
BOGOTÁ D. C., 10 de febrero de 2020 — Agencia de Noticias UN-
Con dicha herramienta, José Miguel Gómez Moreno, magíster en Ciencia y Tecnología de Alimentos de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), pretende aportar al desarrollo de un sistema de empaque que aumente la vida útil de la piña (Ananas comosus) y evitar que se pierda cuando no se puede comercializar.
“Las principales ventajas de este modelo para el sector productivo es que le daría una idea de cuánto va a durar la piña en unas condiciones de almacenamiento específicas”, explica el magíster. Esto es muy valioso desde el punto de vista logístico, porque se tendrá la seguridad de que si el producto se mantiene según lo establecido en el modelo, va a durar un tiempo determinado.
En la actualidad, los productos mínimamente procesados –es decir que han recibido intervenciones pequeñas, como pelado y corte en rodajas– se empacan y su vida útil se calcula de manera empírica por la experiencia de productores y comercializadores.
Para conseguir una medida más precisa, el investigador Gómez se decidió por la piña en rodajas, debido a su comodidad para el consumo y porque es una presentación que afecta en menor medida la calidad de la fruta. Además definió como empaque bandejas cubiertas con diferentes películas, entre ellas una de ácido poliláctico, un plástico biodegradable.
Después se hizo una etapa experimental en la que se obtuvieron variables de respiración y transpiración de las rodajas de piña en función de la temperatura, la humedad relativa y la configuración geométrica; su comportamiento y tiempos de vida útil según diferentes condiciones de empaque.
Para ajustar experimentalmente los modelos adecuados para la respiración y la transpiración, la piña se almacenó en rebanadas de tres tipos de configuración: media rodaja con 1 cm de espesor, una rodaja completa con 1 cm de espesor y una rodaja completa con 2 cm de espesor a diferentes temperaturas y humedad.
Después las rodajas completas de piña mínimamente procesada con 1 cm de espesor se almacenaron a diferentes temperaturas y concentraciones de gases para determinar los cambios de firmeza, color y otras propiedades físico-químicas a lo largo del tiempo de almacenamiento, con el objetivo de representar la vida útil en función de dichas variables partir de estas propiedades de calidad.
Los datos experimentales sirvieron para diseñar y ajustar el modelo, en el que los productores pueden ingresar las condiciones de almacenamiento que empleen (temperatura, humedad relativa, tipo de empaque, cantidad de rodajas) y obtienen el tiempo de vida útil específico para ese escenario.
La efectividad de esta herramienta se mide al calcular qué tanto se ajusta a las condiciones reales de la piña a través del “coeficiente de determinación”, que va en una escala de 0 a 0,99, siendo este último el mejor resultado.
El coeficiente más bajo calculado durante el estudio fue de 0,83, “lo que dentro de las condiciones de almacenamiento y empaque que trabajamos muestra que puede ser usado para diferentes predicciones”, asegura el investigador.
Producto apetecido
La piña es una de las frutas tropicales más apreciadas en el mundo por su sabor, aroma, jugosidad y textura, y por su excelente contenido nutricional.
Aunque Colombia es uno de los 10 países que más produce esta fruta en todo el mundo, exporta menos del 1 % de la producción nacional, y el 95 % son productos frescos, según la Red de Información y Comunicación del Sector Agropecuario de Colombia, del Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural.
Es por eso que el desarrollo de nuevas tecnologías de envasado y almacenamiento para comercializar esta fruta –manteniendo o aumentando su vida útil y propiedades de calidad– aumentarían las ganancias económicas para los productores que viven de este cultivo.
Fuente: agenciadenoticias.unal.edu.co

BOGOTÁ D. C., 07 de febrero de 2020 — Agencia de Noticias UN-
Las pruebas en ratones y otros animales pequeños como los conejos son un primer paso antes de escalar las pruebas a animales más grandes y cercanos a los humanos, como los monos.
Dichas pruebas forman parte del trabajo que adelantan los investigadores de la Fundación Instituto de Inmunología de Colombia (Fidic) que dirige el doctor Manuel Elkin Patarroyo, desde donde se ha propuesto una metodología para diseñar una vacuna químicamente sintetizada contra el parásito Plasmodium falciparum, uno de los causantes de esta enfermedad.
La metodología se basa en identificar secuencias peptídicas derivadas de proteínas del parásito involucradas en interacciones entre el paciente (hospedero) y el patógeno, que son importantes para la infección. A partir de ahí se encontró que los péptidos que se unen a las células hospederas (glóbulos rojos y hepatocitos) cuyas secuencias son conservadas, no son inmunogénicas en monos Aotus, es decir que no generan una respuesta en el sistema inmunitario.
