
Algunos de estos copépodos miden un poco más de 1 mm y habitan tanto en el agua dulce como en el mar y se pueden encontrar desde las zonas costeras hasta las grandes profundidades del océano.
Sus múltiples características ecológicas les permiten vivir cerca de la desembocadura de los ríos, por lo que pueden soportar la baja salinidad del agua, mientras que otros habitan las grandes profundidades del mar desarrollando modificaciones morfológicas que les permiten realizar largas migraciones verticales en busca de alimento y refugio.

Además, este grupo de organismos juega un importante papel en el medioambiente, ya que son la principal fuente de alimento de peces, cangrejos, moluscos e incluso arrecifes de coral, de modo que aún en las épocas de mayor escasez, los copépodos garantizan la alimentación, supervivencia y estabilidad de importantes ecosistemas marinos.
Así lo describe en su investigación el biólogo marino Fernando Dorado Roncancio, magíster en Ciencias – Biología del Instituto de Estudios en Ciencias del Mar (Cecimar) de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) e investigador científico del Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras José Benito Vives de Andréis (Invemar).
Entre 2013 y 2018 se realizaron siete expediciones oceanográficas, enmarcadas en los proyectos de exploración de línea base ambiental marina entre la Agencia Nacional de Hidrocarburos (ANH) y el Invemar, en las que se colectaron datos oceanográficos y 140 muestras de zooplancton en cuatro rangos de profundidad, entre los 0 y 1.000 m.
Junto a una revisión sistemática de investigaciones previas, la información recolectada sirvió para determinar la distribución vertical y horizontal de estas especies en el océano del Caribe colombiano.
El proyecto vinculó a un equipo técnico integrado por profesionales de varias disciplinas, como biólogos marinos, oceanógrafos, geólogos, físicos e ingenieros pesqueros, entre otros, quienes analizaron de manera integral el “ecosistema costa afuera” del Caribe colombiano, con el fin de crear la línea base de conocimiento ambiental de dicho ecosistema.
“Estos nuevos 33 registros, que incrementan en un 15,52 % el conocimiento de la biodiversidad de este grupo, permiten conocer mejor cómo se comporta la estructura de la comunidad de copépodos que habita el ecosistema. Además aportan al conocimiento de la biodiversidad de este grupo, lo que abre una puerta a otras investigaciones y demuestra que con un monitoreo constante podemos encontrar mayor biodiversidad en ambientes poco explorados”, señala el investigador.
Aporte al ecosistema
Por ser tan pequeños, los copépodos se pueden agrupar en grandes cantidades, lo que permite encontrarlos de manera frecuente y abundante en el mar, pues en 1 m3 de agua se pueden encontrar hasta 3.000 individuos, capaces de alimentar a una gran cantidad de especies. Ellos se reproducen a gran velocidad, lo que los convierte en una fuente de alimento siempre disponible, brindándole al ecosistema una estabilidad a largo plazo.
“Un solo copépodo no hace la diferencia, pero cuando son miles vistos como materia orgánica viva para los peces de importancia comercial, se convierten en una cadena de valor económica importante que podría sustentar grandes economías, como ocurre en países como Chile o Perú, líderes en la producción pesquera de América Latina”, agrega el biólogo marino.
Por último, afirma que este estudio aporta información relevante sobre la riqueza, diversidad y densidad de individuos, como los copépodos, brindando información clave para describir los procesos ecológicos y las diferentes respuestas a los factores oceanográficos que los modulan en los ambientes costa afuera.

El investigador Frank Melo, del Departamento de Biología, quien trabajó en asocio con el Departamento de Salud Pública, ambos de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), explica que esta técnica consiste en usar cebos –o carnadas tóxicas– para matar a los mosquitos del género Anopheles infectados por el protozoo del género Plasmodium, que causa la malaria.
Agrega que “hasta ahora las principales intervenciones para detener la trasmisión radican en rociar las casas con insecticidas y tener mosquiteros tratados con insecticidas de larga duración”.
Entre 2000 y 2015 en África los mosquiteros presentaron una reducción de casos de malaria en un 68 % y el rociado del 10 %. Existen reportes de pérdida de efectividad porque los mosquitos ya no pican solo dentro de las casas, y además han surgido algunos resistentes a los insecticidas.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), en 2019 los casos de malaria en el mundo se estimaron en 229 millones y 409.000 muertes; la región africana es la más afectada con el 94 % de los casos.
Técnica emergente
Los mosquitos del género Anopheles pasan por cuarto estadios: huevos, larvas, pupa y adulto. Tras emerger de la pupa deben reponer sus reservas de energía para volar, aparearse, buscar hospederos para alimentarse de sangre, y criaderos; por lo general, lo hacen con soluciones azucaradas o néctar de las flores.
