EL SENTIDO DE LA VIDA
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EL SENTIDO DE LA VIDA

Por: Jesús Tamariz Saldaña*

 
Bienvenidos, como ya saben, esta columna está diseñada para hablar de temas propios de la psicología de un modo digerible y comprensible para la mayoría de las personas.

 

 

En esta ocasión vamos a abordar preguntas que nuestros lectores nos han hecho favor de compartir,  a las cuales pretendo dar una respuesta desde el punto de vista terapéutico. Eso sí, de una manera amena y digerible.

Espero lo disfruten y me hagan llegar pronto sus sugerencias acerca de los temas que deseen conocer y las dudas que quieran resolver

Entremos en materia.

Es muy común, en psicoterapia, que hombres y mujeres por igual realicen una solicitud que no por ser frecuente deja de ser dramática, desean saber:

“¿Cómo darle sentido a mi vida?”

Es en estos momentos cuando me gustaría tener un recetario universal sobre “sentidos de vida” para poder simplemente indicar los tantos y porcentajes de tal o cual actitud y ¡listo! Lamentablemente ni lo tengo, ni existe y si alguien tiene uno espero me haga llegar una copia.

Lo que sí puedo ofrecerles es un bosquejo de los principales puntos que en psicoterapia tocamos cuando surge esta inquietud. Debo insistir en que no es una receta y que, tratándose de una situación absolutamente personal, la construcción del sentido de vida debe también ser personal. Lo que para uno sirve no tiene por qué servir para otros, y lo que a otro sirve no tiene por qué servirle a uno. Aclarado esto, entremos en materia.

La inquietud por darle sentido a la vida es tan añeja como la humanidad misma, si recordamos, las principales mitologías de la antigüedad fueron construidas con ese objetivo; los aztecas creían que la razón de su existencia era la de alimentar al sol con sangre humana, ya que, de no hacerlo, el sol perdería la eterna lucha con sus hermanas:  la luna y las estrellas, y no volvería a brillar; por eso tanto sacrificio humano. Más de un pueblo se ha convencido a sí mismo de ser “el pueblo elegido de Dios” para salvar, o dominar, al resto de los pueblos del mundo. Bástenos recordar a los nazis y algunos países árabes o, inclusive, a los norteamericanos.

Pero más allá de los movimientos sociales, en el ámbito personal, esta inquietud también es muy poderosa, de hecho, esto explica por qué las anteriores tienen tanta fuerza, y nos motiva a una búsqueda incansable del sentido de vida.

Algunas personas lo encuentran al entregarse a la práctica de una religión o  al integrarse en algún club de beneficio social; situaciones que son absolutamente respetables y en muchos de los casos funcionales.

Pero… ¿y si no pertenezco a ningún grupo de éstos, o simplemente ninguno de ellos da sentido a mi vida?

Terapéuticamente encontramos que para dar sentido a la vida requerimos de dos condiciones:

  • Ser feliz, y
  • Tener un sentido de la trascendencia

Ninguna de las dos condiciones es sencilla de cubrir, de hecho son extremadamente difíciles.

Empecemos por ser feliz; lamentablemente no existe el “felizómetro”, la medida que nos diga cuándo una persona es feliz o no lo es. La felicidad es un fenómeno absolutamente subjetivo, cada quien lo ve a su propio modo y conveniencia; por lo que plantear una felicidad uniforme y universal es un absurdo. Así, alguien puede ser más feliz en la medida  en que más bienes materiales o dinero posee, otro puede ser feliz por estar casado y vivir en pareja, mientras que otro más lo es por ser soltero, para algunos la felicidad se encuentra en la soledad, en tanto que para otros se encuentra en estar rodeados de personas.

Un buen parámetro de la felicidad es la sensación de bienestar y satisfacción personal por lo hecho y logrado hasta este momento; no significa ausencia de conflictos o problemas, significa sensación de logro pese a esos conflictos y problemas. La felicidad no viene en un solo paquete que podamos conseguir de un solo golpe, es una construcción diaria que requiere el vivir conscientemente cada momento, decidiendo nuestras actitudes y asumiendo sus consecuencias para bien o para mal.

Sigue siendo subjetivo, creo que si viviéramos más satisfechos viviríamos en una sociedad más feliz.

¿Pero qué requiero para sentirme satisfecho? Nuevamente son dos condiciones:

 

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