ALFONSINA URANGA ENSEÑANDO LITERATURA
Por: Melba J. Rivera[1]
¿Qué estudiar? ¿Por qué?
Cuando Alfonsina Uranga terminó secundaria se le presentó el problema de elegir el rumbo de su formación profesional. Ella creía que iba a ser psicóloga, antropóloga o periodista. Después de muchas dudas, ver posibilidades y escuchar recomendaciones de primas, maestras y amigas, decidió estudiar para maestra.
No recuerda exactamente la razón, quizás porque cuando se es niño o adolescente se quiere imitar al maestro o maestra, quien de alguna manera expresa una imagen de libertad, seguridad y cierta alegría de vivir comentó en alguna ocasión, sin dejar de recordar a la maestra Ondina Suárez, quien la “obligaba” a hablar en público o a cantar.
Alfonsina tenía que resolver un problema que nadie sospechaba: su extremada timidez. Generalmente, en cada inicio de año escolar o en cualquier fecha importante del calendario cívico, era seleccionada para dar las palabras de bienvenida al nuevo ciclo escolar o para conducir el evento, ya fuera el Día del Maestro, Día de la Madre o del Estudiante.
Decidió estudiar “magisterio” para ser profesora de primaria. Sus alumnitos serían un magnífico público. En aquel tiempo, en su país, se cursaba la carrera de magisterio en cuatro años, una vez terminada la secundaria.
Se ilusionaba con la idea de que esta decisión la ayudaría a vencer la timidez al hablar en público. Disfrutó muchísimo su último año de práctica docente asignada a quinto y sexto grados, pero no tuvo oportunidad de ejercer en la escuela primaria, pues inmediatamente se fue a la capital de su país, a estudiar Literatura en Escuela Superior del Profesorado, único lugar, en ese momento, dedicado a la investigación y formación de maestros en lo relacionado con las letras.
La Normal Superior: experiencia estudiantil
En su primer año de estudios superiores, llevó un curso de Literatura Hispanoamericana con el doctor Enrique Mejía, recién egresado de la Sorbona de París y, entre los textos leídos, recordaba El Popol Vuh, los Diarios de Navegación de Cristóbal Colón, las Cartas de Relación de Hernán Cortés, La Verdadera Historia de la Conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo y la Araucana de Alonso de Ercilla.
Alfonsina no entendía por qué iniciaba un curso de literatura con textos sobre las creencias de los indígenas guatemaltecos, y con relatos de hechos de la conquista española. Ella imaginaba la literatura más orientada al estudio de la poesía y, sobre todo, de la poesía romántica, y tal vez enfocada un tanto, también, hacia historia de la literatura, porque de eso si sabía un poco. Entonces, ella tenía como 20 años.
Pronto se desencantó del curso y eso se manifestó en su necesidad de sentarse atrás, en la última fila y dormitar, mientras el maestro Mejía, buscaba en las páginas de un libro la parte que había subrayado para explicar la presencia de los mitos en la literatura prehispánica. Alguna vez, Alfonsina confesó a sus alumnos de Querétaro que el concepto de mito en la literatura se le había hecho muy difícil.
__No se imaginan ustedes- dijo__ cómo me costó comprenderlo. Creo que lo entendí unos años después, en una segunda o tercera leída de Pedro Páramo, El Llano en Llamas, y más, al vivir aquí, en México, en el Bajío y observar la cultura mexicana.








