El liberalismo implicado en el individualismo spenceriano, persigue también en lo económico la aplicación de la ley del mejor adaptado. Fomenta la competencia individual. El desarrollo y progreso de las sociedades depende de una libre competencia entre sus miembros, y hasta de una abierta oposición y lucha entre ellos, que naturalmente llevará a la supervivencia del mejor adaptado. A diferencia de Comte, la lucha y no la paz, son el factor del progreso.
El positivismo mexicano:
Situación histórica y características primordiales
Según Leopoldo Zea[13], el positivismo mexicano puede dividirse en tres etapas: orígenes, desarrollo y crisis. Ignacio Sosa[14] hace también una división parecida. Podemos darnos cuenta, a través de los escritos de los positivistas de cada etapa, que cada una de éstas introduce, a la par de las nuevas circunstancias, elementos teóricos diferentes cada vez. Pero a pesar de las diferencias, que por cierto algunas veces son de importante magnitud, existen ciertas características que dan forma al movimiento y persisten en él como sus constantes.
Pero quizá podríamos subdividir las tres etapas del movimiento señaladas más arriba, en dos más: la primera sería la correspondiente al decenio 1867-1877, en que Benito Juárez y Sebastián Lerdo de Tejada se sucedieron en la presidencia; la segunda correspondería a los treinta y cuatro años que Profirió Días se mantuvo en el poder. [15] Este periodo abarca de 1877, año en que Porfirio Díaz, al grito de no reelección (cosa irónica) derroca a Lerdo de Tejada, hasta 1911, año en que Díaz es depuesto por la nueva clase revolucionaria.
La primera etapa correspondería al positivismo comtiano traído a México por Gabino Barreda, quien en Francia recibió lecciones directamente del propio Comte. En esta primera fase la influencia del liberalismo de Mora se deja sentir con mucha fuerza, aunque en algunos puntos es modificado por el mismo positivismo de Barreda[16].
El positivismo mexicano se caracterizó siempre por la búsqueda de un orden en el que prevaleciera la paz y la salvaguarda de la sociabilidad, y en el que pudiera por fin despuntar el progreso del país. Además, el positivismo mexicano estuvo influido hasta su última etapa (el porfiriato), por ideas de corte liberal, cuya doctrina tuvo en México a grandes exponentes, siendo el más paradigmático José María Luis Mora. De hecho, las ideas liberales que acompañaron a las fuerzas independentistas y anti-imperialistas hasta el triunfo juarista de 1867, dejan sentir su influencia aún más durante la última etapa del positivismo mexicano, (los positivistas científicos), aunque el liberalismo que ellos defendían estaba ya más influido por Spencer que por José M. Luis Mora.
Todos creyeron firmemente en la idea de progreso moral, intelectual y político, y en la legaliformidad de la historia humana, escenario del progreso. Creyeron que la historia se regía por leyes, que cada etapa era necesaria como necesaria era la superación de fases pasadas, que no debían volver a repetirse. Pensaban también que México era parte del curso de la historia universal, y que debía mantenerse en el flujo de los tiempos que corrían, sin dejar por un momento de seguir avanzando por el mismo camino que lo hacían las naciones más desarrolladas. Estados Unidos y países europeos como Francia, eran el ejemplo a seguir. Es importante señalar también la influencia cientificista y materialista que se dejó sentir en casi todos los pensadores positivistas mexicanos.
Además, el positivismo mexicano, teniendo siempre una decisiva injerencia en los programas y proyectos sociales y políticos de la época, se caracterizó por su constante preocupación en lo concerniente al problema educativo. Creían, enseñados por Gabino Barreda, que la educación positiva, una educación independiente de las supercherías retrógradas de la Iglesia católica y cimentada en los principios de las ciencias positivas y su método, era el fundamento necesario de un proyecto de nación que deseaba salir del atraso histórico en que lo habían mantenido siglos de dominación bajo las fuerzas regresivas del conservadurismo.








