EL "HOMBRE NUEVO" DEL RENACIMIENTO: Y SEREMOS COMO LOS DIOSES...
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EL “HOMBRE NUEVO” DEL RENACIMIENTO: Y SEREMOS COMO LOS DIOSES….

 

 

 

Por: Ximena Franco Guzmán*

 

Noviembre 2007
 

 

 


 El Renacimiento es un movimiento cultural (esto es: amplísimo) que, históricamente sucede al periodo medieval europeo. Podríamos resumir el contexto histórico en que eclosiona el Renacimiento como el del ambiente protestantista luterano: lucha contra la tiranía del papado, prosecución de concilios religiosos, las divisiones al interior de la Iglesia, la revisión del dogma religioso, la des- jerarquización eclesiástica, etc.

 

 

  Pero el Renacimiento, como etapa de transición hacia la Modernidad, es un periodo difícil de definir en unas cuantas palabras. Arrastra consigo todavía algunas tesis aristotélicas (el pensador griego más seriamente retomado por los “medievales”), y al mismo tiempo anuncia ya la venida de una nueva época. Es el tiempo de Dante y Bocaccio, pero también de, Nicolás de Cusa, Giordano Bruno (quemado vivo por sus ideas “heréticas”), Tomás Moro, Pico della Mirándola, Maquiavelo. El Renacimiento alumbra además los albores de la “ciencia nueva”, encabezada por Copérnico, Galileo, Tycho, Kepler. El espectro de pensadores, perspectivas y audacias teóricas es impresionante [1]. Un abanico de tan extraordinaria magnitud, difícilmente puede ser encuadrado. Sin embargo, una idea permea todo el periodo: el hombre.

 

 

 

 

 

 Los cambios económicos que se dieron durante el siglo XIV y que continuaron durante el siguiente siglo hicieron surgir una nueva clase, pudiente y laboriosa: la burguesía. El reacomodo de las instituciones medievales era ya inevitable. Con el advenimiento de las condiciones sociales políticas que posibilitaron la instauración de las monarquías absolutas, las autoridades eclesiásticas fueron sometidas cada vez más, es decir, su autoridad fue secularizada y separada del poder político real. El Papa se convirtió a la larga en un gobernante más de la península itálica, poseedor y regidor absoluto sólo dentro de sus reinados, que eran algunos estados italianos.

 

 

 

 

 El avance de la burguesía, para quienes las viejas instituciones y la nobleza, además de los tributos eclesiásticos, entorpecían su labor constructiva de estados, limpió el camino para un hombre necesitado de libertad. Esta necesidad concreta, urgida por las nuevas relaciones comerciales de competencia y de apertura de mercado, trastocó e impregnó los ámbitos más sublimados de la actividad humana. La figura medieval de un hombre pasivo, casi inerte, resignado a la dominación de ciertas fuerzas cuya lógica apenas si podía comprender, fue sustituida por una nueva imagen.

 

 

 

 

 El hombre, antes una criatura nacida en el pecado, enclaustrado en la cárcel del cuerpo, sujeto a fuerzas externas que lo avasallaban y que no era capaz de explicarse (sino tan sólo de obedecer y soportar), ese hombre ahora toma el lugar que antes ocuparan los dioses: él es el centro del universo. Y aunque el Renacimiento no alcanzó todavía a pronunciar la audacia nietzscheana del “Dios ha muerto”, sí sentó las bases de la omnipotencia humana. No, el hombre nuevo del Renacimiento no mata a sus dioses, pero se prepara una silla en la mesa de sus banquetes. No se atreve todavía a desafiarlos abiertamente, pero se alista ya para la batalla que habrá de librar contra ellos: el hombre quiere su cetro. Ese hombre que se amotina (principalmente en Italia, que para la fecha no existe todavía como tal), es el hombre del giro copernicano.

 

 

 

 

 Se denomina giro copernicano a aquella revolución iniciada con otra “revolución”: la Revoluciones de los orbes celestes. Esta obra, escrita por Nicolás Copérnico y paradójicamente dedicada Al Santísimo Señor Paulo III, Pontífice Máximo, cimbra los fundamentos teóricos que hasta ese momento explicaban lo que sucedía en el Universo. En efecto, frente al complicadísimo sistema aristotélico-ptolemaico, con sus regiones sublunares y supralunares, (cosmovisión de los dos mundos desde la cual se justificaba el sometimiento del hombre a la fatalidad marcada por los astros), con su Tierra en el centro del universo conocido y los astros girando a su alrededor en enmarañadas esferas (no órbitas), frete a ese sistema, decimos, Copérnico opone otro muy diferente: la Tierra no es el centro del universo, el sol lo es. La tierra, así como los demás astros (u orbes, como él prefiere llamarlos), giran alrededor del centro sobre algo que, ciertamente, no parecen ser esferas, sino rutas que obedecen a movimientos circulares y rectilíneos (Copérnico explica la combinación de esos dos movimientos de un modo con el cual no competiremos). Éste hombre ha descubierto que la máquina del universo (como él mismo la llama) puede ser explicada de otra manera [2]. Sin embargo, esa otra manera que él ha descubierto se opone abiertamente a muchas tesis centrales reveladas en las Escrituras (el canon científico de la época).  

 

 

 

 

 Pero además el descubrimiento científico de Copérnico habla un nuevo lenguaje. Y es esa voz la que insufló de vida al hombre del giro copernicano. En las páginas de Revoluciones…, podemos leer: “[…] buscar la verdad de todas las cosas, puesto que Dios lo ha permitido a la razón humana” [3]. Tenemos entonces que la razón humana es ahora capaz de develar por ella misma los misterios del universo. No necesita apelar a fuerzas extra-ordinarias ni al dogma para saber como funciona la maquinaria cósmica. Y es ya sintomático de una nueva era que Copérnico llame “máquina” al universo. Pero algo más: los descubrimientos copernicanos se basan en una metodología realmente simple: interpretar los fenómenos desde la perspectiva del espectador (lo que hoy puede sonarnos demasiado obvio). Y ese espectador que escudriña la lógica misma del universo con su sola razón, es el hombre.

 

 

 

 

 Y Copérnico va más allá, afirmando sorprendentemente los siguiente: “[…] la máquina del Universo, que fue creada para nosotros por el óptimo y regulador Artífice […]” [4]. Y he aquí entonces al supersujeto de la modernidad: el hombre dueño del universo, dueño de todas las cosas, capaz de abarcarlas todas con el poder de su pensamiento. Éste es el hombre del giro copernicano. Blaise Pascal se atreve a decir más tarde, ya en plena modernidad:

 

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