El investigador Melo explica que “los cebos tóxicos azucarados son una técnica emergente en la cual se aprovecha que los mosquitos buscan néctar para suministrarles una sustancia azucarada combinada con una toxina. Los cebos están compuestos por un fago estimulante (azúcar) una toxina estomacal (ácido bórico, ivermectina u otro) y un atrayente (jugo de fruta). En algunas investigaciones se ha usado la marca BaitStrab (que contiene activos antifúngicos y antimicrobianos) para alargar la vía útil del cebo”.
Actualmente existen dos maneras de distribuir el cebo: la más sencilla es rociar la fórmula del cebotóxio sobre la vegetación de exteriores, pero si llueve el compuesto se lava. Otro modo es la estación, cuya distribución es más versátil porque permite usar el cebo en interiores o exteriores, es de suministro continuo, reemplazable, recargable y fácil de monitorear; además para elaborarlo se usan materiales reciclados como botellas de plástico o toallas de papel.
Investigaciones actuales
El biólogo Melo indica que en las investigaciones en laboratorio se exponen los vectores, es decir los mosquitos, a diferentes toxinas para identificar la dosis letal o el momento en que el 50 % de estos mueren en jaulas entomológicas, y la mortalidad total a 24 horas usando diferentes concentraciones.
Con el ácido bórico, que es barato y fácil de conseguir, se encontró que con dosis del 2 % sobre el total del ATSB la mortalidad es del 100 % en 72 horas de exposición.
En África, donde se han construido chozas que simulan viviendas típicas, se constató que las especies de Anopheles consumían entre el 28 y el 68 % del ATSB con una mortalidad del 92 al 100 % de los que consumían los cebos, lo que corroboraría los resultados del laboratorio.
En cuanto a las investigaciones de campo, el investigador halló que en países como Israel y Mali se ha evaluado el cebo en condiciones reales y varios estudios muestran una reducción en la densidad y longevidad de las hembras en un 90 %.
Las hembras viejas se consideran las de mayor riesgo en la trasmisión de la malaria, ya que en el cuarto ciclo se empieza a observar el plasmodio (Plasmodium malariae, protozoario parásito que causa malaria).
“Un estudio en Mali de 2010 mostró que cuando se implementaron los cebos estas hembras se redujeron 37 al 6 %, y otro en Israel, de 2012, mostró una reducción del 30 al 1 %”, cuenta el biólogo Melo.
En países de la región se han revisado poco los cebotóxicos, por lo que su recomendación es ahondar en los estudios para evaluar el potencial de cebos como una medida de control complementaria.
Fuente: agenciadenoticias.unal.edu.co

Así lo explora un estudio de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), en desarrollo del análisis de las posibles aplicaciones que tendrían alimentos propios de la región de la Orinoquia, donde se produce este fruto endémico.
La investigadora Marly Bustamante Correa, del Programa Especial de Admisión y Movilidad Académica (Peama) de la UNAL Sede Orinoquia, explica que su trabajo se enmarca en el estudio de frutas endémicas de los Llanos colombo-venezolanos, como el madroño, anón silvestre, cemeruca y merecure.
Por las condiciones climáticas cálidas de la Orinoquia, el proyecto planteó fabricar un helado cremoso de anón silvestre y ponerlo a prueba en un supermercado de Arauca comparándolo con un helado similar de guanábana tradicional.
La guanábana de monte forma parte de la familia Annonaceae en la que se encuentran 2.300 especies a lo largo del trópico, algunas comestibles y populares como la guanábana, el anón o la chirimoya.
“Para esta familia ya se han reportado sustancias con propiedades antioxidantes y antibacterianas, por lo que conocerlas es importante para posibles usos”, indica la investigadora Bustamante.
Como parte del estudio “Obtención de aceites y extractos etanólicos de plantas de la granja experimental El Cairo, ensayo de actividad antioxidante y obtención de un producto alimentario de guanábana de monte (Annona montana)”, los investigadores recolectaron muestras del anón silvestre de la finca que se encuentra en la UNAL Sede Orinoquia y obtuvieron los extractos con una técnica conocida como “extracción de sólido a líquido” usando etanol con una concentración del 70 %.
“Para saber si teníamos los extractos medimos la actividad antioxidante, específicamente el radical DPPH (abreviatura común para el compuesto químico orgánico 2,2-difenil-1-picrylhydrazyl) en cromatografía de capa delgada (CCD), lo que nos daba una idea de si había presencia de antioxidantes en cada parte de la planta y si potencialmente lo podíamos usar”, explica la investigadora.
