El Silencio
Minuto a Minuto

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Relato

No quiero decir nada,
porque no sé, porque no puedo,
porque no quiero decir nada.
Quiero hablar, barbotar, hacer ruido,
como una olla con su escándalo de agua.
Jaime Sabines.


…tocar la mano de un desconocido
en un día de piedra y agonía
y que esa mano tenga la firmeza
que no tuvo la mano del amigo;
probar la soledad sin que el vinagre
haga torcer mi boca, ni repita
mis muecas el espejo, ni el silencio
se erice con los dientes que rechinan…
Octavio Paz.

Lo recuerdo bien, fue el año del lunes negro; la época en la que entendería de una buena vez por todas que yo -el burro por delante- y toda mi generación, a lo largo de nuestras existencias; no escucharíamos palabras dististas a crisis, carestía, inflación, déficit, devaluación, etc. Esa insana manera de vivir a las costillas de los EUA; si se caen, ahí vamos con ellos, si se levantan, se sacuden con nosotros. La Renovación Moral se iba a la mierda junto con todas las buenas intenciones del presi casi saliente de la Madrid ha Hurtado, que en meses recientes se metió en un pedo moral cabrón por no tomarse sus antidepresivos y concederle a Aristegui una interview.

Mismo año en que en la telera, durante el horario estelar en Televisca, proyectaban ‘Cuna de Lobos’, cuya música era de lo más rescatable por tratarse del pianista Pedro Plascencia QEPD. Recuerdo la parálisis que causaba esa madre (la novela), incluso era un viacrucis ir a la tienda a comprar algo sin tardarse (hasta el tendero la veía). Después del desenlace de este churronoveleroparadoñas, Jacobo Zabludovsky dijo al iniciar su noticiero: ‘Mexico ya está tranquilo…terminó Cuna de Lobos’.

Año en que las marquesinas nacionales se iluminaron con los estrenos de dos películas que me encantaron: La Bamba -que nada tiene que ver con conocido tugurio arrabalero ubicado en el primer cuadro de la Ciudad de Poza Rica Veracruz- y Robocop.

1987 -para no hacerle tanto al dengue-, era el año en que murió Chava Flores, año en que se trasplanta la materia oscura (no es coca cola) con éxito en Mexicalpan de las tunas. Año en que después de la tremenda derrama económica dejada por el mundial de fúrbol, todo el país se preguntaba ¿a quién benefició esta parafernalia protagonizada por ‘Pique’? El dólar estaba por arriba de los dos mil viejos varos, era el año de Mc Giver, Los Simpson, del prefijo Diet y otras cosas retacadas de fenilalanina.

Lo cíclico regía nuestras vidas de manera total (siento que hoy en día ya no tanto); las estaciones del año, las frutas de temporada, los juegos –yoyo, trompo, canicas, piedras, burro 17, policías y ladrones-, lo que decía papá o mamá, la maestra, o la abuela, la vida, la creación de vida, la muerte. Creo que hasta las mujeres eran más regulares en sus ciclos vitales.

Año en que éste que escribe con sus 11 añejos, casi 12, cursaba su sesto, setsto, sepsto, sexto año de primaria, lleno de preguntas, o de respuestas que dejaban más preguntas que las originales. Época de la vida en que desconfiaba de todos por esa súbita llegada de la adolescencia y de la precocidad que traía arrastrando de años atrás. Después entendería el papel que me tocó desempeñar dentro de mi familia tan normal. En México, en cualquier época y para cualquier empresa incluyendo la familiar, un chivo expiatorio es imprescindible.

SSS -su seguro servilleta- debía entonces comportarse a la altura de las circunstancias haciendo incluso de la cosa más vanal y sencilla, toda una faena. En la escuela, no era la excepción y por encargo de mis jefes, la profesora me traía entre cejas.