Sin embargo, se encontró que la cuidadosa modificación de algunos residuos de la secuencia de los péptidos conservados induce cambios en sus estructuras, las cuales permiten un mejor reconocimiento por las moléculas del sistema inmune y una respuesta eficiente contra el patógeno. Fue así como se seleccionaron los 23 péptidos en los que trabajó Jennifer Juliet Lambraño López, magíster en Bioquímica de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), para evaluar su toxicidad, con la coordinación de los profesores Hernando Curtidor y Carlos Arturo Guerrero.
“Queríamos ver si además de generar algún tipo de toxicidad también se producía alguna memoria inmunológica en el ratón, es decir si se generaban anticuerpos contra ese grupo de péptidos”, comenta la magíster, y resalta que esta vacuna para prevenir la malaria ha mostrado una alta efectividad en los monos Aotus, el modelo más cercano al humano en el que se han realizado pruebas.
Tres grupos de prueba
Con los péptidos sintetizados por el Grupo Funcional de Síntesis Química de la Fidic, la investigadora Lambraño realizó pruebas con tres grupos de ratones conformados de manera aleatoria: uno de control, otro tratado con la mezcla más un coadyuvante (componente que facilita el proceso) y un último tratado con el conjunto de péptidos solos.
El primer paso fue evaluar la toxicidad local en los grupos de ratones que fueron inoculados con la mezcla, es decir, si la vacuna generaba alguna respuesta en la piel, como irritación e inflamación; el segundo consistió en una prueba a nivel sistémico, para lo que se midieron –en diferentes tiempos– aspectos como la temperatura corporal, el peso y el consumo de alimento.
Después los animales se sacrificaron para hacer un control de los cambios que la mezcla hubiera podido ocasionar en los órganos, en comparación con los ratones del grupo control, que no fueron tratados.
Se encontró que la inmunización de una dosis o de dosis repetidas de la mezcla de 23 péptidos modificados es segura, ya que no produjo reacciones tóxicas a nivel local ni sistémico. Además ninguno de los ratones tratados presentó cambios en su comportamiento ni en actividades como el consumo de alimento, el peso y la temperatura.
“También se determinó que la mezcla de estos péptidos no genera en los ratones altas cantidades de anticuerpos, debido a que la cepa utilizada es la que da malaria en humanos y no en estos roedores”, manifiesta la investigadora.
Estos resultados sugieren que la mezcla de péptidos puede ser una candidata segura para probarla en la siguiente etapa del desarrollo de una vacuna contra malaria: toxicidad local, inmunogenicidad y protección en modelo primate no humano.
Según el informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre malaria de 2018, se estima que en 2017 se presentaron 219 millones de casos, la mayoría ocasionados por el parásito Plasmodium falciparum, que cobraron la vida de más de 400.000 personas, especialmente en África.
A pesar de los grandes esfuerzos por desarrollar mejores métodos de prevención (como una vacuna altamente efectiva), diagnóstico y tratamiento de la malaria, hasta ahora no se cuenta con una solución eficiente.
Fuente: agenciadenoticias.unal.edu.co

06 de febrero de 2020
Un equipo internacional de científicos, entre los que destaca Rafael Navarro González, investigador de la UNAM, reveló por primera vez información sobre el ciclo del carbono orgánico en Marte, elemento clave para la vida como la conocemos en la Tierra.
Sus fuentes, explicó el investigador del Instituto de Ciencias Nucleares (ICN) y colaborador de la NASA, pueden ser internas y externas: el carbono orgánico puede ser llevado al planeta rojo por meteoritos, cometas o partículas interplanetarias, pero también se puede formar en la atmósfera y el subsuelo marcianos.
El hallazgo fue publicado recientemente en la revista Nature Astronomy.
Carbono, imprescindible para la vida
En la Tierra el ciclo del carbono es imprescindible. “Tiene diversos orígenes y sin él la vida en nuestro planeta no existiría”, resaltó el científico universitario.
Desde su llegada al cráter Gale, en Marte (agosto del 2012), el robot explorador Curiosity ha buscado evidencias de vida en el pasado del planeta rojo, y para ese objetivo encontrar compuestos orgánicos es un punto clave.
Dentro del robot está el Sample Analysis at Mars (SAM), el equipo científico que analiza el entorno para detectar el origen y ciclo de elementos que pudieron ser la base de una antigua biosfera marciana, pues “hace tres mil millones de años su clima pudo ser más compatible con la vida como la conocemos”, explicó Navarro.
