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El ocaso del siglo XX dejó para el mundo infinidad de interrogantes y retos. Una nueva era marcada por la economía de mercado, el neoliberalismo y la sociedad del conocimiento exige nuevas respuestas a los tiempos de cambio.

La educación del siglo XXI en América Latina parece estar en una encrucijada. Insertos en el proceso de globalización, los países de esta región del mundo no han podido hacer transitar sus sistemas educativos hacia modelos que permitan la formación de personas capaces de competir en la nueva economía mundial.

Se ha confundido conocimiento con tecnología y modelos externos han tratado de hacer de las escuelas latinoamericanas espacios para formar mano de obra barata usuaria de esa tecnología y productora de riqueza para empresas transnacionales.

La sociedad del conocimiento, en la que se está inmerso, se caracteriza por una economía dirigida por conocimientos globales; la comunicación como directiva; el aprendizaje como fuente de un atributo sostenido y competitivo y, el conocimiento compartido contra el atesoramiento del conocimiento.

Lo anterior nos lleva a la conclusión que en el mundo actual la mayor riqueza que se genera en un país no proviene de los productos que salen de sus fábricas sino de la capacidad de sus ciudadanos para aprender, conocer, innovar, ofertar lo diferente, adaptarse a los cambios y competir con base a sus conocimientos.

Ante este panorama, dentro de los sistemas educativos nacionales, es necesario replantearse cuestiones básicas como ¿para qué se educa? ¿por qué se educa? ¿qué idea se tiene de la educación?

En este escenario toma vigencia el pensamiento de Carl Rogers, psicólogo estadounidense que en el siglo pasado planteó que los procesos educativos debían centrarse en la persona. Si los seres humanos son el principal capital con que cuenta una nación, la educación debe servir para liberar su pensamiento; de modo tal que se sientan dueños del mismo y generen su propia visión del mundo.

El maestro no enseña, es un facilitador de aprendizajes que ayuda al estudiante a descubrir su entorno, apropiarse de él, ser receptor de toda el conocimiento que le rodea para darle forma y convertirlo en información que le sea útil para su vida. La persona que se educa bajo este esquema puede ingresar fácilmente a la sociedad del conocimiento actual que demanda capacidades investigadoras como la observación sistemática, curiosidad y creatividad intelectuales, experimentación en la práctica y una cultura de la colaboración.

El enfoque centrado en la persona ideado por Rogers en el siglo XX encuentra vigencia en el momento actual porque desarrolla en el individuo la capacidad de aprender a pensar en términos de sistema y a situarse como usuario de ese sistema.

Todo ello bajo una visión donde lo humano no pierde sentido porque es precisamente del ser humano del que surge todo: tecnología, redes informáticas, conocimiento, comunicaciones, producción…todo. En un mundo marcado por lo global, lo individual toma mayor importancia a través de las personas que son centro y origen del proceso educativo.

¿Para qué se educa? ¿Por qué se educa? ¿Qué es la educación?

En los albores del siglo XXI, Carl Rogers nos ofrece sus respuestas en textos como “Libertad y creatividad en la educación”, “El poder de la persona” y “Psicoterapia centrada en el cliente”.

Para competir dentro de la globalización, rescatar lo humano es vital.

juan jose cesin vargas*Juan José Cesín Vargas es catedrático del Benemérito Instituto Normal del Estado de Puebla, autor de los textos: "Educación para la vida y formación permanente: Futuro de las Escuelas Normales” y “Coro Normalista de Puebla. 45 años de alimentar el alma con sus voces”

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