TRIBALISMO Y TRIBUS URBANAS
Minuto a Minuto

Índice del artículo

 

 

  Cuando la sustancia hombre tomó el lugar del fundamento, del origen de toda verdad, se forjó al individuo moderno, el individuo autónomo que adquiere su fisonomía más clara con el ego cogito cartesiano. Un sujeto capaz de todo con el sólo poder de su razón. En lo político, éste hombre, este individuo clama por su libertad. Es el siglo XVIII y sus revoluciones burguesas liberales, dentro de cuyo estrépito se forjan las ideas políticas más aplaudidas de las sociedades actuales: libertad, igualdad, contrato social, soberanía, autonomía, democracia, república, estado de derecho…etc. Las sociedades construidas por esos hombres son precisamente aquellas contra las cuales se dirige la nueva lógica, la lógica que sigue el tribalismo.

 

 Para Maffesoli, las sociedades y las formas societales de tipo moderno –con los individuos autónomos como elementos constitutivos de las mismas-, han llegado al hartazgo de sí, están profundamente aburridas. En el seno de dichas sociedades ha sucedido un fenómeno que aún hace falta pensar, y del que no todo está dicho todavía: las sociedad actuales, posmodernas, viven un regreso a las formas arcaicas de cultura. Para Maffesoli, el regreso al arcaísmo es precisamente un signo preclaro de la posmodernidad. Sin embargo, para él este regreso a formas primitivas de cultura no es algo necesariamente negativo. Por el contrario, dicho regreso puede significar para las sociedades actuales un proceso de revitalización, de gestación de nuevas formas de vínculos entre los hombres; el regreso a las formas arcaicas de cultura puede significar para las sociedades actuales, posmodernas, un momento ético.

 

 Las sociedades actuales llegaron a un punto límite de asepsia, de desprecio por lo que de animal hay en el hombre. Las ideas paradigmática de los siglos anteriores y, podríamos decir, toda la filosofía dominante al menos hasta Hegel, desprecio profundamente todo rasgo lúdico, sensual, salvaje. Condenó como “irracional”, como “incivilizado” todo aquello que no se ajustaba a los estándares de su cultura. El resultado fue, en términos nietzscheanos, el dominio de Apolo sobre Dionisos; el triunfo de la racionalidad, del logos universalista y racionalista sobre los aspectos lúdicos, vitales, arcaicos del hombre. Pues bien, la posmodernidad con su tendencia hacia los arcaísmos, ha despertado el fenómeno tribal como forma dominante de asociación entre los hombres.

 

  El tribalismo es una respuesta a las formas de socialidad impuesta por los viejos paradigmas. Las sociedades del individuo moderno son sociedades individualistas, aislantes, segregativas. Los individuos reprimen su deseo de fundirse con otros sujetos, reprimen sus tendencias lúdicas y dionisíacas. Pero no más. O al menos eso es lo que Maffesoli no sólo pronostica, sino observa en las sociedades de todo el orbe.

 

 Se trata, en otros términos, del enfrentamiento –un enfrentamiento que por cierto siempre ha existido y funciona siempre- entre el poder instituido y el poder instituyente. (Cfr. Maffesoli, 2002, pág. 223) El primero está constituido por una minoría, la élite que impone o trata de imponer sus formas de cultura; el segundo por la mayoría, que construye de manera paralela nuevas formas de cultura que eventualmente se tocan con las del poder instituido. El tribalismo pertenece a esta última forma de poder.

 

 Muchos no pueden concebir que las tendencias arcaicas –el tribalismo entre ellas- se apoderen de las sociedades, bien o por temor o por miopía, según se queja Maffesoli. Los que siguen pensando que el individualismo la forma de socialidad dominante de las sociedades posmodernas no hacen sino enfatizar el abismo existente entre la realidad y sus estudiosos de élite, encerrados, dice, en sus gabinetes universitarios.

 

 El tribalismo posee aspectos “arcaicos” y “juveniles” (Cfr. Maffesoli, 2002, pág. 226). Además, posee una “dimensión comunitaria” que “pone en evidencia la saturación del concepto de individuo, así como de la lógica de identidad”. (Maffesoli, pág. 226). Se trata de un verdadero cambio de paradigma, de una revolución cultural. Su envergadura, parece querernos decir Maffesoli, es comparable a la que sobrevendría al triunfo cultural de Dionisos sobre Apolo [1]. (Cfr. Maffesoli, 2002, pág. 227).