Una de las más importantes y fundamentales constante positivista en México era el ataque, o al menos el sentido descrédito, de las instituciones religiosas. Pero esa constante no sólo era positivista, sino antes bien, liberal reformista. Buena parte de los contenidos de las leyes de reforma tratan de la desamortización de tierras eclesiales y de la secularización de la política y la educación.
Además, todo el movimiento positivista conjuró a la ciencia, sus principios y, sobre todo, su método, como respuesta frente al atraso y la colonización mental de los mexicanos y del país cuya corrosiva obra llevaba operando ya muchos siglos. La solución a los problemas de índole política, económica, moral y social estaban estrechamente vinculados con la aplicación generalizada del método positivo y la ciencia como criterio último de validez, ya que la verdad hallada por la ciencia a través de su método era neutral y totalmente objetiva, ajena a cualquier intento de utilización ideológica por parte de cualquier grupo de poder, liberal o conservador. La racionalidad emparentada con el método y la verdad positivas, era garantía de neutralidad y ésta, a su vez, mantendría a raya los posibles motivos de discordia, nacidos de puntos de vista diferentes. El método finalmente aseguraba aquella homogeneización que tanto preocupara a Comte y a Barreda como condición de posibilidad de la concordia social.
Todos los positivistas concuerdan en su condena a la anarquía, la revuelta y la discordia. Lo que el país necesitaba, y así lo reconocen todos, era la unificación nacional. Esta debía darse no sólo en aras del progreso material y moral de la nación, sino también como precaución contra posibles intentos de conquista por parte, principalmente, de Estados Unidos. Abelardo Villegas explica esto en otros términos. Para él, el método científico que permeaba toda producción intelectual y política, condena la noción de revolución, y su práctica, sustituyéndola por la de evolución.[17]
Después del triunfo político liberal en 1867, y tras la expulsión de las fuerzas francesas de territorio nacional (cuya batalla más recordada es la del 5 de mayo, con Ignacio Zaragoza como su héroe militar, y Juárez como su héroe político), México siguió sin alcanzar la anhelada paz. Y cómo no habría de ser anhelada, después de las incesantes luchas, primero independentistas, luego contra la dictadura de Santa Anna, el imperio de Iturbide y finalmente contra las fuerzas neocolonialistas norteamericanas (inglesas) y francesas. México deseaba paz y estabilidad política, pero sobre todo, deseaba la unificación nacional. Esa era la urgencia que le dictaba su momento histórico.
El proyecto liberal de Juárez, (al que por cierto Barreda se sumó con entusiasmo participando, como afirma Luis González, como uno de los treinta miembros de la élite que Juárez había elegido para puestos y funciones importantes[19]); el proyecto liberal de Juárez, decíamos, encontró sin embargo muchos obstáculos y no logró conciliar la paz entre las distintas facciones que habían quedado como rastro de las luchas anteriores. Entre los muchos obstáculos podemos contar al indiferentismo político del pueblo llano, pobre e ignorante en su mayoría; las ambiciones políticas de los caudillos militares y las incesantes pretensiones de autonomía de los grupos étnicos y algunos estados cuyos gobernadores no simpatizaban con el régimen juarista.[20] Entre estos obstáculos, el del indiferentismo político parecía ser el más grave, pues al convocarse elecciones, solamente acudía a votar la minoría ilustrada y enterada de cuestiones políticas, mientras que la mayoría de la población no se presentaba a las urnas. Las elecciones carecían entonces constantemente de legitimidad y despertaban siempre la sospecha y el enojo, tanto de liberales como de conservadores. Así sucedió durante los gobiernos de Juárez y Lerdo. Esta situación se tradujo en constantes luchas y revueltas, entorpeciendo el urgente proceso de pacificación nacional.
