10 años de exploraciones en la cueva del Chiquihuite, en Zacatecas, donde Ardelean, junto con colegas y estudiantes, encontraron más de mil 900 herramientas de piedra caliza y basaltos (entre ellas, cuchillas y puntas de lanzas), así como algunos huesos de animales y restos de plantas.
Los investigadores a cargo del proyecto afirman que ese lugar tenía una temperatura de 12 grados a lo largo de todo el año, lo que pudo ser un atractivo para que los individuos se protegieran dentro de ella.
Para tener una mayor confiabilidad de las fechas en que fueron elaboradas esas herramientas, el equipo envió muestras de carbón, huesos y sedimentos asociadas a las piezas, a cuatro diferentes laboratorios fuera de México: el Oxford Radiocarbon Accelerator Unit (ORAU), en el Reino Unido; el International Chemical Analysis (ICA), Beta Analytic y el PaleoResearch Institute (PRI), los tres en Estados Unidos; y a uno mexicano, el Laboratorio Nacional de Espectrometría de Masas con Aceleradores (LEMA), del IF de la UNAM.
Solís y Rodríguez fueron las responsables de datar algunas de las muestras a través de la técnica de radiocarbono –isótopo radioactivo del carbono– para que luego pudieran ser comparadas con los resultados de los otros laboratorios e incorporadas en la secuencia estratigráfica del sitio.
La datación por radiocarbono, metodología desarrollada en la década de 1950, es la más conocida para determinar la edad de materiales orgánicos de hasta unos 50 mil años. Ello ocurre porque los organismos vivos mantienen un contenido de radiocarbono aproximadamente constante, pero al morir, éste empieza a decaer a una velocidad determinada por la ley de decaimiento radiactivo, con una vida media de cinco mil 730 años.
“Para determinar el radiocarbono remanente en las muestras orgánicas recuperadas de la cueva, y a partir de éste determinar su edad, se utilizó la espectrometría de masas con aceleradores (AMS por sus siglas en inglés). Esta técnica, desarrollada desde la década de 1970, es actualmente la más precisa y rápida para detectar radiocarbono en muestras tan pequeñas como una sola semilla”, explicó Corina Solís.
La aportación del LEMA al estudio consistió en nueve dataciones válidas de siete muestras de carbón y una de sedimento. Lo mismo se llevó a cabo con dos huesos y tres muestras de carbón cuyos resultados fueron descartados.
“Uno de los huesos era de la época colonial y el otro se descartó porque el colágeno obtenido no fue suficiente para cumplir con los parámetros de calidad exigidos. En tanto, los valores arrojados por las tres muestras de carbón se descartaron porque dieron resultados atípicos, que pueden deberse a factores tafonómicos o a un bajo contenido de carbono, pues estas muestras consistían en apenas unos cuantos miligramos”, expuso María Rodríguez.
Las fechas obtenidas por radiocarbono fueron incorporadas a un modelo bayesiano, con el que se busca que las cronologías tengan una mayor precisión.
“En ese modelo se combinan las fechas de radiocarbono obtenidas, las edades calendario (conseguidas mediante curvas de calibración que toman en cuenta las variaciones temporales del radiocarbono en la atmósfera) y la información arqueológica (como la estratigrafía), para generar una distribución de probabilidad de las fechas”, precisó Solís.
El LEMA es el primer laboratorio en Latinoamérica en el que, además de hacer investigación en física nuclear, se hace datación por radiocarbono y se determinan concentraciones de otros radioisótopos como el berilio 10 o el aluminio 26. Este espacio cuenta con la certificación para la datación con radiocarbono, bajo la Norma ISO 9001:2015, y participa en comparaciones internacionales para comprobar la exactitud y reproducibilidad de sus resultados.
Para las científicas de la UNAM este trabajo es la muestra del nivel de calidad en datación por radiocarbono que se tiene en México y en la Universidad Nacional.
