Por otro lado, Danto cuestiona la función de la obra de arte dentro del museo, poniendo al tanto las veces que se hace posible y las que no. Sin lugar a dudas, hay museos que son concebidos como obras maestras de la arquitectura, ya sea por su forma o por la tecnología usada, y que por ello, por su historia o por su difusión publicitaria, se ven como templos del arte, pero eso no le impone el carácter de obra de arte al edificio, pues antes que eso, una carga estética importante, está la función a la que se debe como edificación museística. La obra de arte se crea con un objetivo estético y artístico que se asemeja al del museo como obra arquitectónica en tanto su especificidad escultórica, pero distan en sus usos. Probablemente esto pasa por una tradición historiográfica donde la dimensión estética del objeto supedita a las otras dos en su estudio. Sucede lo mismo con las catedrales que son un prodigio estético y arquitectónico, pero no siempre contexto histórico- sujetan a ello su función religiosa. Las catedrales góticas hacían de la experiencia estética una puerta para la experiencia religiosa que, al final, se confundían y se guardaban en el individuo arrebatado como experiencia mística.
Al principio del texto los museos y las multitudes sedientas, Danto hace referencia a la obra de arte como impulsora de ciertas experiencias ensalzantes del arte, pero además utiliza al museo para este fin como contenedor de esas experiencias, aunque también lo propone como un modelo muy pobre para una vida feliz[2]. De alguna manera le otorga el beneficio de la obra maestra al museo de arte porque en ellos se encuentran dichas obras, son su hogar y su modo de vida- antes que su resguardo.