El proyecto liberal aparentemente fracasó es su intento de aplicar las libertades políticas establecidas en la Ley del 57 y con ello, en lograr pacificar al país (o así lo pensaron los inconformes). Además, la realidad mexicana de pobreza e ignorancia de su pueblo, falta de infraestructura para echar a andar el progreso material, intereses políticos polarizados , no parecía responder a los llamados liberales del proyecto juarista de nación. Parecía necesario un nuevo tipo de régimen político. Las circunstancias parecían demandar una nueva estrategia. Orden y progreso, antes que Libertad, y justamente como condición de posibilidad de ésta. Justo Sierra, por ejemplo, es uno de los positivistas científicos que demanda la la vuelta a la instauración de un gobierno liderado por un partido conservador. Lo conservador no le vendría de exigir de nuevo la preponderancia o injerencia de la Iglesia y la religión en los asuntos políticos, sino de su demanda de orden en lo político y lo jurídico. No podía llevarse a cabo el programa liberal, exceptuando de este programa la libertad política o democracia y dando preponderancia a la libertad económica y de conciencia, sin antes fortalecer el centro de la autoridad y poner orden al interior de las facciones políticas que sembraban la anarquía.
La importancia de esta discusión radica, a nuestro parecer, en que el corte liberal de la Constitución del 57 y de las leyes de Reforma es lo que parece ser, para los científicos, el verdadero obstáculo del proyecto progresista que debía regir a México. El pueblo parecía no estar aún a la altura o, simplemente, no estar aún preparado para las libertades políticas estipuladas por aquella Ley, calificada entonces de utopista. El idealismo de aquella Ley, decían algunos, había sumergido de nuevo al país no sólo en el atraso material, sino en el desorden y la anarquía, que es su causa, según enseñaba también Comte. Leopoldo Zea nos remite a Francisco G. Cosmes, un positivista científico que se expresa en estos términos después de medio siglo de constante batallar por un ideal [se referiría al Ley del 57] que una vez realizado no ha dado sino resultados funestos para el país , y más adelante, el mismo G. Cosmes: ¡Menos derechos y menos libertades, a cambio de mayor orden y paz! [ ]. Es más, no está distante el día en que la Nación diga: Quiero orden y paz aún a costa de mi independencia.[25] Esto nos hace preguntarnos: ¿No sería la crítica a la Constitución del 57, tan propia de la segunda etapa del movimiento positivista, comandada por los científicos, sólo una justificación para la dictadura de Porfirio Díaz?
El liberalismo político de la Ley del 57 era rechazado pero, como sugiere Zea, no así el liberalismo económico que la misma Ley defendía. Muy probablemente Zea tenga razón cuando afirma que lo que los positivistas buscaban era la justificación de un enriquecimiento desmedido, avalado únicamente por el liberalismo económico y un individualismo que encontraron imposible de justificar en las ideas de Comte[26], que creía en el hombre sólo en tanto ser perteneciente a una sociedad, y no como individuo. Esa fue la razón por la optaron por el evolucionismo social de Spencer, quién justificaba no sólo el individualismo, sino la competencia individual como único camino para el progreso evolutivo. Pero, si seguimos la interpretación que da Leopoldo Zea del positivismo de la primera etapa, es decir, el de Barreda, entonces los primeros positivistas (Barreda y sus primeros discípulos), no eran diferentes a los científicos, en tanto que también buscaban justificar al poder. Zea aplica al pensamiento de Barreda la misma perspectiva que aplicó, como vimos, al pensamiento de Comte. Cree que Barreda está casi exactamente en la misma posición en la que se encontró Comte.
La guerra de reforma, como la Revolución francesa, había terminado con la hegemonía del poder conservador, aristocrático y clerical en ambos casos. Las viejas clases habían visto mermados o perdido definitivamente sus antiguos privilegios. El nuevo poder, liberal en ambos casos, se vio en la necesidad de luchar, política, militar e ideológicamente contra las viejas fuerzas pero también contra las fuerzas liberales progresistas que eran críticas frente al nuevo poder. Las fuerzas liberales de reforma se enfrentaban a liberales y conservadores por igual. Barreda, como una vez Comte, adopta una doctrina con la que puede representar mejor los intereses de la clase en el poder, clase a la que Barreda pertenece, y que como explica el mismo Zea, Sierra llamaba burguesía mexicana. La importación del positivismo responde para Zea, no al azar, sino a un plan de alta política nacional.[27]








