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Lo que justifica la existencia de la comunidad cultural es el mantenimiento de un vínculo entre el conocimiento y el gusto de vivir mediante la unión del joven y el maduro en la consideración imaginativa del quehacer cultural. La juventud desborda imaginación y es necesario unirla a la experiencia de los mayores para conseguir la realización de una tarea común. Para conseguirlo, es imprescindible ser libre para pensar. Hace falta auténtica libertad de expresión. Si uno se equivoca, no temer las represalias, sino por un acto crítico, de autocrítica si es necesario, volver sobre los propios pasos para reemprender el camino. Mientras esto no sea posible, tendremos que seguir detectando, al menos, cuatro tipos de jóvenes, que configuran la sociedad de Occidente:
-Los escépticos, que sólo se preocupan de ir escépticamente viviendo.
-Los pasivos, que se divierten tomando y fumando no se sabe qué.
-Los conscientes de sus obligaciones y deberes y que por ello viven angustiados.
-Y por fin una juventud ideológica, sin horizontes definidos y con un deseo ferviente de acabar con todo lo que ha posibilitado el estado
actual de la cultura.
En una consideración amplia, la cultura occidental da claros síntomas de fatiga. Ha dado lugar a una civilización tecnológica incuestionable, pero esta civilización ha desarraigado al hombre; lo ha convertido en un número, porque está condenado a vivir en el seno de una contradicción, contradicción que supone vivir en una sociedad totalitaria y globalizada, cuyos fundamentos justificativos son la eficacia y la productividad, la competencia sin escrúpulos e inmoral, y la familia-cuando hay- que aparece como símbolo de solidaridad emocional, individual y personal. Tal vez por estas contradicciones, la falta de comunicación entre padres e hijos, entre gobiernos y gobernados, entre profesores y alumnos, sea un denominador alarmante. Tal vez por ello nos suena a ironía cuando, con la perspectiva de 24 siglos, leemos dos categóricas líneas de Platón:”El día en que el hombre logre llegar a la luna, significará que se habrá alcanzado tal grado de progreso, que la humanidad rebosará de abundancia, sosiego, felicidad y paz”. Sin comentarios. Es cierto que Platón es el mayor idealista de todos los tiempos, pero no estaba desubicado en su tiempo; a mi juicio hay una razón histórica determinante: la cultura tecnológica se liberó de controles extra- racionales y presiones religiosas, y ha seguido su propio camino, mientras la cultura humanística, de una forma o de otra, ha estado y, lo que es más grave, sigue estando controlada por unas minorías en el poder político y religioso.
Los problemas del momento, de cara a una consolidación democrática, son precisamente problemas de cultura, de hegemonía de grupos de control del poder; es cierto que también existen agobiantes problemas económicos, pero la categoría de durabilidad que deseamos a la democracia no se consigue sólo con dinero ni con un parlamento desconectado del pueblo. Es decir no se trata de invertir los planos, sino de suprimir monopolios para que el hombre, todos los hombres, puedan reencontrarse a sí mismos. Se impone, en consecuencia, una vuelta al hombre que elabora sus métodos y es capaz de rectificar constantemente los instrumentos materiales y lógicos. Y esto es cultura, y ésta es la cultura que debemos propugnar: relación del hombre con la realidad por medio de la tecnología y con el hombre mediante la comunicación. En la primera dimensión son los medios los principales responsables de que ciertos elementos culturales arraiguen en las gentes. En la segunda son las instituciones educativas y culturales. Lo contrario se llama simplemente: el hombre esclavo de su técnica y el hombre explotado por el hombre, respectivamente.
Más de un amigo lector se está preguntando ¿ y la cultura del futuro, cómo debe ser? Es una cuestión difícil, preocupante, pero detectados los defectos de etapas anteriores, es preciso buscar otros rumbos. A finales del siglo XX se derrumbó el comunismo, principal defensor de la cultura marxista; la cultura existencialista, como corriente, fue demasiado efímera, aunque intensa; la capitalista se encuentra, en estos comienzos del siglo XXI, asistiendo a una crisis de tales magnitudes que se buscan desesperadamente nuevos modelos económicos, cuando deberíamos estar diseñando diferentes bases culturales y educativas, condición imprescindible para el desarrollo de los pueblos. Por lo tanto pienso que la cultura debe empezar considerando al hombre como totalidad; cultura humanística que posibilite que el hombre no sea explotado por el hombre, como garantía de durabilidad democrática. Y para conseguirlo es preciso reflexionar, al menos, sobre las siguientes ideas:
En primer lugar estimo que la comunicación debe ser elemento liberador del hombre individual e instrumento de la auténtica democracia. Si no fuera por los lazos que se establecen mediante la comunicación entre diferentes vínculos de un grupo social, se correría el riesgo de atomizar la sociedad, como acontece actualmente, porque hasta ahora hemos sido incapaces de comprender que la realización personal es sencillamente imposible sin contar con los demás. Esta comunicación no se hace sin lucha; tiene que vencer los egoísmos personales y enfrentarse a la coacción; pero esta lucha no conduce a la separación sino a la solidaridad.
En el plano académico, tres principios hoy vigentes, deben ser revisados en la cultura de mañana: el principio ex cátedra, el de autoridad y el de tradición. Dicho así, llanamente puede parecer un disparate, pero no lo es tanto. Rara vez se admiten ya verdades universalmente válidas, incluso en la ciencia. Ello implica que el profesor deberá ayudar al alumno a encontrar la verdad, pero sin intentar imponérsela; de lo contrario es posible que el alumno la rechace.
