DULCES SUEÑOS
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DULCES SUEÑOS[1]

Por: Marcos Díaz Oriol[2]

La Paz Baja California Sur, México, febrero del 2002.

Eran las ocho de la mañana y nos alistábamos a salir al mar, Víctor y yo preparábamos  nuestro equipo personal y Mora el de los clientes;  llevábamos más de 5 días de recibir pura teoría, y por fin había llegado el día de hacer las primeras prácticas de buceo para obtener la certificación de Divecon.

El maestro que me había tocado para el curso lo sentía más enamorado del dinero que del buceo, pero no por eso la aventura sería diferente; la decisión de ser instructor de buceo era muy firme en mí y por nada del mundo me iba a detener, no sabía cuanto tiempo faltaba para ese momento, pero las gaviotas de la marina esa mañana y los pelícanos volando sobre los veleros me hacían sentir que ya estaba en el camino correcto.

Ocho cuarenta de la mañana, el machacas arrancaba el motor y le indicaba a cada quien su lugar dentro la embarcación, Mora se sentaba junto al Capitán encima de la hielera y  yo en algún lugar junto a alguno de los clientes, esta vez eran italianos, una pareja de edad avanzada que tomaba vacaciones en las costas de México.

La Carey, así se llamaba la embarcación, era la primera en los slip de la marina…los slip son los lugares donde cada embarcación atraca…como los cajones para los autos en los estacionamientos, así que pasamos por todos los barcos, lanchas, y veleros de la marina para poder salir; para todos los citadinos era realmente romántico ese recorrido, pero no para el machacas un viejo lobo de mar que toda su vida había estado encima de una panga, algún camaronero o simplemente en la lancha de su papá sacando algo para la cena.

Ese día era nuestro capitán y nos platicaba historias del mar en el camino.

  

Para salir de la bahía hay que recorrer casi toda la playa del malecón, pasando por dos marinas y la zona de cruceros, después lo que sigue es atravesar el canal de San Lorenzo, ahí las corrientes llegan a ser muy fuertes, pero ese día el mar está en calma, pareciera que nos daba la bienvenida por primera vez, como diciendo: “Estas son mis aguas disfrútenlas, siéntalas, pero no me ensucien por que enfurezco”. Cabe mencionar que cuando el mar es calmo, la embarcación planea más fácilmente y no hay movimientos que provoquen algún mareo en la tripulación.

La pareja de italianos estaba feliz, era la primera vez también de ellos, así que el grupo lo conformábamos la pareja, Víctor mi compañero de curso, el machacas y Mora el guía, llevábamos como cincuenta minutos de navegar cuando el machacas detiene la embarcación cerca de un cantil donde pareciera que hace cientos de años se hubiera partido por la mitad, dividiendo así  la isla del resto del continente.

- ¡Miren allá! -señaló hacia la parte más alta de aquel cantil.

-Es un nido de águila pescadora, ahora no se encuentra, seguro fue por el desayuno de los aguiluchos.

Todos en la embarcación tratábamos de imaginar cómo llegaría aquél ave majestuosa con algún pescado en el pico.

Prrrrrrrrrrrrrrrr, aceleró a toda marcha de nuevo, pasamos por muchas playas e islotes, la vista era de lo mejor.

- Éste es el gallo y aquella es la gallina -decía el machacas señalando dos pequeñas islas a lo lejos.

- Esa de allá la ballena.

Ni que mencionar, aquella isla tenía toda la forma de una ballena, por cierto, enorme, ya que de aquella formación de islotes la ballena era la más grande. Cuando pasamos más cerca de ella costaba trabajo poder observar la punta, pues el sol estaba en la misma dirección, y esos soles del desierto sí que son potentes, experiencia suficiente de no volver a olvidar los cotizados lentes de sol.

- Allá está el campamento de los Funbaja -decía el machacas.

- Esos vatos si que llevan grupos grandes, ¡Puro japonés!

Y hacía una mueca en el rostro viendo a Mora, como diciendo: ¡no como nosotros reata!, expresión que no agradó mucho a Mora, pues él en su grupo más grande de buzos llevaba a unos ocho cuanto más, y no acampaba como los de guías de aquella empresa.


-La Tijereta, comentó el machacas.

-Acá cuando buceas logras ver bastantes tortugas, pues se protegen de las corrientes con aquella piedra.

-Y allá reata son los islotes, Me decía al mismo tiempo que giraba hacia la derecha el timón, logrando una perfecta curva en la estela de la panga.

-Los islotes es una formación rocosa que alberga la colonia de lobos más grande de la región, los lobos alcanzan un peso de hasta 500 kilos y  son territoriales, cuando se metan al agua no se acerquen a las piedras.

Comentó Mora a todo el grupo, con una entonación casi mecánica, como si fuera la vez un millón setecientas mil veces que lo decía.

El machacas se perfiló hacia un grupo grande de lobos  y le advirtió al guía de donde aventar el ancla, acto seguido apagó el motor de la panga y se recargó en el asiento, como esperando a que nos echáramos para poder dormir una siesta.

-Ustedes primero…dijo Mora, el guía, refiriéndose a Víctor y a mí.

Me voltee hacia el machacas con cara de… - ¿y ahora qué hago?...  ya que de los dos era el que más confianza me daba.

-¡Tírate reata!, nomás no te acerques mucho a las piedras.

Me habían prestado un wet suit que me quedaba un poco apretado, pero al contacto con el agua me parecía muy cómodo. Los italianos iban a snorkelear, así que el machacas debía de vigilarlos ya que nosotros íbamos a bucear y el guía nos llevaría, adiós a la siesta debió pensar el capitán.

- ¡Todos listos, vamos a sumergirnos!

Alistó, el guía….no llevaba suficientes buceos como para despreocuparme de todo y disfrutar al cien el buceo, aun vigilaba constantemente mis instrumentos, vaciado de máscara, compensación en el chaleco de aire…etc., la delantera la llevaba Mora siguiéndolo Víctor y rezagado al final yo.

-¡Ok! -nos dice con una seña Mora, - ¡Ok! -contestamos Víctor y yo.


Víctor no era una persona común y corriente, él era somelier en un prestigiado restaurante de San Diego, de esas personas que te recomiendan un vino según lo que estás comiendo; se había dado un año sabático junto con su pareja para vivir en La Paz, y había aprovechado para tomar el curso de guía y trabajar algunos meses de eso.

De pronto toda mi atención se fue hacia mi snorkel, algo o alguien me daba jalones y no lograba ver nada, de pronto y como si fuera impulsado por dos motores de  trescientos caballos, pasó frente a mí un lobo marino como de unos ochenta o noventa centímetros, era un cachorro de lobo, bastante travieso y muy curioso, como cualquier niño de ocho años, no dejó de observarme ni  tampoco yo  a él… era mi primera vez con esos animales y aun no estaba muy seguro de que fueran cien por ciento inofensivos.

En ese buceo yo creo que vi más rock fish que en ningún otro buceo, no se si fue por la época, o por la profundidad, o por que Víctor me platicara demasiado de ellos  durante el viaje, lo que si se es que es impresionante como se pierden entre las rocas, pues como su nombre lo dice son pez roca, pero mencionaré su nombre en inglés, ya que es como internacionalmente se cataloga el nombre de los peces; vi mi manómetro y marcaba 1,500 libras, nada mal para un buzo novato, llevábamos apenas unos treinta minutos a una profundidad de 60 pies,  unos metros más adelante vi a lo lejos el fin de la piedra y nada más se veía, sólo el azul profundo del mar, lo bueno es que dimos vuelta para pasar por un arco, y no fuimos a ver que misterios escondía el mar.

Logrando pasar por unas piedras bastante amenazantes de cortarnos, o de que algún rock fish lograra escabullirse y nos picara con una de sus púas venenosas, llegamos a una parte bastante baja, pero llena de familias de lobos marinos…salimos a la superficie un poco y los sonidos de los lobos llenaban aquel lugar de alegría, era como si todos siguieran la batuta de algún director de orquesta no identificado.

- Vamos a la embarcación, advirtió Mora, llegamos al cabo del ancla, lugar muy común para detenernos mientras uno a uno van subiendo a la embarcación.

- ¡Qué tal pipope!, ¿Cómo te fue, no viste sirenas? -me saludó machacas.

-¡Cabrón, cuantos plomos le pusiste al cinto!, me gritó al tiempo que le pasaba el cinturón de plomos, ya que es lo primero de lo cual debes desprenderte al salir del agua, y mi cinturón tenía algo así como 20 libras…ya que no quería que me faltara peso, pues había tenido esa experiencia anteriormente y gastas mucho aire y energía para mantenerte sumergido.


-¡Arrivederchi!, -gritó Mora para indicarle a la pareja de italianos que ya era tiempo de irnos.

Mientras subían los snorkeles, me tomaba una soda, como le llaman allá al refresco de sabor, era realmente una delicia quitarte el sabor salado del mar con un refresco helado y dulce.

- ¡Vámonos! -gritó el machacas al mismo tiempo  que encendía el motor.

Poco a poco se fueron alejando los sonidos de los lobos y las aves que revoloteaban aquellos islotes, cuando por fin sólo se escuchaba el ruido del motor, nos empezábamos a acercar a una de las playas de la isla.

-¡Bienvenidos a mi oficina! –gritó Mora.

Aquella playa era la más bonita, magnífica, impresionante que había visto en toda mi vida, los colores del agua cambiaban del azul al verde, cristalina y llena de vida, se podían ver fácilmente mantarrayas, pez aguja, baloon fish, con muy poca profundidad, realmente parecía una gran alberca, como del tamaño de una cancha de soccer.

La panga lograba llegar hasta la arena, levantando el motor con un sistema hidráulico para que la propela no tocara con el suelo. Mora bajó de la embarcación unas sombrillas y sillas para todos, noté que a las cuatro patas de las sillas les faltaba la mitad, razón para poder enterrarlas fácilmente.

-¿Qué quieres pipope, naranja o coke?

-Naranja machacas, gracias -respondí

-Ten tu panino, pero abusado con los pinches pajarracos esos -se refería a las gaviotas que esperaban el momento de distracción para robar algo de lunch, para mí todo era un espectáculo, las gaviotas eran del tamaño de una gallina ya buena de peso para cocinar, y emitían un chillido constante, como reclamando que les dieras algo de comer.

El panino estuvo buenísimo, no era para menos, ese día en la mañana sólo había tomado un café en el centro de buceo, y esperaba el momento de comer lo que nuestra excursión ofrecía, era un estudiante, lejos del hogar, con poco presupuesto, no obstante me daba tranquilidad vivir  cerca del mar, ya que en el peor de los casos  el mar me daría mi alimento.


-Ya vas a fumar pipope? -me dijo el machacas  mientras encendía un cigarrillo.

Me sentía pleno, dichoso, feliz de estar ahí en ese lugar, con esas personas, la pareja de italianos había ido a caminar, no platicaban mucho con nosotros y no creo que el idioma fuera el problema, pues había tenido  experiencias con personas que no hablaban español pero aun así buscan expresar algo, más bien pienso que venían en su viaje y nosotros no éramos parte él.

-Conoces la almeja chocolata?

-No machacas

-De lo que te has perdido pipope, es un manjar y aparte hace que se te pare la reata en la noche con tu morra.

-¿Donde la venden?

-¿Cómo donde la venden pipope? a 30 ó 50 metros de donde estamos la puedes sacar, vas a ver, la próxima vez que salgamos sin clientes sacamos almeja, para que se te pare la reata ja, ja, ja, ¡con el chino con quien vives!.

-¡No es chino, es coreano!, y no quisiera que se me parara la reata con él, ja, ja, ja, ja.

Paul era el nombre de un coreano con quien me hospedaba en La Paz mientras durara mi curso de divecon.

-¡Arrivederchi! -gritó Mora para alertar a la pareja que se preparara para el regreso a la marina.

-¡Empuja pipope!…me decía el machacas para lograr desencayar la embarcación del mar.

-¡Súbete pronto!

De un salto ya estaba dentro de la carey.

prrrrrrrrrrrrrrrrrrrr

Aceleró el machacas y giró el timón para perfilarlo hacia La Paz de regreso.

-¡Mira! -me dijo señalando un montón de agua salpicada, como la que saca un clavadista.

-¿Qué era eso? –pregunté.

-¡Mira de nuevo! –dijo.

Ahora sí estaba viendo el lugar correcto, a la hora que me decía, aun así no lograba descifrar lo que era; era algo muy extraño, no le encontraba forma a lo que saltaba en el agua.

-¡Es una manta! salta así dejándose caer de nuevo para chocar con el agua y así lograr quitarse los parásitos que se le pegan, y también son riquísimas con huevo en machaca.

Ahora iba entendiendo el por qué le decían así al capitán Lucero

-¡Mira!

Y de nuevo otra saltó, y una más, era la hora en que les gusta saltar, más de veinte vimos esa tarde.

De regreso volvimos a pasar por la isla Ballena, La Gallina y El Gallo, sólo que ahora unas aves extrañas revoloteaban su cumbre.

-Son tijeretas pipope.


No había ni qué preguntar, la cola de esas aves se abría en dos partes como si fueran tijeras.

-También les dicen raviahorcados, pues viven en parejas y cuando su pareja se muere se ahorcan con las piedras.

No comprendía como un ave se puede ahorcar con una piedra, pero no le pregunté, pues el águila que no pudimos ver en la mañana, llegaba majestuosa al nido, dando vueltas sobre nosotros, sin mover sus alas, parecía que estuviera flotando sobre el aire.

-¡Qué orgullosos estarán los aguilochos con ese padre! –pensé.

Una de las aves más hermosas que habitan nuestro planeta, en algunas ciudades les ponen postes en el malecón para que ellas puedan hacer sus nidos, y tengan cerca el lugar donde surten la despensa: el mar; verlas pescar es fascinante, cómo dan vueltas por encima de los 80 o hasta 100mts, y desde allí logran ver una sardina o un pez de tan sólo unos 20 ó 30 centímetros de largo, y calculan la profundidad del mismo, ya que en un intento perfecto se dejan caer del cielo a una velocidad sorprendente atrapando así lo que será el desayuno de toda la familia.

-¡San rafaelito! -comenta Mora, señalando un faro que se encuentra muy cerca de la bahía  de La Paz.

Son casi las cuatro de la tarde, Mora se levanta en la embarcación para dar el defreafing, advertir a los clientes que dejen sus cosas y se dirijan a la oficina para firmar sus bitácoras.

Me quedé ayudando a enjuagar los equipos, pues un buen guía debe de tener siempre ordenado y limpio el material de trabajo…Mora ya se había ido con los clientes a la oficina y el machacas, Víctor y yo nos tomábamos las sodas que sobraban platicando de lo que habíamos hechoy visto; el machacas a cada comentario le añadía más datos de su experiencia viviendo en esa costa.

Eran como las cinco de la tarde, cuando entramos a la oficina y saludamos a Cinthya , quien es la encargada de programar las salidas de buceo, además apoya en la oficina llevando cuentas y ayudando en alguna faena del centro de buceo, como  es la recarga de tanques.

-¿Cómo les fue chicos? -Nos pregunta Cinthya

-¡Muy bien! -contestamos casi a coro Víctor y yo.

-Bueno pipope, pues nos vemos mañana, que me espera un caldo de mariscos venenoso que hace mi señora.

-Adiós machacas, por cierto ¿le pone almeja chocolata al caldo?.

Ya no contestó, la pura sonrisa delataba que el machacas iba a disfrutar más que un caldo de mariscos, je, je, je, pensé que bien merecido lo tenía,  pues su trabajo lo hacia con muchas ganas y se veía que lo disfrutaba bastante, a diferencia de Mora, que pareciera que lo habían cortado con la misma tijera que Gabriel, el dueño y maestro del centro de buceo, pues sólo pensaba en cuánta propina habían dejado los clientes. Para su sorpresa sólo cinco dólares dejó la pareja de italianos, pues los europeos no acostumbran dejar propina, pues el precio ya lo incluye.

Aún así cinco dólares para un paseño no es malo, sólo hay una cosa que se puede hacer con cinco dólares, comprar un six de cerveza.

Ese día me regresé como siempre caminando por el malecón, ya que la casa donde me hospedaba quedaba muy cerca allí.

-Es el lugar perfecto para vivir –pensé.

Al tiempo que mi imaginación se disparaba para empezar a planear una de las aventuras mas sorprendentes de toda mi vida.

-¡Hola Marco!

-¡Hola Paul! ¿Cómo estas?.

-¿Vas a estudiar Marco?

-No Paul, ¿Por qué?

-Vamos al malecón, los atardeceres de La Paz son los mejores del mundo.

Efectivamente no estaba mintiendo, a los pocos minutos fuimos testigos de un atardecer de ensueño, se ponía el cielo con unos tonos rojos, que parecía arder el firmamento, después cambiaba a un color azulado como de fantasía, y en un instante se ponía el cielo en colores del negro viendo hacia el poniente y cada vez más claro hacia el oriente, con los pelícanos volando.

 Los pelícanos de esa región son muy diferentes a los del Atlántico, la bolsa que tienen para guardar los peces -el gañote- es con colores amarillos y verdes, con el sol brillan muy bonito.

Nunca había visto semejante atardecer, pareciera que toda la gente del malecón tampoco, pues todos detenían su andar o conversación para poder admirar esa puesta de sol.

-Las personas de La Paz deben de vivir así, como su ciudad: en paz –pensé.

Era como si el tiempo se detuviera, como si todos los animales de la tierra le rindieran un homenaje a Dios por ese momento de su creación.

-¿Y esto es diario Paul?

-Ja, ja, ja, no, a veces más bonito Marco.

No podía dejar de pensar que ahí es donde debía vivir, era el lugar que siempre había soñado, era mejor de lo que hubiera podido imaginar… realmente era un paraíso.

-¡Vamos  Marco!, Nadia hizo de cenar para ti.

-¿Para mi? –pensé.

Nadia era la novia de Paul, ella era paceña y había conocido a Paul hace unos años, eran muy felices viviendo juntos.

-¡Humm, qué rico!, ¿Qué es Nadia?

-Machaca de mantarraya –respondió.

Recordé en ese momento lo que podría estar haciendo el machacas, después de comer caldo de mariscos con almeja chocolate, fue difícil contener la sonrisa.

-Bueno pues ya me voy a dormir, muchas gracias Nadia, a de estar muy contento Paul con tu guisos, son muy sabrosos –dije.

-A Paul le encanta comer, así fue como lo conquisté –dijo Nadia, y en ese momento los tres soltamos tan alegre carcajada que fue el mejor postre que pudimos haber tenido

Mi habitación era muy confortable, tenía una ventana que daba a un jardín hermoso que Paul cuidaba todos los días, yo disfrutaba perder mi mirada en el color del césped cada noche antes de dormir, y cada mañana con un café en la mano.

Sólo faltaba una cosa para completar aquel día tan  lleno de aventura, alegría, asombro y  magia, era dar gracias a Dios por permitirme vivir eso. No quise pensar más, me acosté y creo que por primera vez me quedé dormido con una amplia sonrisa y un sentimiento difícil de describir. 



[1] El presente documento es una anécdota.

[2] Marcos Díaz Oriol (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.). Sabersinfin.com agradece a Marcos Díaz Oriol su colaboración.