Inés eterna
Minuto a Minuto

22 de mayo de 2012

Amanece, se gesta el invierno. La oleada de nubes trasluce el color salmón. La ciudad despereza sus huesos errantes.
El viejo edificio  donde vivió Inés espera que el sol  caliente sus torcidos nudillos,  sus doblegadas falanges.
Inés está muerta,  yace tirada en el suelo, abrazada al silencio. En el rostro tiene un rictus de espanto,  sus ojos  abiertos  delatan  escenas de horror, la boca conserva en los surcos  el relleno rojo que pintó los labios para el último día del camino.

Dos días han pasado, irónicamente el teléfono llama.
Nadie lo escucha.
Sombras negras  pasan por el quicio de la puerta.
La casa de Inés amanece  fría, un mar de sombras se filtra por las estrías del silencio, el atole y la infusión de verduras se quedaron sobre las cuatro parrillas,  en la mesa  la tasa no contiene los residuos cristalinos que por la noche reflejaron  los colgajos de su rostro. Inés ya no habla con los fantasmas que la siguen  con el rostro  enmarcado sobre el librero.
Hoy el espejo  no refleja su seño fruncido  retando al pasado.
_  ¿Dónde  están  todos, cuándo se han ido?_
_ ¿Quién maneja esta  lista? _
_ ¿Porqué  me han dejado?_
Sombras,  penumbra, cascajos en la memoria,  huecos negros, sordos, y una cuenta regresiva que va sobre el rodillo imantado que la regresa al pasado.
Para Inés el tiempo es una pareja magnetizada:
_Hoy,  ayer,  empieza, termina,  son  burbujas suspendidas  en el aire_
Inés resopla sobre la mesa; el vaho de su aliento opaca el brillo,  por su labio inferior resbala la incontinencia ,  la mesa luce el jarro bruñido  con las flores marchitas , dentro  se  pudren  los tallos; las  piernas de  Inés están llenas de caminos bloqueados por burbujas de sangre, supuran la pus del tiempo.
El cuarto menguante se instala en su espalda fría, azulosa,  húmeda,  brillante, lejana. Le  duelen los años, le anticipan el juicio.
La vida juega malabarismos en la esquina de su calle, es vecina de ratas que se arrastran por los muros, ratas que se meten por rendijas, por grietas de edificios comunales, ratas negras que se ríen de sus aires de princesa vieja.
El polvo de Inés  forma una capa que cubre los  viejos  muebles de cedro.
La cubierta de la mesa se sostiene sobre dos arpas, es el escondite perfecto de su noble infancia.
_ ¡Inés no te escondas!_
Inés  escucha a su madre en otro plano; los oídos de la niña clausuran  la entrada a sus gritos,  en ese momento su pecho está abierto, es el nido de pájaros  blancos que vuelan para convertirse en duendes que danzan en la ronda donde ella es la princesa.
Salen a la calle entrelazando los brazos. Inés debe evitar mezclarse. Un golpecito en el codo la pone alerta para mirar al frente.  Alinear el paso sobre la línea imaginaria que debe seguir, fruncir el entrecejo para rechazar a  la gente.
Al porqué de sus preguntas  le responde  con un signo de altivez que la niña sita en los desplantes del andar tieso,  prevenido de su madre.
Inés es alta, puede mirar sobre las cabezas de las mujeres hechas en serie, como si fuesen llamadas a un  ejército  de iguales. Mujeres de rostro alunado,  sobre un fondo café desmanchado.
Inés sabe que la línea de sus cejas es de naturaleza arqueada, altiva. Sus ojos proyectados tienen olfato, huelen lo rancio de la gente común que la rodea, los cierra al sentir el asco de lo que considera fuera de ella.

_Dios  a veces se cansa,  su prisa lo hace equivocarse, me trajo a este ambiente al que no pertenezco, donde todo me estorba_
Poca  gente es digna de estar junto a Inés de  entrar en competencia con ella. 
El líquido de sus ojos está lleno de furtivo morbo;  perversa y torpe, la obviedad  la ridiculiza, la margina.
Inés camina por las salas del  hospital.
Hace treinta años que recorre sus pasillos vigilando a la muerte;  ella se encarga de coordinar, de  ver  terminar  el producto humano.
Ante sus ojos, día a día, pasa la vida enredada  en la madeja mortal de seres aplastados, triturados por el dolor de las enfermedades que les  extirpan la vida.
Inés se fastidia ante tanta  vulgaridad;  vómitos, sudores, sangre, los humores  que impregnan los cuartos de un raro olor a bouquet  de flores negras.  El olor a  muerte es disimulado con aromas del campo.