En cuanto a la autoridad, es evidente que no dimana del hecho de ocupar un puesto determinado. Habrá que buscarla en la honradez profesional, en la entrega y en la capacidad de motivación.
Y para terminar, la tradición en cuanto tal cúmulo de cultura tiene su proyección, pero de ahí a seguir utilizando sus esquemas, va un abismo. Baste como ejemplo la consideración de la lengua de Cervantes. Es cierto que en el Quijote están las bases de la lengua de hoy, pero ha evolucionado tanto… Yo me pregunto ¿ ha pasado algo parecido con la tradición? Ya no caben parches. Y por ello parece inevitable una auténtica revolución educativa y cultural, en cuya base debe estar el respeto a los derechos del individuo por la única condición de ser hombre, sin distinción de clases, y reglamentar la educación permanente en su más amplio sentido, como instrumento. Sin educación permanente, como asimilación y transmisión de los elementos culturales de cada momento, no cabe hablar de auténtica democracia o ésta corre el riesgo de verse pisoteada por fuerzas totalitarias o por algún caudillo, “salvador de la patria”.
La tarea es difícil, pero merece la pena.
2. Libertad
Del anterior análisis de la cultura se puede inferir el planteamiento que voy a hacer del concepto de libertad. Por lo tanto, no teman; seré breve. El tema de la libertad es una de esas preocupaciones constantes de la historia y de todo pensador y ha tenido gran incremento, sobre todo, a partir del siglo XVIII. En verdad, a los griegos y a los medievales jamás se les hubiera ocurrido tal crecimiento. Para ellos no pasó de ser una simple “cualidad del hombre”. Es Kant el que asciende de categoría a la libertad, al colocarla más allá de lo fenoménico, en el horizonte del ser verdadero. Y como no quiero cansarte demasiado, lector amigo, evitaré hacer un repaso histórico; voy a limitarme a sintetizar algunas consideraciones de nuestro tiempo.
Para el filósofo alemán Karl Jaspers, libertad significa independencia, entendida no sólo como independencia de los actos y de los pueblos, sino más bien como autonomía interior de la conciencia. El hombre es libre y el hombre es el ser que se relaciona con los demás y termina apoyando su trascendencia en Dios. Por ello tomamos decisiones libres y no estamos sometidos automáticamente a una ley natural. Interpretada así la libertad, conviene sintetizar algunos puntos fundamentales:
2.1. La libertad consigo mismo. Entendida así, está en conjunción con la autenticidad y la fidelidad a sí mismo- tema que aparece constantemente en la literatura perteneciente a la filosofía de la existencia-. Esa autenticidad y fidelidad es, en definitiva, la afirmación de sí mismo. Esta afirmación forma cuerpo con la existencia, desde el momento en que, por un acto libre, aceptamos lo que auténticamente somos, dando lugar a la originalidad de nuestro ser como existencia. La libertad está así en la raíz de la trascendencia, mediante la cual accedemos a la autenticidad originaria de nuestro ser. La libertad se encuentra, por tanto, en el nivel de la existencia, más allá del yo empírico. Entonces alcanza el campo verdadero de la libertad que es al mismo tiempo la existencia.
2.2. Decisión. El movimiento de la libertad no es ciego. Necesita, ante todo, que la decisión se produzca en una atmósfera de tranquilidad de la luz interior, de resolución sin condicionamientos objetivos. El hombre se encuentra ante varias posibilidades de las que tiene que escoger una. Aquí entra en juego el libre albedrío que es un ingrediente de la libertad, aunque no es la libertad misma.
2.3. Libertad absolutamente independiente. A pesar de los problemas de la inmediatez, le libertad tiene que ser absolutamente independiente, espontánea. Lo único que podría ahogarla sería la ley y un saber exhaustivo, pero ni una ni otra condicionan mi libertad, ya que ésta tiene su base en mi interior y no en nada extraño a mí mismo. Es una ley interior, personal, y que no es más que la expresión de mi ser más profundo, más íntimo.
2.4. La libertad y conocimiento del mundo. La libertad al mismo tiempo que se ejercita a la luz del interior del hombre, requiere un conocimiento del mundo lo más amplio posible y de esta manera el hombre se relaciona y llega a la autenticidad.
El tema de la libertad aflora frecuentemente en las obras del filósofo José Ortega y Gasset, de forma poco sistemática, pero con gran calidad aparece en el curso que con el nombre de:”¿ Qué es la filosofía?”, impartió poco antes de la guerra civil española. Y si decimos que aparece poco sistemáticamente tratado este tema es porque Ortega fue, ante todo, un gran divulgador de cuestiones importantes que preocupaban a la sociedad de ese momento. Por ello su concepción de libertad tiene una marcada dimensión vitalista.
El hombre puede decidir esto o lo otro, y ello supone una porción de nuestra vida que tiene un carácter de libertad. Libertad que encuentra sus límites en la presión cósmica y el presente temporal que nos ha tocado vivir. Ese presente al que ya me referí y que Ortega lo identifica con nuestro tiempo, nuestro mundo y nuestra vida. En él vamos incrustados; él nos marca posibilidades e imposibilidades. Observen ustedes cómo para este pensador la vida está constituida por la fatalidad de las circunstancias y por la necesaria libertad de decidirnos frente a ellas. Y esa presión lo impulsó a afirmar:” Yo soy yo y mis circunstancias”. Frase que rápidamente se hizo famosa en los círculos más diversos de Europa y América.








