LA VENTANA - Jorge Alberto Durán Ramírez
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 Hoy nuevamente al llegar abrí las cortinas sin prender la luz, pero en vez de sentarme viendo la calle le di la espalda a la ventana, la luz fue invadiendo lentamente este cuarto, lo último que se iluminó fueron los papeles. Me gustó ver como las cosas van cambiando conforme se dibujan con la luz. Si los rayos solares llegaran a nuestro corazón seguro la vida se vería diferente, los problemas y esas cosas tendrían otra dimensión.

Después que el sol iluminó todo, me dediqué a ver la calle, las gentes caminando, ignorándose unos a otros, los coches tratando de ser los primeros en pasar, en estacionarse, las casas que se encuentran en la acera de enfrente, unas solas, de ricos tal vez, otras son departamentos. Justo frente a mi ventana hay una vecindad, junto con el día las casas comenzaron a vivir, primero una señora barriendo, después otra lavando y tendiendo ropa, niños y hombres salen corriendo a la escuela y al trabajo, después de este trajín hay cierta calma. Es chistoso ver como la gente se comporta cuando cree que nadie la ve, se rasca la panza con gran placidez, se acomoda la ropa, se limpia la nariz con los dedos, se baña a cubetazos, se arregla, se peina, hacen muecas, se mete los dedos a la boca para limpiarse los dientes y después se los chupa, saboreando los restos de la comida.

Afuera de la casa el mundo corre a un ritmo distinto al que se vive adentro, las labores cotidianas son su vida, si las señoras no tuvieran que cocinar y limpiar seguro no sabrían que hacer con su tiempo, se pasearían fodongas por la casa, los niños que todavía no van a la escuela son corridos de sus camas y viajan al patio a reunir sus soledades, el escándalo que hacen no rompe la monotonía hogareña. Sus juegos evitan que se enfrenten a la realidad que viven sus familias, son ajenos a todos los problemas, la vida en el patio sólo los prepara para luchar, aprenden a pelear, a defender sus cosas, se enseñan que el mundo es del más fuerte y que los débiles sirven para trabajar por los otros.

Nuevamente llegó la Pérez como todos los días, dejó algo en la mesa y se salió, también llegó mi jefe, vino con otras dos personas, entraron sin tocar, se pusieron a verme, yo fingí estar trabajando, intercambiaron algunas palabras que no pude entender, cuando salieron volví a ver la ventana y con ello a la vida.

Estoy contento de tener ojos, ellos son mi escape de estas cuatro paredes, mientras veo la calle me olvido que estoy encerrado, el tiempo pasa más rápido, casi ni existe.

Jueves 5 de mayo.

 Desde el principio me puse a ver la vecindad, la ventana es lo suficientemente grande como para que vea a través de ella sin darme cuenta que yo estoy encerrado, y como la oficina esta en el cuarto piso es como si volara por encima de las casas observando lo que sucede en ellas.

Me acuerdo cuando niño, en el catecismo me enseñaban que Dios todo lo veía, ahora yo me sentía igual, la vecindad era mi creación y yo la vigilaba. El primero en salir fue el señor del 6, de traje corriente, corbata con el nudo mal hecho, cigarro en la boca, portafolios en mano, en la puerta de su casa quitó el cigarro de su boca y exhalando el humo besó a su mujer, una señora que en lugar de cara tenía una pasta verde (me pregunto si para no oler a tabaco), con pasos apresurados se dirigió al zaguán, vio a ambos lados y con los mismos pasos se encaminó a tomar uno de los colectivos, lo acompañé hasta la esquina y hubiera esperado a que abordara su transporte pero un movimiento en la casa me hizo abandonarlo.

Del departamento 5 salió una hilera de niños, dos hombres y tres mujercitas, todos ellos uniformados con tela a cuadros bien planchadita, igual que el cabello de los niños, pegados con no-se-qué y brillosos, si el sol estuviera en lo alto seguro me deslumbrarían, las niñas con sus trenzas bien hechas rematadas con moños rojos, todos ellos distintos entre sí pero se veían que eran hermanos, cosas de la naturaleza, mientras el más grande era alto y gordo, la más pequeña era menudita. Todos se formaron frente a su puerta y la madre les dio una bendición y una moneda, una bendición y una moneda, total cinco bendiciones y cinco monedas. Tomados de la mano recorrieron el tramo que los llevaba a la vida exterior, se detuvieron en el zaguán, voltearon a ver a su mamá, le dijeron adiós con las manos y caminaron hacia la esquina, apenas dejaron la puerta rompieron la formación, el más grande tomó a la chiquita de la mano y caminó rápido gritando al resto de los hermanos que ya estaban peleando por el dinero, dejando la bendición en la puerta.