“Se demostró que en general la secuencia cronológica de la cueva del Chiquihuite, que incluyó los datos obtenidos en el LEMA, está en excelente acuerdo con la evidencia estratigráfica, y refleja además que los resultados de este laboratorio universitario son de una calidad similar a la de otros internacionales de prestigio”, concluyó Rodríguez.
En el LEMA también colaboran los investigadores María Esther Ortiz, Efraín Chávez y Luis Acosta; Grisel Méndez, catedrática CONACYT; el investigador posdoctoral Santiago Padilla, así como el técnico académico Arcadio Huerta y el laboratorista Sergio Martínez.

Las amistades a distancia, cada vez más estimuladas a través de internet y redes sociales, no sustituyen a las personales, pero sí mitigan la sensación de ansiedad y depresión que vivimos en el mundo actual, especialmente en esta etapa de distanciamiento social por la pandemia, afirmó Hugo Sánchez Castillo, académico de la Facultad de Psicología (FP) de la UNAM.
“Esta nueva forma de interactuar es algo a lo que nos tenemos que adaptar, pues no habrá una realidad como la conocíamos antes. Los humanos hemos soportado otras pandemias y desastres naturales, pero lo que nos permite ser una especie exitosa es nuestra capacidad de adaptación”, subrayó el doctor en Neurociencias.
A propósito del Día Internacional de la Amistad, que se celebra mañana 30 de julio, Sánchez Castillo señaló que aunque las relaciones lejanas no son tan efectivas, ayudan.
“La amistad debería ser una relación física, para compartir momentos y verse a los ojos, pero los medios digitales son las nuevas maneras de encontrarnos y funcionan para disminuir la ansiedad. No es igual que una relación física entre amigos, pero es algo a lo que tenemos que adaptarnos”.
Con las redes sociales hay una percepción de aislamiento, pero disminuye de manera significativa el hecho de poder ver al otro, aunque sea en pantalla, remarcó.
El universitario recordó que la amistad ayuda a formar vínculos y empieza a tener importancia alrededor de los tres años; entre esa etapa y los ocho años comienzan a consolidarse las primeras relaciones que permiten a un individuo identificarse con otra persona, tener conductas cooperativas y permanecer con lazos que pueden durar toda la vida.
“Hay identificación en cuanto a patrones de comportamiento y de juego. Una amistad entre seres humanos (porque también existe en otras especies) es una relación afectiva no reproductiva y no agresiva que permite tener alianzas, formas de confrontación cuando hay problemas y consuelo en situaciones difíciles”, detalló.
Sánchez Castillo recordó que desde hace mucho tiempo nos volvimos sedentarios y nos establecimos en clanes, en grupos de individuos que hicieron que fuéramos desarrollando estos lazos. “En una amistad se ensayan conductas reforzantes y placenteras, hay una identificación con el otro y afinidad en gustos”.
Hormonas y neurotransmisores
Tras mencionar que las personas aisladas pueden tener mayor cantidad de problemas cardiovasculares, del sistema inmunológico, de ansiedad y depresión, explicó que en el cerebro la amistad tiene que ver con el sistema neurológico, estimula la oxitocina, una hormona que tiene que ver con el apego y con la conducta sexual.
“Los niveles de oxitocina se mantienen elevados cuando hay amistad, pues se siente placer al conversar con un amigo, estar acompañado y relajarse de la presión social”, comentó.
En este proceso también participan dos neurotransmisores: la dopamina, que produce sensación de placer y de lazos reforzantes, se incrementa; mientras que la serotonina, que aumenta la agresividad, disminuye.
Otra hormona importante es el cortisol (que se libera como respuesta al estrés), pero baja sus niveles cuando estamos con un amigo.
“No es posible vivir sin amigos, pues somos animales sociales como los perros, gatos, algunos pájaros, chimpancés, bonobos y gorilas. El confort de los amigos disminuye los niveles de ansiedad”, concluyó.