Pertenecía a la escolta de la escuela y era el Tomandante Orangutanez en turno. Eran los lunes de pantalón blanco, de corbata desaliñada, de peinado de muñeco de plástico con olor a limón, de paso redoblado a destiempo, conversión súbita a la izquierda o a la derecha, o alto, ésta y muchas otras cosas más, me traían marcando el paso, dos por segundo.

Una de ellas era (es) el temor a la muerte. Si había algo que en ese entonces me traía frito, era en pensar de manera ineludible en la posibilidad de que algún ser querido me faltara –aún ahora, uno no deja de ser un egoísta, ese niño que aún baila por ahí e insiste, pretende que las cosas siempre serán iguales-.

Mi abuela estaba en la mira –según yo- de esa huesuda que por las noches nos visita y nos congela las orejas. Fueron noches en vela cuidando que esa anciana a la que adoro no se quedara dormida muy a la orilla de la cama a la mano de Tánatos; noches en vano pues ese cierzo de ausencia llegó , sin avisar, un día de esos que yo anda papaloteando, 16 años después de ese entonces, mi vieja faltó; lo único que no cambió para nada es el hecho de que me dolió hasta el tuétano/médula y de que aún hoy día la extraño como siempre; –recuerdas cuando hablaban de la muerte, decían que era un futuro interminable, ahora que pasa, ¿dónde te encuentro?-.

Esos días de borrasca en que no se aguanta ni uno mismo como indigente, crudo, diarreico y flatulento, llegó la oportunidad de poder decir algo en referencia a la muerte. Falleció el papá de una compañera de salón de reciente ingreso y la mayestra nos dejó como tarea la samaritana labor de escribirle en una carta nuestros pesares, condolencias, palabras de ánimo y demás cosas que se acostumbran en estas ocasiones.

Para variar, totalmente fuera de onda, mis oídos cerillosos; y mi cerebro inmaduro lleno de pedernales menos, captaron la instrucción precisa de la tarea-recado para nuestra nueva doliente. Llegó el día siguiente y ya saben, se siente bien feote no tener lo que te piden y más en mi caso, pues en casa querían volverme mártir ante la menor provocación.

-Jóvenes, favor de arrancar la hoja donde escribieron la carta a su compañera fulana de tal (fue tal el susto que ni del bendito nombre de la niña me acuerdo), vamos a su casa a entregarle de mano de cada uno de ustedes el detalle que tuvieron a bien hacerle-.

Si cada uno vive distintos Apocalipsis, éste era uno de los míos, en donde lo que ocurre a tu alrededor ya no importa, porque sabes que afuera del salón se encuentra tu payaso personal y sabes que te aguarda para cargarte por mucho tiempo, ‘hasta nuevo aviso’, ‘hasta que me canse’, ‘hasta que te curtas, ¡chamaco cabrón!’.

Heroica Puebla de Zaragoza, a hueves a las mueves o mamartes a las des, del mes fulano de 1987. Era el comienzo de toda hoja en ese entonces y que regularmente adelantaba en mis ratos de ocio. Pero de las líneas inspiradas en mi empatía con el suceso de luto, ¡ni madres!, ni medio renglón.

Mecánicamente arranqué la hoja como todos los demás, una hoja en blanco, eso sí con la fecha, ¿cómo chingados no?. La doblé en dos, luego en cuatro (así me imaginé, en cuatro y clamando por mi trasero) y nos enfilamos a la casa de la chiquilla cuyo rostro sin duda alguna cambió de expresión al vernos llegar en bola para brindarle nuestro apoyo.

Después de estrechar su mano y su pequeño cuerpo con un abrazo, entregué mi carta.

Insisto, y no me retracto, es la mejor carta que he escrito en referencia a la ausencia y la muerte, simplemente a la fecha no tengo algo en mente para mejorar tal proeza.

Creo que el silencio en el momento oportuno puede llegar a ser tan satisfactorio como en las canciones y melodías. Un minuto de silencio plasmado en una hoja eso si con la fecha para saber en qué pinche día vivimos.

Hugo Islas 2

 

Hugo Islas (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.) radica en Puebla, es amante de la música y las letras.

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