Al llegar el gordo y la menuda a la esquina, aquel chifló mientras ésta se tapaba los oídos, como caballitos los hermanos arrancaron a correr para dar alcance a los extremos familiares, ahí se perdieron todos.

Por un momento mis ojos no supieron dónde descansar hasta que frente a la vecindad se detuvo un auto, de él bajó una rubia con peluca, minifalda y bolso, rodeó el coche y metió la cabeza por la ventanilla del conductor y mientras ella besaba una boca con bigote una mano le tocaba las nalgas y la otra le metía unos billetes entre los senos. Sin más, retiróse del auto y se introdujo a la vecindad, su andar reflejaba el cansancio de una noche aburrida de sexo.

Se metió en la casa número 7, justo cuando de la 4 salía un hombre de overol, despeinado, con una bolsa de papel en la mano, alcanzó a ver el trasero que se dirigía a descansar, con la lengua se humedeció los labios y con la mano libre se rascó los testículos, se quedó viendo la puerta cerrada de su vecina y caminó a la salida, volviendo la cabeza esperando a ver si salían las nalgas de sus sueños eróticos. Casi choca con una señora que salía del 3 con tubos en la cabeza y escoba en mano, intercambiaron saludos y mientras el uno salía la otra se dedicó a barrer el polvo del patio, depositando todo lo barrido frente al 7, “basura con basura” debió estar pensando.

Al poco rato salió otra mujer, del 8, con el mismo disfraz y juntas, entre el vaivén de la escoba, se pusieron a chismorrear; no acababan su labor cuando unos niños invadieron el patio, siete chiquillos comenzaron a correr y gritar pateando la basura y esparciéndola nuevamente por todo el patio. Yo traté de adivinar de donde habían salido pero no tenía idea, todos eran igualitos, mocosos, despeinados, mal vestidos, panzones; desde mi ventana no podía saber si eran niños o niñas, entre ellos se trataban igual, empujones, pellizcos, patadas, besos y abrazos se repartían sin miramientos, por momentos jugaban juntos, al rato se dividían, se peleaban entre ellos, se volvían a juntar, se quedaban hablando largo tiempo, a continuación como explosión, volvían a las andadas, a los gritos, a las risas, al llanto.

Viéndolos corretear traté de pensar en mi niñez y me pregunté a donde habían quedado esos recuerdos, en mi mente no quedaba nada, traté de pensar, me forcé a rememorar algún momento, y sólo logré dos imágenes, algo difusas, la primera cuando mi padre llegó con un caballo de madera y con ternura me quitó el miedo que ese aparato me producía, no se si me subí o no; el otro recuerdo fue algo así como mi madre besándome en la frente, me arropaba para dormir.

¿Adónde quedaron los recuerdos, a dónde mis padres, mi infancia?. Todos ellos estaban borrados, a mis padres la última vez que los vi fue cuando les anuncié que me casaría, me advirtieron que esa no era mujer para mí, que no lo deseaban pero que me iba a ir mal. ¡Cuánto diera por haberles hecho caso! Los dejé de ver “para no perturbar mi matrimonio”, con el tiempo me dio pena regresar para decirles que tenían la razón.

Cuando nacieron mis hijos me prometí llevarlos a conocer a sus abuelos, pero por angas o por mangas nunca me atreví. Hoy no sé si viven, si están muertos y quien los enterró; algunas noches sueño que vienen a verme, sin decir palabra, me ven y lloran, mi padre abrazando a mi madre, yo los observo, les pido perdón, me hinco, les beso los pies, pero ni me perdonan ni dejan de llorar. Entonces me levanto y les miento la madre y me despierto llorando y pidiendo perdón.

Los perdí igual que mi niñez, con los años, con la dejadez de alguien que vive sin razón, sin más motivo de vivir que el tener miedo a la muerte.

Ese escándalo de los niños de la vecindad, que nunca escuché con los oídos pero si con el corazón, me hizo pensar en mis hijos, esos que por salir a trabajar no vi como crecieron, como se divirtieron, ni como se enfermaron, ni como su madre volvió contra mi. Para ellos yo solo era un señor que llevaba dinero a su casa, sus cariños sólo aparecían cuando necesitaban algo, Por lo menos así logré sentirlos porque su madre ni siquiera por favor me pedía lana, bastaba abrir la puerta para escuchar una larga lista de necesidades y problemas, la comida me pasaba a la fuerza por la garganta, comía sin hambre, porque aprendí que si me negaba a tragar lo servido, las quejas seguían hasta altas horas de la noche.