“Poco tiempo después de la formación del cráter Gale por la caída de un asteroide, se formó un lago con actividad hidrotermal por cientos de miles de años, cuya energía fue alimentada por el impacto. El lago pudo haber tenido condiciones favorables para el florecimiento de la vida”.
Hace poco se reveló que la concentración de gases atmosféricos en Marte, como metano y oxígeno, oscila con los cambios estacionales del planeta por mecanismos desconocidos; ahora, este nuevo estudio se relaciona con el análisis directo de rocas y arenas del suelo marciano, brindando por primera vez información acerca del ciclo del carbono en otro planeta. “Los experimentos realizados por SAM fueron desarrollados en los últimos cinco años de trabajo”, especificó.
Para esta tarea, Curiosity sube al monte Sharp (una montaña de cinco kilómetros de altura dentro del cráter Gale) y pulveriza pequeños fragmentos de roca o suelo de tres mil millones de años de antigüedad; posteriormente, SAM los calienta y vaporiza para revelar su contenido.
El análisis de dióxido de carbono realizado por SAM durante su ascenso por la montaña Sharp muestra una gran variación isotópica en las rocas analizadas, lo que implica que el ciclo de carbono es complejo, habiendo múltiples fuentes que contribuyeron a su formación, puntualizó.
Los análisis isotópicos sugieren que el carbono pudo ser aportado por compuestos orgánicos llevados por cometas, meteoritos o polvo interestelar; por la emanación de gases volcánicos e hidrotermales, como metano, monóxido y dióxido carbono; y finalmente por la síntesis de compuestos en la atmósfera, inducida por radiación solar y relámpagos. “Gran parte de la materia orgánica se oxido a dióxido de carbono, que se perdió en el espacio exterior debido a la baja gravedad del planeta, o se convirtió en rocas carbonatadas”.
Los estudios realizados proporcionan información sobre el origen de los compuestos orgánicos, y probablemente nos brindarán más datos sobre el clima marciano, dijo el también colaborador de la misión ExoMars, de la Agencia Espacial Europea.
El trabajo de Navarro con la NASA continuará para buscar nuevos compuestos orgánicos, indagar por qué varían las concentraciones de metano y oxígeno en ese planeta, además de realizar nuevos experimentos mediante la llamada “química húmeda”, que consiste en hacer reaccionar el polvo marciano con reactivos químicos en pequeños vasos que funcionan como hornos y permiten detectar de forma sencilla moléculas básicas para la vida pasada, como los aminoácidos.
Boletín UNAM-DGCS-092/2020

07 de febrero de 2020
Concebida desde su origen como una revista con un diseño sugestivo y moderno, la cual desde 1998 plasma entre sus páginas textos punzantes, lúcidos e incómodos de toda la pléyade de escritores, poetas, filósofos y creadores consagrados de la ciencia, las artes y la literatura: Platón, Newton, Sor Juana Inés de la Cruz, Mark Twain, Víctor Hugo, Julio Verne, Milán Kundera, Simone de Beauvoir, Virginia Woolf, Juan José Arreola, Jorge Luis Borges; así como de autores contemporáneos: Siri Hustvedt, Steven Pinker, Ian Stewart, Salman Rushdie o Janet Malcolm, Leer en Bicicleta rebasa las dos décadas de ser uno de los más importantes proyectos de animación a la lectura y creación de lectores, editado por la BUAP.
En la víspera de la publicación del número 100, segunda época, su creador y director, Hugo Diego, conversa acerca de sus motivaciones y de esa añeja inquietud por darle acceso a las nuevas generaciones al pensamiento y las palabras de los más brillantes pensadores y escritores de todos los tiempos.
¿Cómo nace Leer en Bicicleta?
HD: En los años 90 del siglo pasado fui un lector asiduo en la Biblioteca Lafragua. Como se sabe, en ese lugar se resguardan los libros más antiguos y valiosos de nuestra universidad. Muchos años antes, cuando estudié la preparatoria en el tercer patio del Carolino, caminaba por el mismo edificio sin saber que detrás de esos muros existía un asombroso mundo de libros raros y curiosos. En mi juventud pasé cientos de veces frente a las ventanas de la Biblioteca Lafragua, sin sospechar de la fascinante acumulación de historias y saberes que reposaban en sus pasillos. Tan cerca y tan lejos. Fue precisamente esa distancia evidente entre mi corta curiosidad juvenil y los libros clásicos y fundamentales, la que me llevó a pensar en una revista que mostrara, así fuera fragmentariamente, páginas destacadas de libros de filosofía, arte, ciencia, historia, arquitectura o medicina. Imaginé una revista de tamaño incómodo, que sobresaliera de los folders y cuadernos tamaño carta, con un diseño sugestivo, moderno. Y con unos textos que, por así decirlo, también fueran incómodos, punzantes, lúcidos.
