EL APRENDIZAJE
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EL APRENDIZAJE

 

 

 

Por: Rafael Fiscal Flores[1]

 

 En la entrega inmediata anterior se concluía con el compromiso que como docentes debemos asumir, tiene que ver con que  los esfuerzos del profesor, centren su interés en el sentido humano y constructivo que se propone desarrollar cognitivamente al alumno, formar su carácter y personalidad tomando en consideración la época y el ambiente sociocultural en que vive e interactúa, y en el que va a vivir y desempeñarse. Sin embargo, contados son los docentes, que reflexionan sobre su comprimo social. El no reflexionar sobre el compromiso al que se hace alusión líneas arriba y, por tanto, actuar en consecuencia, condena al profesor a un proceso de desprofesionalización pedagógica y didáctica, que a la postre lo llevan a que su trabajo y esfuerzo educativo sean despreciados educativa, técnica y pedagógicamente hablando. Convirtiéndonos sin quererlo en “obreros de la educación”, que por un sueldo humillante por hora/clase pretendemos formar a las generaciones del futuro. Pero me pregunto: ¿cómo es posible que pretendamos formar a las generaciones del futuro, cuando nosotros no podemos pensar en el futuro? ¿Cómo es posible que no podamos darnos cuenta del daño que se está provocando a esas generaciones que pretendemos formar?, y si ya nos dimos cuenta ¿hemos hecho algo por mejorar?, o es que hemos caído en una especie de cinismo por aquello de que “la institución hace como que nos paga, por tanto, nosotros como que enseñamos”.  

  Dando continuidad al tema que se trató la semana pasada, corresponde ahora tratar el tema del aprendizaje.

 

 

  La conexión entre el concepto de enseñanza y aprendizaje se encuentra estrechamente posicionada en nuestro lenguaje habitual, confundiendo sus relaciones –ontológica y humana– (la enseñanza no se puede entender sin el aprendizaje y además ambas se dan en una relación entre seres humanos) intrínsecamente dependientes, ya lo dice Fenstermacher “el concepto genérico requiere cierta modificación, porque también estuvo marcado por la presuposición de que el aprendizaje es el logro de la enseñanza. Según la conceptualización de la relación ontológica-humana de la enseñanza, el profesor no transmite o imparte el contenido al estudiante. El profesor más bien instruye al estudiante sobre cómo adquirir el contenido a partir de sí mismo, del texto u otras fuentes. A medida que el estudiante se vuelve capaz de adquirir el contenido, aprende”, (1997:155). Por tanto, la enseñanza como resultado de su acción, debe dejar una huella en el individuo, un reflejo de la realidad objetiva del mundo circundante que en forma de conocimientos, habilidades y actitudes, que le permitan enfrentarse a situaciones nuevas con una actitud creadora y de apropiación. Así el proceso de enseñanza produce un conjunto de transformaciones sistemáticas en los individuos, una serie de cambios graduales cuyas etapas se suceden en orden ascendente. Es, por tanto, un proceso progresivo, dinámico y transformador.

 

 

 Con la ayuda del profesor que dirige su actividad conductora u orientadora hacia el aprendizaje de los conocimientos, así como a la formación de habilidades y hábitos acordes con su concepción del mundo, el estudiante adquiere una visión sobre la realidad material y social; ello implica necesariamente una transformación escalonada de la personalidad del individuo (Álvarez, G., 2000) y (Gimeno y Pérez, 1993). En la enseñanza se sintetizan conocimientos, se va desde el no saber hasta el saber; desde el saber imperfecto, inacabado e insuficiente hasta el saber perfeccionado, suficiente y que, sin llegar a ser del todo perfecto, se acerca a la realidad. (Álvarez, G., 2000) y (Gimeno y Pérez, 1993).

 

 

 

 La enseñanza se ha de considerar estrecha e inseparablemente vinculada a la educación y, por tanto, a la formación de una concepción determinada del mundo y también de la vida. El proceso de enseñanza con todos sus componentes asociados, debe considerarse como un sistema estrechamente vinculado con la actividad práctica del hombre, que en definitiva, condiciona sus posibilidades de conocer, comprender y transformar la realidad que lo circunda. La naturaleza de la enseñanza es enseñar, y su consecuencia es la acción de enseñar, esto es, lo que puede ser analizado crítica y reflexivamente. La otra actividad, la de aprender, implica una relación ontológica con la enseñanza, ya que es parte de la naturaleza del acto de enseñar que haya alguien que aprenda, pero no es su consecuencia, no es una acción posterior y fuera de ella que suceda el aprendizaje. Entre la enseñanza y el aprendizaje no hay una relación causal, pero si una relación ontológica y humana, aunque equivocadamente se les concibe que uno –el aprendizaje– es consecuencia directa de la otra –enseñanza–. Sin embargo, el aprendizaje escolar es el resultado del esfuerzo del alumno gracias a la enseñanza de los profesores que posibilitan la acción de estudiar y que le enseñan cómo aprender; no es sólo un efecto directo de la enseñanza. “El aprendizaje puede realizarlo uno mismo, se produce dentro de la propia cabeza de cada uno. La enseñanza por el contrario, se produce, por lo general, estando presente por lo menos una persona más, no es algo que ocurra en la cabeza de un solo individuo” (Fenstermacher, 1997:154).

 

 

 

 El análisis del aprendizaje como consecuencia directa de la enseñanza y no desde las herramientas de las cuales el profesor dota al alumno para que aprenda, se centra en las condiciones genéricas de la enseñanza (Fenstermacher, 1997:157). Pero si elaboramos las condiciones de una buena enseñanza gran parte de la responsabilidad recae en los profesores, sobre todo, si consideramos que son ellos quienes deben entregar a los alumnos las herramientas para poder aprender. Usualmente, “hacemos desempeñar al término ‘aprendizaje’ una doble tarea, usándolo algunas veces para referirnos a lo que el estudiante realmente adquiere de la enseñanza (rendimiento) y otras para referirnos a los procesos que el estudiante usa para adquirir el contenido (tarea). Debido a que el término ‘aprendizaje’ funciona tanto en el sentido de tarea como en el de rendimiento, es fácil mezclar ambos y sostener, por lo tanto, que la tarea de la enseñanza es producir el rendimiento del aprendizaje, cuando en realidad tiene más sentido sostener que una tarea central de la enseñanza es permitir al estudiante realizar las tareas del aprendizaje” (Fenstermacher, 1997:154-155).

 

 

 

 

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