Sin asomo de emociones que debiliten su poder, cada noche se encarga de dar la tan temida noticia.
_ ¿Quiénes son los familiares?_
Los cansados dolientes, no quieren enfrentar su propio miedo.
Inés eterna  ya se sabe la escena.
_ ¡No, no, no puede ser!_

Por la noche regresa a su casa, alumbrada por los faroles  que reflejan la luz en las lozas mojadas;  la antigua calle ensambla fantasmas.
Casi todos los comercios han cerrado, quedan algunos empleados  que bajan con fuerza las pesadas cortinas.
Inés camina sola;  una, luego dos calles, escucha  pasos que avanzan muy cerca, acelera el paso en la angosta banqueta, se tranquiliza por un momento al  ver  a  un hombre que pasa cerca de ella,  para los dos el tiempo esta noche no concuerda, es tarde, los portones ocultan sus patios palpitantes.
Las ratas la espían. Es el momento que han estado esperando, la oscuridad flirtea con ellos,  sus ojos alumbran detrás de los muros, la noche glorifica su existencia,  tiende su  seda oscura, el mundo nocturno inicia en cada calle, en cada  esquina.
Inés se detiene ante la reja de forja  con ornamentos que evocan la naturaleza,  las manos le tiemblan mientras abre el primero de los dos candados que cuelgan de la oreja de hierro.  Siente que la figura de la llave no checa en la ranura, ladea la cabeza a un costado y a otro. Un calor que pareciera salir del suelo le sube por las veredas de sus hinchadas piernas.
El pecho le repiquetea.
Por fin,  la reja está abierta;  respira profundo;  ahora logra cerrar más rápido. Se detiene al pie de la escalera, los doce escalones le parecen el doble.
No hay nadie en el pasillo, Inés comprende que los vecinos se encargan de arruinarse la cena. Chasquea la boca con fastidio.
Ya más tranquila entra a su departamento. Inés se quita el abrigo, bosteza,  se estira, se sienta para descansar en su sillón preferido. Es en ese momento  escucha ruidos, alguien está abriendo la ventana.
La acción es rápida,  ya están adentro. Dos engendros de este atormentado tiempo están frente a ella, el reto es disparejo; Inés tiembla, su grito es mudo.
Los jóvenes le han venido a decir que para ella este es el último día.

Caminan hacia Inés  enajenados, convertidos en espejos solitarios que reflejan su  inútil poder.
Absortos por el torbellino de su estupidez,  se dejan llevar por el silencio excesivo, han olvidado el simple robo  por el que venían; el corazón les arde.
Están aquí, nadie escucha lo que ellos: los sonidos de las tinieblas.
Se lanzan sobre ella  por turno, levantan el puño que envuelve el cuchillo para acallar el corazón de Inés.
Hecho todo silencio, los ladrones  salen, todo es poco para sus deseos oscuros.
Los vecinos no escucharon, duermen su sueño tardío.
La huida delirante de los dos ladrones terminó con el orden en el librero. Sobre la alfombra roja voló el pájaro de las letras, el libro de las horas de Rilke,  su corazón sangrante dice:
“LA SOLEDAD ES COMO LAS LLUVIAS QUE SE ELEVAN DEL MAR Y AVANZAN POR LA NOCHE…
… LA SOLEDAD LLUEVE EN HORAS INDECISAS: CUANDO, AL  AMANECER, LAS CALLES SE VUELVEN NUEVAS, CUANDO LOS CUERPOS, AGOTADOS DE DESPRECIO, SE SEPARAN, INSACIADOS Y TRISTES, CUANDO EL ODIO COMPARTE EL MISMO LECHO: LA SOLEDAD, ENTONCES, DERIVA CON LOS RIOS.

 

Leticia_Daz_Gama

 

Leticia Díaz Gama amante de las letras radicada en Puebla, México.