
- VIVIR EL PRESENTE -
El escenario era inmenso. Hacía ya muchas horas que se había llenado. La gente en las tribunas gritaba con especial furor. Las banderas se agitaban en un cielo azul que se mantenía expectante ante la historia que estaba a punto de suceder. Los aficionados se frotaban las manos y reían nerviosos mientras alzaban sus plegarias para que su equipo se coronara esa tarde como el campeón de México. Niños, mamás, papás, abuelitos, tíos…todos estaban ahí unidos por una pasión, por un sentimiento, ese que despierta el futbol y que es capaz de reunir a familias enteras.
Yo era tan sólo un espectador de todo ello. En la cancha, mis propios nervios me consumían. No sabía si iba a ingresar al terreno de juego de inicio o lo haría más tarde. ¡Yo quería estar ahí!
Al anunciarse las alineaciones, la gente gritó emocionada mientras los jugadores titulares saltaban a la cancha y el árbitro revisaba que todo estuviera en orden para empezar el partido. Para ese entonces sabía que no me tocaba iniciar pero estaba seguro que mi compañero lo haría bien.
El árbitro silbó y el balón empezó a rodar. Era increíble pero yo estaba ahí, en la cancha, a un costado esperando mi turno, mi oportunidad. Mientras lo hacía mi mente no pudo dejar de volar al pasado para recordarme cómo es que había yo llegado hasta este momento tan importante de mi vida.
Nací en San Miguelito, un rancho escondido que se encuentra muy cerca de la Ciudad de Querétaro. Aunque para muchos, ese lugar no se podría describir como un paraíso para mí si lo era. Sus calles terrosas y empedradas que dificultaban el andar de sus habitantes también los había hecho personas de lucha, nobles y trabajadores. El pueblo se había quedado casi desierto. Sus escasos tres mil habitantes habían visto emigrar a sus familiares rumbo a los Estados Unidos en busca de oportunidades que les permitiera dar sustento a sus familias. La pobreza económica imperaba pero no la espiritual. Mujeres y niños colaboraban para mantener los hogares de pie y la vida en San Miguelito continuaba.
En esas condiciones nací yo. Las manos que me forjaron estaban agrietadas por las labores del campo, su textura era rugosa y su piel morena; pero, de sus dedos emanaba gran sensibilidad que se me fue trasmitiendo a medida que iba yo tomando forma, creciendo y sabiendo que mi destino estaba en el futbol.
Aunque no lo crean, desde que nací supe que mi vida iba a transcurrir en los campos de futbol. Es por eso que desde pequeño observaba como muchos niños y adultos se divertían en una cancha de futbol improvisada, llena de piedras y muy lejana en apariencia a los grandes estadios del mundo; pero ahí, el amor al deporte hacía que los grandes valores emergieran: amistad, compromiso, responsabilidad, justicia, nobleza y muchos más.
Mientras ellos jugaban yo iba aprendiendo. Los aprendizajes no fueron sencillos, algunos fueron muy dolorosos. Fue triste saber que dentro de mi familia se pasaba mucha hambre por la escasa demanda que había de balones. Las pláticas siempre giraban en torno a los recuerdos de cuando se vendían 700 al mes y ahora a duras penas se lograban colocar menos de 100.
Sin embargo, eso no disminuía el empeño de ellos por hacer de mí el mejor. Cuando complete la primera parte de mi formación, fui enviado a una comunidad cercana a San Miguelito a continuar mi preparación.
Otras manos se encargarían de pulirme. En la medida que lo fueron haciendo, conocí el valor de la unión y la solidaridad. Muchos se agruparon a mí alrededor para ir acomodando mis partes para hacerme uno. En este proceso comprendí el significado de la palabra “equipo”.
Unir no es fácil. Para hacerlo se deben tomar en cuenta las coincidencias de cada parte para que ahí, con un hilo delgado pero fuerte, abrazar una parte con la otra para que no existan fisuras que lo debiliten. El proceso es doloroso porque primero cada quien tiene que conocer sus propias cualidades ¡y nos cuesta tanto trabajo ver hacia dentro de nosotros mismos!. Después de ello se tiene que tener la sencillez suficiente para poner lo mejor de nosotros al servicio del otro. Saber que yo puedo hacer fuerte al otro y que el otro me hace fuerte a mí es una regla básica cuando formas parte de un equipo. Yo no puedo estar bien si el que está a mi lado no lo está. La solidaridad es lo que permite a un equipo salir adelante en cualquier circunstancia.
En San Miguelito, cuando alguien está mal, los demás ven por él. Cuando alguien tiene que marchar a buscar trabajo en otro lugar, las otras familias están al pendiente de su esposa e hijos. En el futbol si no te preocupas por conocer e integrarte con tu compañero difícilmente entenderás su forma de entender el juego y no te podrás comunicar con él.
Mientras estaba lejos de casa me hice de amigos. Ellos al igual que yo soñaban con el futbol, sabían que ese era su destino. Todos anhelábamos ir a un mundial o ser parte de un juego importante de la primera división. En esta época fui creciendo y pasando las pruebas de resistencia que demostrarían que era yo apto. Cuando quede listo, mis padres regresaron por mí para llevarme de regreso al hogar.
Fue grato para mí volver a ver esos terrenos baldíos y terrosos de San Miguelito. Sin embargo, casi al llegar había algo diferente en el ambiente. La habitual tranquilidad que envolvía al pueblo se veía interrumpida por grandes camionetas, personas con chalecos y cámaras que se acercaban a las personas para platicar con ellas.
La curiosidad me mataba ¿quiénes eran esas personas y qué querían? Se notaba que eran importantes porque la gente del pueblo les corría muchas atenciones y respondían sus preguntas. Uno de ellos se acercó a mi papá y le preguntó sobre la historia del pueblo. Fue así que escuche nuevamente la narración que acompañó durante muchos años mi infancia.
