Quiero un caldo de pollo
Minuto a Minuto

 

 

Masca la Iguana

Quiero un caldo de pollo

 

Luis Fernando Paredes Porras

 

Me lo encontré o él me encontró o nos encontramos, como guste, saliendo yo de la cabina de radio de la estación Radio Alégrate donde todos los días de 10 a 11 de la mañana produzco y conduzco el programa “Desde la oTredad”, entrando él, de la calle, donde trae consigo el adjetivo de ser un migrante.

-          ¿Es usted el Padre?

 

-          Sí, pensé para mis adentros, pero dado el contexto de estar en la parroquia de la Asunción en Loma Bonita, dudé unos instantes en si afirmarlo, porque padre si soy, o negarlo porque del otro padre, no soy. Ante mi indefinición por segundos una señora que esperaba abrieran la oficina parroquial me preguntó

 

 

 

-          ¿Es usted el nuevo padre?

 

 

 

 

-          No señora, soy más bien el viejo pecador de siempre.

 

Revelada mi identidad el hombre de unos 35 años de edad y robusto me dijo que era migrante, salvadoreño, me comenzó a cantar el Himno poniendo su mano derecha sobre el pecho igual que aquí en México saludamos a la bandera, me dijo que la República del Salvador está divida en Departamentos y le comenté que hace 13 años viví en su País.

 

Ando buscando al padre para pedir me deje lavar mi ropa, bañarme y descansar, me dijo; ya antes pasé por aquí y conocí a un hondureño buena gente. Pero como secuestraron en Monterrey pues me tuve que regresar a mi País, pero ya ando de vuelta porque perdí todo y mi familia vendió todo para pagar mi rescate, me confiesa, le creo ¿por qué no?

Sabiendo las intenciones de Jorge procedimos a buscar al padre Víctor, del otro tipo de padre, no del que yo soy, sin encontrarlo.

Fuimos a la Casa de la Iglesia a donde sé que el padre Víctor da albergue y en ocasiones, cuando hay y quieren, trabajo a los migrantes. No lo encontramos.

Jorge llevaba dos plátanos, un aguacate y jugo de piña en su bolsa con popote: Era su desayuno.

-          Te invito a desayunar Jorge sirve de que esperamos al padre y me vas platicando tu historia

-          Bueno pero a las 12:30 tengo que ir a la terminal de carros porque dejé una bolsa con la artesanía y ahorita llega de regreso de Playa, a ver si la encuentro todavía.

En el auto me preguntó quién había elaborado la araña que tengo pegada en la parte inferior derecha del parabrisas, No sé, la compré en un crucero, Yo hago unas arañas más bonitas, hago alacranes, lagartijas y otras artesanías, ahorita que llegue mi bolsa se las enseño.

Ya en el negocio de comida, uno de los más concurridos en Loma y donde habitualmente voy a comer, tomamos la mesa que está al paso de la cocina. Los desayunos son a la carta, sólo la comida es “corrida” y aún no está, dijo la mesera que nunca sonríe, nunca da las buenas tardes y su ¡que va querer! Siempre suena a que debe estar triste y por eso quiere parecer enojada.

-          Quiero algo aguado, un caldo – pide Jorge y me mira pidiendo aprobación –

-          Yo quiero unos huevos divorciados

-          ¿Con frijoles? – me pregunta la mesera, Sí, y para beber una leche para café, Y una coca.

 

Comenzó a platicarme que es muy difícil la vida del migrante. Me habló de todos los lugares por donde les cobran en dólares para dejarlos pasar, para no aventarlos del tren, para no denunciarlos. Del cómo los ladrones violan a las mujeres y a los hombres y que de eso no dicen nada los periódicos de México porque el migrante no vale nada para ellos. Estamos solos mientras pasamos por aquí, me dice mientras la mesera nos regaña diciendo que tarda porque tiene muchos pedidos. A mí ya me trajeron  la leche, a Jorge no le han destapado su coca.

 

Me cuenta que a su País ya no le visita el turismo, que la violencia está muy grave, que las mujeres se prostituyen hasta por dos dolares, las de 10 son las más jovencitas; los muertos ya no despiertan tanto morbo pues son tan cotidianos que ya es normal encontrarse cabezas o cuerpos por todos lados.