Como encontraron compuestos antioxidantes en las semillas, hojas, pulpa y cáscara del anón silvestre siguieron con la elaboración del producto alimenticio.
A prueba en Arauca
“Para la degustación tuvimos 60 encuestados, quienes calificaban de 1 a 5 características como olor, color y sabor; frente a la guanábana tradicional la calificación es más constante, tal vez por la familiaridad con el producto, mientras que con la guanábana de monte los datos son dispersos, es decir que la calificación es variable; 62 % de los encuestados sí compraría el helado, y el 82 % lo usaría en otras preparaciones” comenta la investigadora.
Otro dato de la prueba es que mientras el 97 % de las personas reconoció el helado de guanábana tradicional, en el caso del producto de la investigación encontraron respuestas tan variadas como que era de banano, de cambur, de guanábana y de piña, entre otras frutas. El 73 % de los encuestados no conocía los usos de la guanábana de monte y el 47 % no la distinguía en fotos.
Por último, la investigadora dice que el paso a seguir es obtener los valores de rendimiento de cada extracto, seguir con el estudio de actividad antioxidante de cada extracto y someterlos a ensayos de bioactividad.
Además, indica que el potencial de la región en el aprovechamiento de variedades vegetales es enorme y es necesario darle reconocimiento a las plantas endémicas y nativas para no desaprovechar sus propiedades, por desconocimiento.

Los biofertilizantes están compuestos de bacterias que facilitan la adquisición de nutrientes para las plantas y son una alternativa ante el daño ambiental que causan los abonos químicos en los suelos. Esta opción sustentable ha sido estudiada por investigadores de la Facultad de Ciencias Químicas de la BUAP, quienes desarrollaron uno basado en bio-nanomateriales compuestos por bacterias fijadoras de nitrógeno e inmovilizadas en arcilla hidrotalcita que permiten acelerar el crecimiento de las plantas en más de 50 por ciento, así como la recuperación de suelos.
Este trabajo, realizado por los doctores Geolar Fetter, responsable del Laboratorio de Biomateriales; Franchescoli Didier Velázquez Herrera y Marta Lobo Sánchez, del Laboratorio de Microbiología, ha permitido ingresar una solicitud de patente ante el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI).
Su innovación consiste en sintetizar arcillas poco comunes en la naturaleza, a las cuales les fijan bacterias para formar biomateriales que son liberados en los suelos para cumplir con la función de convertir el nitrógeno que existe en el aire en nitrógeno orgánico, para que este favorezca el crecimiento de las plantas, logrando reducir la acidificación del suelo y regulando su pH.
Al respecto, el doctor Geolar Fetter explicó que estas arcillas son básicamente un tipo de mineral que tiene cualidades básicas, es decir, no es ácido ni tóxico para los humanos y además es muy poroso, lo que sirve para contener o fijar a las bacterias. Esta porosidad presenta, además, cierta humedad que hace que los microorganismos se conserven mejor y por más tiempo.
“Se trata de un material similar a la leche de magnesia, pero en estado sólido, entonces al ser amigable con el medio ambiente, la idea fue que a partir de biomateriales que resultan de la unión de bacterias fijadoras de nitrógeno con nanopartículas de arcilla hidrotalcita, depositada en la superficie de sílice mesoporosa tipo SBA-15, se pudiera crear un biofertilizante”.
El magnesio, así como otros elementos que contienen, hacen que la bacteria pueda alimentarse y sobrevivir por días o meses, sobre todo si para su traslado estos biofertilizantes tienen que conservarse por periodos largos.
“Se buscó que la bacteria se mantuviera viva, teniendo en cuenta la manejabilidad de los materiales, estos fueron introducidos en perlas de alginato de calcio. Los biocompósitos así formados, actúan como reservatorios de las bacterias, permitiendo que se conserven en el interior, para posteriormente ser empleados en la recuperación de suelos pobres a través de la liberación controlada de bacterias o bio-fertilizantes”.
Los resultados
Los microorganismos empleados para este desarrollo fueron las bacterias del género Streptomyces y Saccharopolyspora, responsables de fijar nitrógeno del aire. Los parámetros de medición de la actividad fueron evaluados por la velocidad de crecimiento de plantas de lechuga, señaló el doctor Geolar Fetter.
Los primeros resultados mostraron que las bacterias estudiadas favorecieron enormemente el crecimiento de plantas de lechuga, comprobando su eficacia en la fijación de nitrógeno y producción de fertilizantes.
