CULTURA, LIBERTAD Y PROGRESO: OBJETIVOS Y PILARES DE TODA DEMOCRACIA DURADERA
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adolfo martinez sanchez.jpg CULTURA, LIBERTAD Y PROGRESO: OBJETIVOS Y PILARES DE TODA DEMOCRACIA DURADERA
Adolfo Martínez Sánchez*
 
         Es evidente, para iniciar, que “…..no están todos los que son”; pero considero  que se trata de las ideas eje, ya que otras consideraciones se derivan fácilmente de la cultura, del concepto de libertad o de la consideración de progreso. En cualquier caso, si las siguientes reflexiones sirven para iniciar un amplio debate, habrán conseguido su principal meta, porque no es fácil un contacto, aunque somero, con estos conceptos. A lo largo de la historia y lo ancho de la tierra han surgido controversias y hasta guerras por defender diferentes aspectos e interpretaciones de los mismos. Pero vamos por partes:
1.    Cultura.

     La cultura de dimensión universal y trascendencia asegurada se nos  viene encima, como una sombra envolvente, abarcadora. Pero rara vez es resultado del pensar y del vivir. Tiene, ante todo, que abrir los cauces en los cuales se realicen el pensamiento y la existencia del individuo. De forma que, como dice Hans Langer: “el pensamiento se convierte en programa de vida y la vida en una realización del filosofar”. Interpretada aquí como sinónimo de reflexionar, tan útil en el quehacer cotidiano.

     Generalmente se entiende por cultura un determinado nivel de conocimientos, técnicos e intelectuales, de un individuo o de una colectividad. Así entendida adquiere una connotación sustantiva y como tal, al hombre actual se le presenta en una dimensión objetiva que muy poco o nada le dice, de forma especial, si vive la etapa estudiantil. Y aquí   podemos plantearnos  ya la primera interrogante: ¿Puede ser esta última una de las causas de la apatía de un amplio sector estudiantil por la cultura? Más adelante intentaré un somero análisis de esta cuestión.

       Frente a la consideración sustantiva, se impone actualmente una interpretación adjetiva, dinámica, como  cualidad inherente al hombre. Bajo esta perspectiva es lícito interpretar la cultura como resultado del esfuerzo humano por superarse. Quiere ello decir y, a mi juicio, tiene gran importancia de cara a una profundización democrática, que la cultura es, ante todo, práctica.  Sí, amigos, sin la praxis, conseguiremos, en el mejor de los casos, hombres eruditos; pero nunca hombres cultos; hombres que hayan asimilado los elementos de la cultura en sus diversos planos, y actúen en consecuencia. Pero ¿Qué es realmente la cultura? Para conseguir un análisis suficientemente comprensivo de nuestro tema, debemos dividir la anterior en tres cuestiones fundamentales: ¿Qué ha sido? ¿Qué es? Y ¿Qué debe ser? Se trata de una necesidad metodológica de la dialéctica histórica, ya que cada etapa subsume a la anterior y está, a su vez, poniendo las bases de la siguiente. Por la índole misma del valor semántico, puede apreciarse que en las dos primeras cuestiones voy a utilizar una postura crítico-analítica, y en la tercera, ese “debe ser”, nos conducirá a la ética  que hoy brilla por su ausencia en nuestra sociedad y que es imprescindible en la democracia. Esto es resultado lógico de largos años de corrupción en Occidente.

     El concepto de cultura varía en función del concepto de la Filosofía,  de la Historia del Arte, de la Historia de cada pueblo, de la ubicación geográfica, en definitiva del hombre. De ahí que durante siglos, al menos en Occidente, los fundamentos de la cultura había que buscarlos  en el humanismo clásico. En realidad el problema central se encierra en dicho concepto. Humanismo significó la actitud segura de la perfección de la cultura clásica y en consecuencia del cultivo de ella. Cultivo de la “humanitas”,  porque en palabras del profesor Aranguren, “el hombre para alcanzar la perfección y eminencia de tal, necesitaba ser pulido y afinado, despojado de su espontánea rudeza”. Así  nace en Roma un afán imitativo de la cultura helénica, que se ha repetido con pocas variantes hasta mediados del siglo XX, al menos en dos constantes significativas: La exaltación de lo humano que impulsa a su cultivo y la convicción de que dicho cultivo sólo puede adquirirse mediante las “humanidades.

     Con la llegada del Cristianismo es admitido este humanismo con las limitaciones  inherentes a la afirmación de un Ser Supremo.
     A finales de la Edad Media se empieza a pensar que se puede creer en la dignidad humana sin tener que admitir los patrones culturales del humanismo clásico. Pero es  el progreso de fines del siglo XVIII y principios del XIX el que acusará de “conservador” al humanismo clásico, por sostener que el hombre ha dado de sí cuanto podía. Y de esta interpretación se derivan, ya en el siglo XX tres tipos de cultura, o mejor dicho tres planteamientos  de una misma cultura: La cultura marxista, la existencialista y  la capitalista. Posturas que dominan los planteamientos culturales casi todo el referido siglo, debido primordialmente al carácter científico del método dialéctico de la historia. Las dos primeras corrientes rechazan el humanismo clásico, o lo llaman simplemente antihumanismo. Y en este punto, a poco que reflexionemos, debemos estar de acuerdo. Hoy no podemos admitir una cultura que, apoyada en el ocio, dejaba para los esclavos el negocio, es decir, el trabajo. El precio de la exaltación de unos pocos era injusto y ahora nos resulta intolerable; el precio era la humillación hasta el envilecimiento de los demás. La gravísima tara de la cultura humanística clásica- tara que no puede separarse existencialmente de ella, porque la hizo posible-ha sido su tremenda inhumanidad, la esclavitud.