Por esa razón opté por quedarme a trabajar horas extras, para no oír lamentos y tener dinero con que callarlos inmediatamente, por eso dejé perder la oportunidad de ser padre, de sentirme importante, de ser útil.

Este día sí me divertí, la alegría de los niños me iluminó el corazón y la vida, los gritos de las madres llamando a los chamacos les rompió el encanto a ellos pero a mí se me quedó adentro. El resto del día ya no sé que pasó, mis ojos estuvieron en la vecindad, vi entrar y salir gente, pero mis pensamientos se fueron a donde la alegría se resguarda de la tristeza.

 

Viernes 6 de mayo.

 

Tan pronto llegué, tomé mi lugar de observador, acerqué más el sillón a la ventana, toqué el frío y limpio cristal, quise sentir que en realidad estaba yo frente a una ventana y que no me encontraba volando, la sensación helada recorrió mi dedo, brazo, cuerpo, ¿será la muerte así?, ¿fría?, ¿te recorrerá el cuerpo mientras tus pensamientos se pierden en la inmensidad?

En eso estaba cuando la vecindad comenzó a vivir, nuevamente el trajeado con su mujer enmascarada; la “Pelucas” bajando de un auto distinto, el mismo beso pero otras manos tocando sus nalgas y metiendo dinero el caminar cansado hacia la cama; otra vez el rascar de testículos, el vaivén de las escobas y los niños con sus juegos infantiles.

Largo rato los estuve observando, se sentaron a platicar, ¿qué se dirían?, ¿qué hablaban tan importante, para tenerlos tanto tiempo sentados?, lamenté no poder oírlos ni enfrascarme en sus palabras, en sus juegos, ¿porqué tiene uno que crecer?, ¿porqué se debe perder la ingenuidad y se vuelve uno desconfiado, cuidadoso de lo que se dice y hace?

Hoy salió una jovencita, se notaba arreglada, como para ir a trabajar, lentamente caminó hacia el zaguán dando los últimos toques a su arreglo, con un andar seguro, lento, confiada abandonó la puerta del departamento 3 para enfrentar la vida, se veía que apenas había dejado su niñez en algún lado, muy joven para trabajar, muy tierna para los lobos que andan sueltos. Cuando llegó a la esquina, un señor se le acercó y le preguntó algo, ella contestó rápidamente siguiendo su andar, él la miró largo tramo y después caminó tras ella.

La mañana fue tranquila en la vecindad, nuevamente llegó la Pérez a mi cuarto, con su carga, me dijo algo, debía de tomar lo que llevaba pues si no el jefe se enojaría. No contesté, cuando salió vi que era un vaso con agua y una pastilla, la tomé porque se veía bonita, quien sabe para que chingáos sería pero no me hizo ni bien ni mal, para evitar problemas decidí tomármela mientras la trajera, no fuera a ser que el jefe encerrara a la Pérez también.

Volví a la ventana, cerca del grupo de niños estaba sentado uno en silla de ruedas, el grupito se levantó y se dirigió a él, uno de ellos, el más grande empezó a empujar la silla, correteando a los demás, el inválido primero se rió pero después el juego fue más brusco, parece que le dio miedo y empezó a gritar y manotear, del 4 salió una señora y diciendo cosas, corrió a los niños quienes despavoridos se fueron a meter quien-sabe-donde, mientras la señora siguió gritándole a su hijo inmóvil, como si fuera el culpable de la crueldad de los otros chamacos, con un bofetada lo empujó hasta meterlo en su casa, al rato salieron nuevamente los niños y siguieron jugando al toro.

A medio día salió la mujer enmascarada con pañoleta en la cabeza y bolsa de mandado, cuando pasaba por el 2 salió por la puerta una señora con aires de solterona, avejentada pero digna, juntas se dirigieron a comprar la comida, chismorreando animadamente.

Al poco rato, del 8, salió una niña con uniforme de secundaria, muy arregladita, a leguas se veía que intentaba verse como señorita pero la cara desmentía el arreglo, en la esquina estaba un mocoso igual que ella, le dio un beso fugaz en la boca y tomados de la mano se perdieron entre coches y gente. Seguro era su primer novio, cuanta candidez hubo en ese beso.

Traté de pensar cuándo di el primer beso, pero lo único que recordé fue a una prostituta bajo de mí, leyendo “Lagrimas y Risas” y mascando chicle mientras yo me revolvía en su interior tratando de sentir alguna presión, o algo que provocara mi orgasmo, tampoco recordé como terminó ese encuentro.