Las escenas que me detalla son muy tristes e indignantes. Algunos lugares les reconozco en mi memoria y agradezco que no hubiera ese clima violento cuando viví cerca de un año en el “pequeño de América”.

 

 

Han pasado 20 minutos, he pedido la coca dos veces, Jorge ha derramado lágrimas al contarme su secuestro en Monterrey, al venta de la casa de su madre que la adquirió un oportunista para poder pagar su rescate, el coraje de su familia al culparle por la pérdida de su único patrimonio y su decisión de regresar e intentar pasar de nuevo para pagar esa deuda moral que con ellos tiene. La coca no llega.

 

Me cuenta que tiene una hija de 9 años que no ve porque vive en un área donde hay conflictos y si se enteran que él vive en otra zona lo golpearían o lo matarían sólo por ser residente de una zona que no controla la pandilla. Me dice que regresa, la terminal está  a unas cuadras pues no quiere perder su bolsa y tiene la esperanza de encontrarla, me encarga su mochila que está en la cajuela del auto. Sale y le digo a la mesera que no me trajo la coca cuando pone el plato con huevos con frijoles, los cuales me gustan, pero no le pedí eso. Me pregunta si sirve el caldo y le digo que no, porque el señor salió unos momentos pero regresa.

Hago tiempo, recuerdo mis meses en el Salvador y siento una dolor por las circunstancias que me cuenta y que me asegura no las dice para causarme lástima, le creo, ¿por qué no? Termino mis alimentos y espero unos minutos, no puedo irme aunque sabe donde localizarme. Llega Jorge feliz y me dice que recuperó su inversión, me muestra sus jarrones manufacturados  con latas de refresco, sus animales con limpiadores de pipas.

 

 

Me regala unas flores y un jarrón, le digo que no es necesario pero insiste, Gracias, Sabe la gente ayudaba antes más, pero hay muchos mexicanos que se hacen pasar por migrantes y piden dinero y ya no es tan fácil que le ayuden a uno, a veces nos dan 5º centavos un peso, pocas veces 5 y menos 10, pero vendiendo mis artesanía quiero llegar a Guadalajara porque ahí hay varios albergues donde le dejan a uno vivir un mes, así junto para una renta y ya me pongo a trabajar esto y puedo mandar a mi casa dinero.

 

 

-          Por favor el caldo del señor, le digo a la mesera que aunque lo ha visto no le sirvió la coca

 

-          ¡Se me acabó! Como se fue el señor pues lo servimos, dice casi regañando a Jorge

 

A la mesera le hago notar su actitud y Jorge le pregunta que si lo trata así por ser migrante. Señalo la mala intención que desprendo de la reiterada actitud que ella tuvo y tiene con él. Pago y le digo que vayamos a buscar su caldo de pollo. Con la molestia estaba dejando sus flores en la mesa.

-No se enoje ya estoy acostumbrado, me dice.

Al final se comió un mondongo, no encontramos un caldo de pollo. Lo dejé en el restaurante a unos metros de la iglesia y le pedí que de encontrar al padre y llegar a un arreglo para que lo ayude que me busque para seguir la plática.

 

Me disculpo porque tengo que retirarme. Ya no pidió coca, sino una jarra de agua de naranja.

 

Dice la iguana que ella es migrante y que yo también, que bueno que no pidió caldo de iguana porque ni hay por aquí. Le digo que me dolió la actitud de la mesera y pienso en todo lo  que Jorge me contó en poco más de una hora. Le creo. Le confieso a la iguana que se pone a mascar que lo bueno es que no me gusta el caldo del pollo y menos si me lo sirven como nos trataron por ser Jorge, yo y ella, migrantes…por ser migrantes,  de lo cual hablaré mañana en mi programa de radio “Desde la oTredad”.

 

 

 

 Luis Fernando Paredes Porras es educador y comunicador  mexicano, dirige el Centro para el Desarrollo de las Inteligencias Múltiples, CDEIM y www.sabersinfin.com sureste.

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