Hace no mucho tiempo existían en el pueblo 70 talleres que se dedicaban a la fabricación de balones de futbol; sin embargo, después en el país se empezaron a vender balones de otros países que ya no eran hechos a mano sino por máquinas por lo que se podían hacer más y a menor precio y fue así como los talleres fueron desapareciendo hasta quedar solamente seis, uno de los cuáles era de mi papá que desde niño se dedicaba a ello.
Don Domingo –preguntó el reportero- ¿usted cree que sus balones tienen la misma calidad que los otros balones?
-¡Por supuesto! –contestó mi padre orgulloso. Nosotros surtíamos a la primera división de balones. Con ellos se forjaron grandes historias. Grandes jugadores se formaron pateando los balones que aquí fabricábamos.
-Para muestra –continuo diciendo- vea esta belleza. Mi papá estiró sus manos y me tomó para mostrarme al reportero. Yo estaba orgulloso de que me presumieran pero también asustado de estar en otras manos.
-Es más, dijo mi papá, se lo regalo si me promete que lo lleva a un equipo de Primera para que jueguen con él y vean lo bueno que es.
-¡Cómo! –me dije en mis adentros. ¿Por qué mi papá hacia eso? ¡Me estaba regalando! ¡A mí!.
El reportero me tomo entre sus manos y le contestó a mi padre –Agradezco mucho el detalle Don Domingo pero la verdad es que no puedo aceptarlo.
-¡Vaya! –respiré aliviado. ¡Me salvé!
-Yo no puedo prometerle lo que me pide –continuo diciendo el reportero. Usted sabe que cada equipo tiene compromisos con ciertas marcas y a menos que lo usen para un entrenamiento…
-Lléveselo –insistió mi padre. Sólo prométame que lo intentará.
-Si así, lo acepto. Muchas gracias.
Fue de esa forma que el periodista me tomó entre sus manos y yo me despedí de San Miguelito. Durante todo el trayecto sentí el dolor de dejar mi hogar, mis amigos y quienes hasta ese momento con sus manos me habían dado forma y habían plasmado en mi su sencillez y generosidad.
-En verdad está bueno el balón –comentó el reportero- veré lo que puedo hacer por el viejo.
Nunca supe cómo le hizo Juan, así se llamaba el periodista, el chiste es que sin darme cuenta un día me llevaron a un lugar enorme donde me hicieron muchas pruebas y dijeron:
-¡Va! Lo pondremos entre los balones que se usarán en la final.
¿Suerte o destino? No lo sé. Lo que sí sé es que lo que me hizo estar en el lugar en que me encontraba había sido la pasión por el trabajo bien hecho de mi padre y la dedicación de todo un pueblo forjado en la lucha diaria y que a pesar de la adversidad nunca había perdido la esperanza ¡y seguía de pie!
Los minutos trascurrían, los gritos de emoción se ahogaban en las gargantas de los aficionados cuando una pelota pasaba cerca de la portería o pegaba en alguno de los postes. Yo estaba a la espera, deseando que el niño que me sostenía me lanzara al campo de juego en cuanto mi compañero saliera de la cancha. Ese iba a ser mi momento de gloria.
La palabra ¡Goooooool! retumbó el estadio en cuatro ocasiones. La gente se paraba, se abrazaba y pegaba de brincos. A pesar de todavía no estar en la cancha yo disfrutaba el espectáculo. ¡Era tan bonito ver a las personas reir!
El partido terminó con el marcador 2 a 2. Los tiempos extras me daban la esperanza de que en algún minuto entraría a ser parte de esa historia. Otro gol se anotó y parecía que ya había un equipo ganador pero exactamente en el último minuto del segundo tiempo extra el otro equipo empató. Todo se decidiría en los penaltis.
Estaba seguro que ese era mi momento. Cuando el árbitro se acercó para tomar el balón con el cual se definiría la serie yo estaba muy cerca, estuve en sus manos, me llevaron al centro del campo. ¡Iba a ser yo! ¡Si!. El primer tirador se acercó y…tomó otro balón.
El partido se resolvió en la primera tanda y yo no participe. En cuanto terminó el juego el niño que todo el tiempo me tuvo entre sus manos afuera de la cancha preguntó por mí y escuché que alguien le dijo -¡Llévatelo!.
Inmediatamente él corrió hacia mí y me abrazó con especial alegría. Sus latidos llegaron a mi interior y me llenaron de emoción. En ese momento supe cuál era mi real misión en la vida.
Álvaro, mi amigo, apenas llegó a su casa, se puso a jugar conmigo. Emulando lo que había visto en la cancha corría, diblaba, simulaba “túneles” “chilenas”, “paradones” y jugadas espectaculares. Vi que el chavo tenía gran talento y yo sería el encargado de compartir con él los valores que a lo largo de mi redonda vida había aprendido sobre el futbol: amistad, solidaridad, nobleza, lealtad, honestidad y humildad.
No tuve mi partido de futbol profesional, tampoco fui a un mundial pero sin duda la vida me dio el mejor de los destinos: enseñar. Hoy con Álvaro, continuó mi camino de aprendizaje, porque eso sí uno nunca acaba de aprender. Quién sabe, igual y con el tiempo me toca verlo a él triunfar en una cancha de futbol o en su propia vida entonces sabré que mi rodar por la vida no fue en vano.
*Juan José Cesín Vargas es catedrático del Benemérito Instituto Normal del Estado de Puebla, autor de los textos: "Educación para la vida y formación permanente: Futuro de las Escuelas Normales” y “Coro Normalista de Puebla. 45 años de alimentar el alma con sus voces”
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