El dilema de Hércules (Cuento)
Minuto a Minuto

 

10 de diciembre de 2020


Yo, Hércules, hijo de Alcmena y Zeus, de quien las leyendas dicen que fui el héroe más fuerte y valiente de la tierra, soy inmortal ahora, en virtud de mi genealogía y las portentosas hazañas que desempeñé en la vida terrenal.

Sin embargo, mi vida no fue fácil. Desde el nacimiento, la legítima esposa de mi padre, Hera, estuvo celosa de mí, porque ya se profetizaba que sería el primero en fuerza y valentía de todos los hombres de la tierra. Pero las enormes serpientes que envió para exterminarme fueron estranguladas por mis manos de recién nacido.

Al morir mi madre Alcmena, Zeus ordenó a Hera que me amamantara, y ella tuvo que doblegarse ante el rey del Olimpo y creador del rayo. Aún a esa tierna edad, la fuerza de mi succión lastimó a la nodriza y Hera me retiró bruscamente de su pecho. El chorro de leche divina manó con tal ímpetu, que se desparramó en el cielo formando la Vía Láctea.

Mi poderosa madrastra fue siempre mi enemiga. Me persiguió, puso grandes obstáculos en mi camino, e hizo alianzas con mis enemigos. Pero mis fuerzas naturales y la protección de mi padre me hicieron triunfar sobre empresas imposibles para cualquier mortal. Así lo atestiguan mis hazañas. Tal valor y poder se volvieron legendarios, de modo que reyes y plebeyos, propios y extraños, hombres y mujeres se disputaban mi presencia para agasajarme …sobre todo las mujeres. Muchas fueron las que comprobaron mi inagotable vigor en las contiendas íntimas.

Aunque desposé legítimamente a Megara, quien me dio 3 hijos; aunque por Onfale la argólida vestí ropa mujeril, desempeñé labores domésticas y doblegué mi cerviz para formar parte de su cortejo puesto que era una princesa vestal; aunque amé tiernamente a la bellísima Deyanira, dulce y tan inocente que por ella perdí la vida, pues el centauro Neso le dijo en agonía que me hiciera una túnica con su piel con la que me volvería invulnerable. Dicha piel estaba envenenada y provocó mi muerte entre tormentos indecibles. Sin embargo, yo, Hércules, hoy inmortal y deidad, padecí la pena de un amor imposible.
Por méritos y linaje, los dioses del Olimpo me concedieron ser su igual.

Ahora celebran un banquete de bienvenida en mi honor. Baco y Ceres se apresuraron a proveer los vinos y manjares más selectos para el ágape celestial.
Cómo invitado de honor, estoy situado a la diestra de mi padre y a un lado de mi esposa Hebe; diosa de la eterna juventud y cuya singular hermosura le ha valido ser la encargada oficial de escanciar las copas de los dioses. Atenta a sus tareas va de una a otra mesa con una crátera de plata llena de vino. Yo disfruto el placer de ver danzar a Terpsícore, al son de las notas de la flautista Euterpe, y la voz cadenciosa de Calíope, quien pronuncia poemas que narran mis doce trabajos en la tierra.

Más la diosa de la poesía épica no puede narrar lo inenarrable.

Conservo la memoria desde el día de mi nacimiento, y especialmente aquel en que recibí el néctar que alentó mi fuerza y la imagen que pobló mis sueños: Hera portaba el cinturón de Afrodita, abrió su túnica y me ofreció el seno izquierdo: recostado en su pecho escuché el sonido retumbante de su corazón, mientras contemplaba ese hemisferio níveo, palpitante, al que las venas tejían en su superficie una red lapislázuli, alrededor de un botón de rosa, que tomé primero con delicadeza. Más el delicioso néctar que manaba de él y su olor a ambrosía, me trastornó. Fue su belleza más que mi hambre, lo que me impelió a succionar con violencia, y Hera me despegó con brusquedad: de no tratarse de una diosa, no habría podido desprenderse de mis voraces labios y codiciosas manos. A veces, en medio de una contienda amorosa o guerrera, esa imagen súbita hacía flaquear mis piernas.

El padre de los dioses se levanta y brinda por mí. Mientras manifiesta lo feliz que está de que su hijo conviva con él en el Olimpo, Hera, copa en mano, se inclina hacia mí, para hacerse oír sobre la barahúnda reinante:

─¿Sabes la historia de esta copa? Tu padre Zeus ordenó a Hefesto que la forjara con oro y alabastro tomando como molde mi seno izquierdo. Dijo que de todas las mujeres de la Tierra y todas las diosas y semidiosas que ha poseído, ninguna de ellas alcanzaba la perfección de mis pechos, Y tuvo muchas para comparar: tu madre, por ejemplo.

Siento subir la sangre a mi rostro. Ella continúa con apariencia distraída.

─No la culpé. Tu padre se disfrazó de su legítimo esposo para poseerla. Yo te perseguí, no porque fueras el hijo favorito de Zeus, sino porque la vez que te amamanté, percibí tu fuerza soberana. Y sentí celos por las que gozarían de tal fuerza.

Me insta a que beba de su propia copa. Mi padre aprueba con una sonrisa benévola. Me susurra:

─Te invito a que le paguemos con la misma moneda.

F I N

 Alicia Flores cuenta con una amplia trayectoria literaria. Es integrante del Círculo de Escritores Sabersinfin.