Pienso que es algo que a muchos lectores nos ha pasado. En el momento en que regresamos a un libro que nos ha dejado huella encontramos más de una página subrayada que nos gustaría compartir. Y eso es lo que intenté hacer: compartir mi experiencia como lector, sobre todo, con los y las estudiantes más jóvenes de nuestra universidad.
Usted es el creador del proyecto. ¿Quiénes más han colaborado o colaboran en Leer en Bicicleta?
HD: Decía que un aspecto importante de Leer en Bicicleta es el diseño. Y aquí todo el mérito es de mi amigo Armando Hatzacorsian. Él es un artista del diseño, además de un gran lector. El número cero de la revista se publicó en agosto de 1998. Hace 22 años. Si se revisan las publicaciones universitarias de esa época dirigidas a los estudiantes se verá con mayor claridad la singularidad de la propuesta que hicimos en aquel momento. El proyecto lo presenté a diferentes dependencias universitarias y fue gracias al apoyo del maestro Ricardo Moreno Botello, quien en aquella época era vicerrector de Docencia, que la revista fue más allá del número piloto. También tengo que reconocer el apoyo en los años recientes del maestro José Carlos Bernal Suárez, actual vicerrector de Extensión y Difusión de la Cultura de la BUAP.
El concepto, diseño y edición de Leer en Bicicleta ha sido fundamentalmente una labor de dos personas. Armando Hatzacorsian y yo. Desafortunadamente, por cuestiones de salud, la participación de Armando ha menguado el último año, pero continúa asesorando eficazmente a Adriana Diego Rodríguez, quien actualmente se encarga del diseño.
Leer en bicicleta ha tenido dos épocas. La primera fue de agosto de 1998 a octubre de 2002. Publicamos 22 números. La segunda época va de septiembre de 2010 a la fecha. El mes de febrero publicamos el número 100 de esta segunda época. Sumando los dos periodos tenemos 122 números de Leer en Bicicleta. Dos épocas que comparten contenido, diseño y las mismas intenciones.
¿Cómo se realiza la selección de los textos?
HD: Leer en Bicicleta es una revista de libros. No es una revista de literatura, tampoco una revista de ciencias ni de arte, aunque se publiquen páginas escritas por científicos y artistas. La intención es compartir textos escritos hace mil años o publicados el mes pasado. “Nada humano me es ajeno” escribió Terencio. Pretendemos seguir sus pasos. Publicamos textos que hagan más preguntas que respuestas. Decía Octavio Paz que los grandes libros — es decir: los libros necesarios— “son aquellos que logran responder a las preguntas que, oscuramente y sin formularlas del todo, se hace el resto de los hombres. El universo de conocimientos que se encuentran en los libros es tan amplio que, necesariamente, esa diversidad se ve reflejada en propuesta de lectura que hace Leer en Bicicleta.
¿Es cierto que el nivel de la lectura en México es pobre? ¿Es igual en Puebla?
HD: Es una preocupación compartida por escritores, científicos, editores, libreros, bibliotecarios. Pienso que lo importante no es la cantidad sino la calidad de la lectura. Si recordamos que Gutenberg publicó solo algo más de 30 ejemplares de su famoso libro incunable y observamos el vastísimo mundo del libro contemporáneo, creo que estaremos de acuerdo que la democratización de la lectura en los siglos recientes ha ampliado los márgenes de la cultura del libro y multiplicado benévolamente el universo de lectores. Es cierto que cada generación se enfrenta a nuevas interrogantes que incumben a los hábitos de lectura. Y es ahí en donde nosotros, como universitarios, tenemos la responsabilidad de intervenir.
En la víspera del número 100, de la segunda época, ¿considera que ha cumplido la misión de acercar a los jóvenes a la lectura?
HD: Quienes eran jóvenes estudiantes cuando aparecieron los primeros números de Leer en Bicicleta ahora son profesionistas. Cada vez que veo a estudiantes de nuevo ingreso con un ejemplar de la revista sé que la tarea de animación a la lectura debe continuar. Cada generación tiene la oportunidad de conocer a Platón, Confucio o Newton. Al invitarlos a conversar con esos pensadores abstractos, estamos invitando a nuestros estudiantes a conocer y conquistar otro mundo diferente al de la, muchas veces penosa, cotidianidad. Cada página es una invitación a dignificar la conversación pública y privada, a enriquecer lo que les decimos a los demás y lo que nos decimos a nosotros mismos.
