“Lo he dicho, lo digo y lo diré: ¿Por qué no recuerdo significativamente a ninguno de mis maestros de primaria y sí a algunos conversadores que iban a mi casa o a algunos cuenteros comunitarios en el campo? Porque mis maestros de primaria (aquellos, que no son todos) no me conversaron suficiente y adecuadamente. ¿Por qué sí recuerdo a las bibliotecarias de mi infancia, y a Luisa Ceballos, mi profesora de Biología en séptimo grado? Porque ellas hablaban cálidamente conmigo, me respetaban en nuestras conversaciones, y ello me estimulaba. ¿Por qué mi familia, y sobre todo mi madre, una mujer con sólo tercero de primaria, me influyó tan poderosamente? Porque desde que recuerdo, mi madre me respondía, me conversaba en la casa y en la calle, me explicaba y me preguntaba, me contaba y me cantaba, me decía refranes y máximas, y, además, me narraba la historia de la familia y de los amigos mostrándomelos a través de un cofre repleto de fotos. Por suerte, además, tenía una correcta expresión verbal, porque somos de una provincia obsesionada por la corrección verbal. Fue esta actitud de mi madre la que me creó un apasionado interés por la lectura, que moldearon las bibliotecarias, y, más tarde, dos de las profesoras de literatura del nivel medio. Todas ellas hablaban mucho conmigo, tanto de la vida como de los libros.
“Todo proceso de oralidad es una búsqueda de equilibrios, desde un proceso de comunicación, abierto, entre la personalidad de lo que se dice, la personalidad de quien lo dice, la personalidad de quien lo escucha o la colectiva del público, la personalidad del lugar donde se dice y la de la circunstancia en la que se dice. Estos equilibrios en movimiento determinan los equilibrios entre la expresividad de quien dice y la atmósfera creada, también en continua transformación. Llegará el día en que no pueda graduarse a ningún profesional sin que haya cursado una asignatura llamada Oralidad, con fuertes acentos en la comprensión y la práctica de la comunicación, de la comunicación corporal o no verbal, de la conversación, de la narración oral artística, y de la conversación grupal o escénica.”
Mucho de todo lo más esencial expresado en este Documento (Oralidad, oralidad escénica y comunicación: sus relaciones con la infancia, con la formación y con la lectura) ha estado siempre en los libros de Garzón Céspedes.
Como testimonio y suma estos fragmentos:
En El arte (oral) escénico de contar cuentos (España, 1991; Egipto, 1996, en árabe):
“La narración oral es un acto de comunicación, donde el ser humano, al narrar a viva voz y con todo su cuerpo, con el público (considerado un interlocutor) y no para el público, inicia un proceso de interacción en el cual emite un mensaje y recibe respuesta, por lo que no sólo informa sino que comunica, pues influye y es influido de inmediato, en el instante mismo de narrar, para que el cuento oral crezca con todos y de todos, entre todos.”
En Teoría y técnica de la narración oral escénica (España, 1995):
“La práctica del narrador oral escénico (…) debe demostrar y potenciar las posibilidades del arte de narrar oralmente en el mundo contemporáneo desde una conciencia, reflexión, conocimiento, entrenamiento y acción tanto orales escénicas como, no puede ser de otro modo, comunicadoras, que expresen ética y estéticamente su existencia como tal.
“Una teoría y/o una práctica que pretenda inscribirse hoy en la renovación de este arte no dejará lugar a dudas ni en cuanto a lo oral escénico ni en cuanto a lo comunicador; del mismo modo que para ser narración oral tendrá: que testimoniar siempre el carácter reinventor inherente a toda la oralidad –que, como se sabe, es en movimiento o marcha, en transformación, o no es–, y no admitirá su subordinación a otros intereses, como el de la docencia o la promoción de la lectura, aunque sí, de considerarse útil, admitirá cualquier integración o papel motivador a lo docente, la motivación lectora u otras, que no desmerite su condición de categoría y acto oral artístico independiente.
“Cada narrador oral escénico debe sentir como su responsabilidad el narrar oralmente con todos –a la vez, y mucho por sectores– (…) Y cada narrador oral escénico debe sentir como su responsabilidad el elegir un repertorio de altos valores humanos y de elevada calidad estética, que incluya tanto cuentos de las tradiciones orales como de la literatura, entre otras fuentes.
“El narrador oral escénico no debe perder de vista los nexos del arte de narrar oralmente con el arte de la conversación.
“Y así como tiene en cuenta su responsabilidad con la oralidad artística y con las ciencias de la comunicación, tiene que ser solidario con la oralidad toda, artística o no artística, porque es de la oralidad de donde ha surgido.”
En Cuentos para aprender a contar (Colombia, 1995, España, 2003):
“La oralidad es el camino natural a la lectura. (…)
El ser humano cuenta para que le cuenten.
Contar es una de sus maneras de ser.”
En Oralidad Escénica (Argentina, 2006):
“(…) tiene el narrador oral escénico, entre otras tareas todas urgentes, sin utilitarismos ni didactismos, la enorme responsabilidad de contribuir al enriquecimiento y al desarrollo humano, social y cultural del público, de ese público interlocutor que confía en este arte y le abre desprotegidamente, indefensa y vulnerablemente eso, tan resguardado, preciado e íntimo, que es su paisaje interior.”