El doctor Fetter añadió que también hicieron pruebas con los materiales individuales (arcilla y sílice mesoporosa sin bacterias), pero los resultados reflejaron poca eficacidad como fertilizantes para este tipo de plantas. Sin embargo, cuando fueron conjugados con las bacterias la actividad aumentó considerablemente, sobre todo para los nanocompósitos.
“Se obtuvieron plantas de lechuga de 70 mm de longitud después de 14 días de contacto con estos compuestos, en comparación con los 30 mm que se observaron en las plantas tratadas con los materiales individuales”.
La arcilla hidrotalcita combinada con perlas de alginato de calcio liberó más rápidamente las bacterias, en comparación con una liberación retardada por parte de los biocompósitos.
“Se demostró que la velocidad de liberación de las bacterias fijadora de nitrógeno dependió del tipo de bacteria y de las interacciones de estas con los materiales y el alginato de calcio. Los compósitos proporcionaron una alta actividad, nutriendo y liberando rápidamente las bacterias, mientras que la arcilla hidrotalcita sola, pero aglutinada con alginato de calcio, resultó más activa que el compósito. Así, la disposición de la arcilla hidrotalcita en forma de nanopartículas depositadas sobre la sílice SBA-15, o sola, fue fundamental para la nutrición, crecimiento y movilidad de las bacterias”.
De esta forma, los bio-fertilizantes desarrollados por los investigadores de la BUAP, debido a que son materiales amigables ecológicamente y no tóxicos, pueden ser empleados en cualquier tipo de suelos, donde los bionanocompósitos actuarían como los mejores materiales, o bien, encontrar otras aplicaciones, entre estas, en cultivos hidropónicos en donde la arcilla hidrotalcita sería el material indicado para el crecimiento de plantas.

Científicos del Instituto Politécnico Nacional (IPN) proponen el potencial el uso de Vitamina D, Resveratrol, Metformina y Trehalosa para reducir las complicaciones por COVID-19, ya que tienen efecto en la activación de la autofagia (proceso de reciclaje celular que promueve los mecanismos de autorregulación del organismo), el cual está inhibido o es deficiente en personas con comorbilidades y podría ser fundamental en la patogenicidad de la infección, ya que coincide notablemente con la inflamación incontrolada que genera el SARS-CoV-2.
En ese contexto, el Secretario de Educación Pública, Esteban Moctezuma Barragán ha señalado que, con la colaboración de las instituciones de educación superior del país, se trabaja en la construcción de respuestas integrales que hagan frente a la emergencia sanitaria causada por el COVID-19.
Al respecto, la doctora Blanca Estela García Pérez, con 10 años de experiencia en el estudio de la autofagia y titular del proyecto -apoyado por el IPN y el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), destacó que en la revisión bibliográfica se enfatizaron las funciones antivirales y antiinflamatorias de la autofagia como un enfoque terapéutico plausible para restablecer el balance de la respuesta inmune en personas que padecen COVID-19.
La investigadora de la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas (ENCB) adscrita al Sistema Nacional de Investigadores (SNI) Nivel 2, precisó que los resultados de dicha revisión bibliográfica se publicaron recientemente en un artículo de la revista científica Cells, bajo el título “Taming the Autophagy as a Strategy for Treating COVID-19”, (https://www.mdpi.com/2073-4409/9/12/2679), en el que se plantea esta nueva estrategia de tratamiento con activadores de la autofagia.
La doctora en ciencias con especialidad en Inmunología destacó que en pacientes con COVID-19 y comorbilidades (diabetes, obesidad e hipertensión) las complicaciones por inflamación exacerbada ocurren en la tercera etapa de la infección y por ello en esa fase conviene activar la autofagia, previo estudio de laboratorio para buscar moléculas relacionadas con el índice de inflamación, entre ellas la proteína C reactiva.
Refirió que en la investigación contó con el apoyo de la experta en Virología de la ENCB, Ma. Isabel Salazar Sánchez, del especialista en Óptica no lineal de la Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica (ESIME) Unidad Zacatenco, Carlos Torres Torres, el estudiante del Doctorado en Inmunología en la ENCB, Juan Antonio González Rojas, así como la investigadora de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, Nayeli Shantal Castrejón Jiménez.
La doctora García Pérez consideró que además del desarrollo de vacunas contra COVID-19, también es importante continuar con la búsqueda de tratamientos farmacológicos eficaces para combatir esta enfermedad, por ello, buscarán establecer colaboración con algún centro hospitalario que brinde las medidas de bioseguridad requeridas para realizar estudios sobre el efecto que tienen los compuestos y fármacos sobre la activación de autofagia celular y de esa manera contribuir a evitar desenlaces fatales en pacientes con COVID-19.