El papel de la juventud, su concepto mismo, ha cambiado con el tiempo. Explica Carlos Feixa:
Si la adolescencia fue descubierta a finales del siglo XIX, y se democratizó en la primera mitad del XX, la segunda mitad del siglo ha presenciado la irrupción de la juventud, ya no como sujeto pasivo, sino como actor protagonista en la escena pública. (Feixa, 1999, pág. 41)
La crisis de posguerra (desde la Primera Guerra Mundial) con su caída estrepitosa de todos los valores tradicionales de Occidente, significó también una crisis de la autoridad patriarcal. [ ] la crisis de la autoridad patriarcal conllevó una rápida ampliación de la esferas de la libertad juvenil: la era una revuelta contra todas las formas de autoritarismo (Feixa, 1999, pág. 43). Los jóvenes buscaron voluntariamente y con una rebeldía conciente, un espacio exterior a las instituciones y al discurso oficial. La juventud dejó de ser vista como grupo social políticamente pasivo y dócil (Feixa, 1999, pág. 41), y se politizó. Muchos movimientos sociales revolucionarios fueron expresamente convocados y encabezados por jóvenes, en su mayoría estudiantes.
La configuración de la juventud como grupo social participativo, conciente y autoconciente de su poder y de su rol dentro de las sociedades posmodernas, fue gestando cultura: cultura juvenil.
En un sentido amplio, las culturas juveniles se refieren a la manera en que las experiencias sociales de los jóvenes son expresadas colectivamente mediante la construcción de estilos de vida distintivos, localizados fundamentalmente en el tiempo libre, o en espacios intersticiales de la vida institucional. (Feixa, 1999, pág. 84)
A ello también coadyuvó, nos explica Feixa, el nacimiento del teenage market. Éste, ofreció por primera vez un espacio de consumo específicamente destinado a los jóvenes, que se habían convertido en un grupo con creciente capacidad adquisitiva. (Feixa, 1999, pág. 43). La cultura joven o juvenil se vio ampliada en sus alcances a través de los mass media, que hacía que los jóvenes empezaran a identificarse más con sus coetáneos que con los miembros de su clase o etnia. (Feixa, 1999, pág. 43).
La aparición de una cultura juvenil no hacía sino hacer eco de la tendencia creciente de la juvenilización de la sociedad. (Cfr. Feixa, 1999, pág. 42). Esta observación, que Feixa retoma de un trabajo de José Luis Aranguren (1961), es perfectamente compatible con las observaciones hechas por Michel Maffesoli, quien, como ya hemos apuntado, observa en la tendencia social tribal posmoderna elementos arcaicos y juveniles.
A diferencia de la cultura hegemónica, institucionalizada y regulada por el Estado, las culturas juveniles caracterizadas por la heterogeneidad-, se originan la mayoría de las veces al margen de la oficialidad cultural, en las capas sociales no pertenecientes a la élite social (algunos autores no están de acuerdo con esto, y creen que la razón de la preeminencia de miembros de capas sociales más bajas en las agrupaciones neotribales urbanas se debe tan sólo al hecho de que dichos grupos son más numerosos en las sociedades. Cfr. Oriol, Pérez y Tropea, 1996, pág. 34). Se trata de culturas subalternas. (Cfr., Feixe, 199, pág. 85). Muchos prefieren llamarlas culturas alternativas o contracultura, por tratarse de movimientos culturales cuya envergadura e influencia es de magnitud tal que efectivamente representan una forma de oposición a la cultura dominante.
Las culturas juveniles se relacionan con elementos como el género, el territorio, la etnia, la clase social, la generación, el estilo. (Cfr. Feixa, 1999, pp. 88-97). Al producir precisamente cultura, generan una imagen propia del mundo, una manera de acercarse a los demás, un lenguaje, símbolos, vestimenta, hábitos, música e imágenes, literatura. Generan un discurso desde el cual configuran la experiencia del mundo circundante y desde el que se interpretan.
Las tribus urbanas son parte de la cultura juvenil. Son la expresión del fenómeno neotribal posmoderno en la juventud. Esta neotribalización juvenil Se presenta como una respuesta, social y simbólica, frente a la excesiva racionalidad burocrática de la vida actual, al asilamiento individualista a que nos someten las grandes ciudades, y a la frialdad de una sociedad extremadamente competitiva. (Oriol, Pérez y Tropea, 1996, pág. 13). La gran profusión de tribus urbanas en la actualidad sería un ejemplo, en general, de neotribalización de las sociedades, diagnosticada por Maffesoli.
Las características tribales conceptuadas por Maffesoli, son las mismas que las tribus urbanas actuales poseen. Algunos rasgos compartidos por las todas las tribus urbanas son: gusto por el disfraz, vitalismo rebelde y marginación deseada del grupo social más amplio. (Oriol, Pérez y Tropea, 1996, pág. 27). Además, y lo que es típico del tribalismo de Maffesoli, en las tribus urbanas los miembros de las mismas hacen proclamación expresa del sentido comunitario y grupal por encima de lo individual. (Oriol, Pérez y Tropea, 1996, pág. 27).
Las tribus urbanas, como toda forma de organización tribal, potencia[n] las pulsiones gregarias y asociativas del sujeto [ ], [d]efienden presuntos intereses comunes [ ] y estrechan vínculos gregarios basados en valores específicos. (Oriol, Pérez y Tropea, 1996, pág. 27). Correspondiéndose con las tendencias dominantes del tribalismo posmoderno observado por Maffesoli en las sociedades actuales, en las tribus urbanas según Oriol, Pérez y tropea (1996, pág.34) -, hay tres valores específicos:








