Amor en el Jardín del Edén (Cuento)
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10 de octubre del 2021

Amor en el Jardín del Edén

“Estoy enfermo del mal del abandono”, me dijo y casi de inmediato guardó silencio. En su jadeo pude entrever el estado de gravedad en el que se encontraba aquel hombre extraño, de caminar taciturno, siempre indiferente para con los demás. Ahora es una piltrafa. Sus ojos hundidos en cuencas oscuras mostraban un agotamiento atroz y las manos ya decrépitas con movimientos involuntarios, se aferraban a la mugrienta sábana que lo cubría.
El médico había dejado en el mueble, junto a su cama, varios frascos con medicamentos que, por su apariencia deduje que no habían sido utilizados. “El mal del abandono” -pensé reflexivamente-. Estaba frente a un hombre derrotado que moría, y eso me causaba un profundo estremecimiento. Ante este tipo de circunstancias los sentimientos afloran en emociones incontroladas. Las ideas e impulsos de mi mente, por lo pronto buscaron acción y mis manos asieron su vencido cuerpo para sacudirlo. Estaba exánime. Más tarde, después de ayudar con los asuntos legales asociados al fallecimiento y los arreglos de la cremación, llevé las cenizas de mi amigo a casa, sin saber de momento, dónde depositarlas.
Él era un hombre solitario, sus actividades de asesor de negocios en la compañía donde lo conocí, justificaban la mínima relación amistosa con un grupo de compañeros, quienes compasivos, soportaban en muchas ocasiones su malhumorado carácter. La personalidad de mi amigo, huraña a las relaciones afectivas, realmente lo habían marcado. “Diez años de caminar juntos no fueron suficientes para conocerlo” -pensé tristemente-. Mi insistencia para entablar una buena relación amistosa se fortaleció tal vez, porque advirtió mi genuino interés por su soledad. Aquella desconfianza, esa reserva ante los demás, no nos permitió intimar mucho. Vivía solo, su salud y apariencia personal, a veces descuidada, lo demostraba; sin embargo, por comentarios en voz baja de algunos compañeros, supe que había tenido alguna relación con mujeres de la empresa, pero con ninguna se comprometió.
Había ocasiones que, después de hablar sobre asuntos del trabajo y beber algunas cervezas, me miraba con profunda tristeza tratando de decirme algo. Intuí en su persona, una defensa invadida de temor de ser descubierto en el abandono que sentía y terminaba levantándose de la mesa para marcharse sin ninguna explicación.
Mi deseo para entablar una buena relación fue rechazado insistentemente, hasta que llegué a comprender su estatus de animal solitario.
Finalmente ahí estábamos. Yo preguntando y él, en la urna de cenizas ya reducido a la mudez sin escapatoria. Mis interrogantes sin respuesta para conocer más de su vida se fueron apagando en esa noche de sombras densas, con mi mente y cuerpo agotados.
Lo que sucedió después no puedo explicarlo ¿Fue un sueño? ¿Fueron las calladas respuestas de un muerto? No lo sé.
“Su caminar taciturno acompañaban mis pasos. La luz de la soleada mañana se entremetía alegremente a través de la tupida vegetación otorgando un cobrizo color al sendero sinuoso que nos conducía hacía un lugar desconocido. A cada paso tenía la impresión de caminar, pero sin obtener avance alguno. Los paisajes cambiantes, cada vez más asombrosos de una belleza inusual, me daban ánimo para continuar y llegar a un lugar evidentemente desconocido.
Así fue. De pronto, una luz cálida sumamente brillante, acompañada de sonidos combinados de notas sublimes y contrastes de adagios dolorosos nos detuvo, y aquel sendero se bifurcó desde un centro luminoso en tres opuestos. Por un lado una oscuridad tenebrosa, en cuyo seno, corrientes de aire turbulentas movían las aguas de un río y hundían pequeñas embarcaciones que circulaban sin rumbo. Por el otro lado, un camino que prometía vida y seguridad, se ensombrecía y resaltaba después del retumbo de truenos y ráfagas de luz cegadora. Más allá, inmensas llamas y alaridos desesperados, risotadas de lujuria y terror llegaban a nuestros oídos.
Como si anticipadamente hubiésemos acordado una suerte de comunicación sin palabras. Seguimos de frente y de repente como salido de la nada, se manifestó un ser alado deslumbrándonos cual sol de primavera y con un gesto de autorización abrió una puerta ante nosotros… un paisaje de indescriptible belleza hizo su aparición: fértiles valles regados por ríos, remansos de aguas cristalinas, distintas tonalidades de verdes en árboles, con frutos nunca antes vistos, y mecidos por un viento cálido que dejaba a su paso aromas exquisitos, al mismo tiempo con cambios inauditos se presentaba un cielo tachonado de estrellas o una luna llena desprendiendo hilos de plata que transformaban el verde paisaje en nácar de luces iridiscentes. Un paraíso inimaginable estaba frente a nuestros ojos “¿Un paraíso? ¡Sí, pensé! ¡Estamos en el paraíso. ¡Eso era el paraíso!”
Aún en estado de trance, sueño, o lo que fuera que haya sido, la cordura de mi mente alegó extravío y asombro. El embeleso ante aquel lugar me hizo pronunciar palabras de interrogación a mi compañero y al no obtener respuestas, mis ojos buscaron su presencia: ¡Había desaparecido! Extenuada grité su nombre recibiendo como respuesta sólo el silencio. Seguí caminando por el sendero y así arribé a la sombra de un gran árbol, de sus ramas pendían frutos deliciosos, y la lógica ansiedad despertó mi apetito. A punto de alcanzar un fruto, surgió siniestra, una criatura horrenda, mitad serpiente, mitad mujer.
Colgando de las ramas emitía, tan tétrica carcajada, que inmovilizó mis sentidos. En ese estado pude observar, a su sombra, la figura grotesca de un hombre con dos cabezas. Una de ellas con larga cabellera me hizo comprender que era una mujer forcejeando por desprenderse del torso del hombre, que al parecer, dominaba su cuerpo. Ante aquella semejante visión comprendí entonces, que era testigo de un drama recordado por la humanidad. El destino del Adán abandonado por una mujer que no quiso ser subyugada y que no permitió estar bajo la supremacía del varón. Se trataba de liberar. ¿Eran Adán y Eva? No. No eran, era un hombre con la cara de mi amigo que intentaba someter a la mujer. No era esa pareja amorosa, quienes juntos, decidieron conocer el bienaventurado saber del bien y del mal, en el fruto prohibido. Aquellos que por desobediencia fueron arrojados del Paraíso. Era la parodia cruel del hombre posesivo que, en su extraviado pensar, de no perder una compañía quiso someter a la mujer. El desgarramiento del hombre, para extraer de sus entrañas, la malsana conducta creada en la dualidad del bien y el mal. Recordé aquella leyenda hebrea de la primera Eva, Lilith, que se revela a los designios divinos, demonio rebelde hecho de inmundicia y sedimentos en lugar de “polvo puro” y que luchaba por su individualidad en resistencia y voluntad propia. Aquella primera mujer que cedió a generaciones futuras la idea de la erradicación de preceptos que esclavizaron la libertad de la mujer para ser una compañera, disfrutar sin distinción de género de lo bueno, lo bello y lograr la realización personal. La idea del amor sobre el bien querer, de aquella actitud de dar y recibir que no cumplía el significado del amor divino al crear a un hombre y a una mujer formando un solo ser fracasaba por egoísmo. La dominación del más fuerte era rechazada por una mujer y se cumplía la ley del libre albedrío.
La luz del amanecer acabó con mi pesadilla.
En la repisa de la vieja chimenea observé la caja de madera donde reposaban las cenizas de mi amigo y sin más, salí a esparcirlas a los cuatro vientos, con el deseo ferviente de que él encontrara un descanso a su espíritu.

Sarahí Jarquín Ortega, integrante del Círculo de Escritores Sabersinfin