Garza y Leventhal (1998:15) señalan que Aunque es innegable el carácter individual y endógeno del aprendizaje escolar, éste no sólo se compone de representaciones personales, sino que se sitúa asimismo en el plano de la actividad social y la experiencia compartida. Es evidente que el estudiante no construye el conocimiento en solitario, sino gracias a la mediación de los otros y en un momento y contexto cultural particular. En el ámbito de la institución educativa, esos otros son, de manera sobresaliente, el docente y los compañeros de aula. En tal sentido el proceso de enseñanza-aprendizaje define el rol del profesor como mediador para facilitar los aprendizajes de los alumnos. El rol que juega el profesor como mediador para facilitar los aprendizajes de los alumnos implica que el docente asuma la responsabilidad de desarrollar una serie de funciones y actividades específicas como parte de su labor; esto es, se trata del desarrollo de los momentos didácticos o etapas que forman parte del proceso de enseñanza-aprendizaje. Para ello es importante considerar que la enseñanza tiene un punto de partida y una premisa pedagógica general en sus objetivos. Éstos determinan los contenidos, los métodos y las formas organizativas para la planeación y desarrollo de los procesos de enseñanza-aprendizaje.
Tales objetivos sirven, además, para orientar el trabajo tanto de los maestros como de los estudiantes y constituyen, al mismo tiempo, un indicador de primera clase para evaluar la eficacia de la enseñanza. Por tanto, las actividades de enseñanza que realizan los profesores están inevitablemente unidas a los procesos de aprendizaje que siguiendo sus indicaciones realizan los estudiantes. Es de esta forma que las tareas del profesor se convierten en aspectos de vital importancia, ya que de ello depende el diseño de una adecuada y factible mediación educativa que actúe sobre los aprendizajes de los alumnos.
Las tareas que el profesor tiene que desarrollar, inevitablemente lo enfrentan al proceso de decidir sobre cuestiones que son esenciales para concretar el proceso educativo; son decisiones que tienen que ver con ¿qué, cómo, por qué, para qué, dónde se enseña y se aprende?
Las consideraciones anteriores obligan a plantearse algunas otras interrogantes más específicas, entre ellas: ¿cuáles van a ser los objetivos del curso, aquello que quiero que los alumnos consigan al terminar el curso? ¿cómo organizo los contenidos didácticos del curso? ¿en qué medida se incluirán en los contenidos actividades que fortalezcan el saber, el saber hacer y el saber ser? ¿cómo se relacionan los objetivos con los contenidos? ¿qué actividades van a desarrollar en el aula los alumnos y el profesor? ¿qué medios, instrumentos o recursos se van a utilizar para canalizar los aspectos didácticos? ¿cómo se sabrá en qué medida la mediación del profesor ha sido eficaz en términos de aprendizaje de los alumnos de acuerdo a lo previsto? ¿cómo se va a distribuir el tiempo? ¿cómo se favorecen los intercambios comunicativos entre el alumno y el profesor? ¿cómo mantener en los alumnos un clima de orden y laboriosidad? ¿cómo incentivar, motivar, ayudar, animar y dinamizar a los alumnos? ¿cómo responder con profesionalidad y responsabilidad a los compromisos de los alumnos?, etc.








