En efecto, la misma etimología de competencia, parece describir el sentido profundo de este enfoque. Competencia, proviene del verbo latino --peto, es, ere-- que significa pedir, ir en busca de algo, tratar de llegar a un lugar o situación, tratar de conseguir algo, echarse sobre algo, volar, atacar; a este verbo se le añade una preposición cum, que significa compañía, acompañamiento, cerca de y que al castellano pasó como la preposición con, que genera la idea de establecer acción conjunta[2].
La competencia, conceptualizada a partir de su sentido etimológico, es una exigencia impuesta a un sujeto, exigencia que proviene de fuera: se refiere a algo que es solicitado que cumpla una persona, o cosa, por alguien ajeno al sujeto mismo. De ahí que el vocablo tenga como uso una expresión de rivalidad, disputa o contienda.
En el terreno educativo y de capacitación laboral, el uso del término competencia[3] manifiesta la pretensión de que los procesos de aprendizaje estén determinados por la petición o exigencia de satisfacer un requerimiento externo al de la instancia educadora, ajustándose a ella. En último término, se pretende que los procesos de enseñanza-aprendizaje sean definidos desde las exigencias laborales, ya sea de las empresas o de las autoridades educativas concordantes con ellas, delimitando así la tarea de la escuela y de los maestros en función de los requerimientos laborales de los posibles empleadores. En esta concepción educativa, corresponde a maestros y estudiantes acoplarse a esas exigencias: el ser humano es un animal laboral que debe desarrollar sus competencias para serle útil al productor.
En términos de mercado, se afirma que es el cliente el que establece sus requerimientos, y toca al proceso educativo cumplirlos.
Esta concepción educativa, que privó fuertemente durante algunos años (la década de los sesenta, cuando la formación y la educación de los adultos estaban marcados por los principios económicos del "man power, y se consideraba la capacitación, como un proceso para preparar "recursos humanos"; es decir, un elemento más de la producción considerada como finalidad en sí misma, sigue vigente y ha cobrado fuerza con la aplicación deshumanizada de los modelos económicos neoliberales y salvajemente capitalistas.