     De este simple planteamiento podemos inferir que la cultura humanística, tal como nos ha llegado a través de los medios académicos es radicalmente conservadora y ello nos impulsa a contemplar toda la vida espiritual, encerrada en los tópicos tradicionales, implica que, en muchas ocasiones, sirve para justificar no pocas bajezas mediante ejemplos tomados de la tradición. Es el humanismo cultural de las gentes de letras que viven fuera de toda  decisión, o más bien que han decidido una postura cómoda en su círculo envolvente, contra las inquietudes de la colectividad, a favor, difícilmente disimulable, de la riqueza de un puro juego intelectual. La crisis profunda de nuestro tiempo tiene que ver mucho con ese problema. El hombre de hoy, el estudiante joven y el niño de la escuela, tienen un ambiente  muy diferente al que tuvo el greco-romano. Se impone, por tanto, propugnar una cultura humanística del siglo XXI, cuya naturaleza humana como abstracción, debe ser  existencial, evolutiva y libre; nada de mirar al pasado. El humanismo está por venir. Así lo interpreta la gran mayoría de la juventud, al oponerse, con su actitud indiferente, cuando no violenta, a los supuestos político-económico-sociológicos de la cultura que ha recibido. Esta juventud, de forma altamente acusadora la estudiantil, sabe que la peor violencia es aquella que niega la entidad y condición humana. Tal vez para calificar lo que, en muchas ocasiones, ha sido la cultura, bastarían unos versos de Eliot:

                         ¿ Nos  han engañado
                         o  sólo se engañaron a sí mismos
                         esos  antepasados del hablar reposado,
                         que  sólo nos legaron
                         recetas  para embaucar?

     A la hora de hacer un análisis crítico del pasado cultural, es evidente que hay criterios para todos los gustos. Pero recuérdese que no estoy negando el pasado. Ya dije que cada etapa subsume a la anterior, en la resultante de las contradicciones de cada momento. Lo que resulta inviable es la admisión de arquetipos universalmente válidos.

     Ha llegado el momento de afrontar el presente. Y tenemos que hacerlo con ilusión reflexiva. Ello no prejuzga un tratamiento blando de nuestra realidad cultural. La sociedad moderna, por diferentes caminos a los utilizados por el humanismo clásico, ha llegado a los mismos resultados: privilegio de unos pocos montado sobre la esclavitud de los demás. Dicho sin rodeos, la cultura  actual es clasicista y la igualdad de oportunidades no pasa de ser un espejismo formal. Las condiciones económico-sociales de los padres de hoy son, sin lugar a discusión, condicionantes diferenciadoras de las posibilidades de los hijos. Los sistemas de formación y control de la cultura que la clase dirigente estataliza, en todos los países,  han adquirido tal grado de perfección que las élites son conscientes de que su comportamiento sirve exclusivamente a sus intereses. A estas conclusiones llegó el profesor Tierno Galván al afirmar que “la ideología de la clase dominante, en la mayoría de los países del mundo, se ha convertido en el resultado de una manipulación consciente por parte de las minorías en el poder, que no creen en nada, salvo en el poder mismo, en cuanto defensa y expresión de sus intereses”. El poder y sus privilegios definirían así las bases culturales de toda ideología manipulada. Por eso, se ha roto toda posible comunicación entre el poder y el pueblo, con los riesgos que ello conlleva en una democracia. Los diferentes niveles lingüísticos  se han distanciado hasta un grado de ininteligibilidad. El sistemático abandono de la cultura por parte de la juventud, abandono que llega hoy casi a menosprecio, está dejando a nuestros jóvenes, de forma alarmante a  los estudiantes, indefensos ante muchos  problemas de comprensión lectora, culturales y hasta profesionales, una vez terminados sus estudios. Al joven sólo le ha quedado, hasta ahora, adecuar su conducta a unos modelos  preestablecidos, y ello genera periódicamente movimientos estudiantiles, siempre de rechazo al modelo social  -y de consecuencias impredecibles- porque  prefiere vivir sin modelo a que se lo den prefabricado. Y ante esa situación da la impresión de que la sociedad se siente incapaz de ofrecer valores positivos como alternativa posible a la rebeldía de la juventud- o a su profunda apatía, que es mucho peor-. La protesta vital, social, cultural y política de esta juventud tiene sus raíces, a mi juicio, en la existencia de un mercado supersaturado en el que aparece una contradicción clarísima: abundancia de bienes de consumo rápidamente perecederos y en el que la libertad no es un bien practicable por carencia de recursos suficientes. Por ello el vacío del joven es casi absoluto. Pero hay que añadir algo más: su sentido crítico para detectar que el adulto, tal vez sus propios  padres, no creen en los valores que defienden. Saben que el adulto  está comprometido social y vitalmente con unos modelos caducos, pero que le permiten seguir disfrutando de unos privilegios y, en el peor de los casos, alimentando a su familia. En estas circunstancias no podemos hablar de rendimiento, ni deberíamos hablar del control de dicho rendimiento, ya que no disponemos de elementos adecuados de control.  La educación institucionalizada que la mayoría de nosotros hemos recibido y siguen recibiendo los jóvenes de hoy, no posibilita el desarrollo intelectual en los centros, que deberían ser precisamente centros de cultura. Y ello ¿ por qué?. Por razones elementales de su autoritarismo y normatividad que la hacen estar destinada exclusivamente a conseguir conductas fieles al modelo social y la rebeldía del joven, de los mejor dotados precisamente, no se hace esperar. Los centros, desde la escuela hasta la universidad son, en el mejor de los casos, meros transmisores de conocimientos, cuando deberían ser escuelas de formación y de  investigación. Para leer un libro o tomar unos apuntes no hacen falta escuelas ni universidades. Basta una biblioteca e internet.