Hugo Diego nació en Puebla en 1959. Cursó la preparatoria en la escuela Emiliano Zapata de la BUAP y estudió Sociología en la Universidad Autónoma Metropolitana, en la Ciudad de México. Es lector de tiempo completo. Pertenece al Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego”. Algunos de sus libros son Las esferas de la paciencia (Vuelta, México, 1992), Tinta China (Heliópolis, México, 1995), El Trabajo y las almas (CNCA, México, 1996), Tierra de Nadie (Buap-Fonca, 2000), La muralla (Ediciones de Educación y Cultura, Puebla, 2006), y Lafragua, viaje al interior de la biblioteca (Ediciones de Educación y Cultura Puebla-BUAP, 2008), entre otros. También fue colaborador frecuente en la Revista Vuelta que dirigía Octavio Paz, de la Gaceta del FCE, y de la revista Paréntesis, así como de otras publicaciones periódicas. Ha sido editor de diccionarios y diversas antologías. Desde 1998 es director de la revista Leer en Bicicleta que mensualmente publica la BUAP.
Fuente: buap.mx

BOGOTÁ D. C., 06 de febrero de 2020 — Agencia de Noticias UN-
Estos son algunos de los hallazgos de Alejandra Buesaquillo Sanabria, magíster en Ciencias - Química de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), quien adelantó una revisión bibliográfica de la cual recopiló información sobre los efectos benéficos de la guatila en la salud, los cuales se han identificado por medio de estudios en modelos con líneas celulares humanas y animales, y su relación con los fenoles y la fibra dietaria.
Con este fruto se preparan guisos, arequipes, jugos y sopas en todo el mundo, y ha despertado el interés de los investigadores por su relación entre el consumo y la prevención de enfermedades, dada su capacidad para regular los niveles de glucosa y triglicéridos en la sangre, entre otros atributos.
Científicamente se conoce como Sechium edule a la planta trepadora que produce este fruto, la cual se caracteriza por tener hojas anchas, una flor unisexual y una sola semilla, y cuyo cultivo está ampliamente difundido en América, Europa, Asia y Oceanía, donde se utiliza para alimentación humana y animal.
La investigadora Buesaquillo, con la dirección del profesor Carlos Eduardo Narváez Cuenca, del Departamento de Química, pretendía establecer si existe evidencia científica que sustente estos resultados, una búsqueda en la que encontró que estos se deben a la presencia en la guatila de compuestos fenólicos y fibra dietaria.
“Los estudios sobre los fenoles se hicieron con extractos a partir de hojas, tallos, fruto y raíces, en los que se encontraron ácidos hidroxibenzoicos e hidroxicinámicos, flavonoides y estilbenos”, explica la magíster, y añade que para sorpresa del Grupo de Investigación en Química de Alimentos, al que pertenece, estos compuestos poseen un alto peso molecular que interviene en algunas rutas metabólicas.
También documentó que el extracto de guatila mejora patologías como la diabetes, la hipertensión y los niveles de glucosa y triglicéridos, además del cáncer cervical y la leucemia, dos enfermedades cuyo tratamiento con este fruto es poco conocido, según la investigadora.
Por otro lado, los estudios sobre la fibra dietaria de la guatila también registraron que esta tuvo efectos positivos en la salud, pues se encontró que tiene componentes como pectina (ácido galacturónico, arabinosa, galactosa, ramnosa) y hemicelulosa (xilosa, manosa, ácido glucorónico, galactosa y glucosa).
Estas sustancias ayudaron a regular el peso corporal, a mejorar la digestión de los animales y mostraron efectos en las células al regular los lípidos, aunque los estudios en este aspecto fueron más escasos.
Tendencia saludable
Los compuestos encontrados en la guatila forman parte de una tendencia mundial enfocada hacia la alimentación sana en la que se busca aumentar el consumo de estas sustancias vegetales para favorecerse de sus propiedades y prevenir enfermedades, lo que impulsaría el consumo de este fruto en Colombia y en el mundo.
Por eso, en la investigación también se correlacionaron los resultados de experimentos realizados en animales y células humanas con compuestos fenólicos y fibra dietaria pura, con los obtenidos con la guatila.
Este análisis se hizo con base en parámetros como la concentración de los compuestos fenólicos y la participación en la regulación de algunas proteínas y enzimas presentes en el metabolismo.
Sin embargo, se sugiere continuar los estudios de este tubérculo y la biodisponibilidad de la fibra dietaria y los compuestos fenólicos, además de identificar qué otros nutrientes están presentes y pueden resultar favorables para el consumo.
Fuente: agenciadenoticias.unal.edu.co