Después que
el sol iluminó todo, me dediqué a ver la calle, las gentes caminando,
ignorándose unos a otros, los coches tratando de ser los primeros en pasar, en
estacionarse, las casas que se encuentran en la acera de enfrente, unas solas,
de ricos tal vez, otras son departamentos. Justo frente a mi ventana hay una
vecindad, junto con el día las casas comenzaron a vivir, primero una señora
barriendo, después otra lavando y tendiendo ropa, niños y hombres salen
corriendo a la escuela y al trabajo, después de este trajín hay cierta calma.
Es chistoso ver como la gente se comporta cuando cree que nadie la ve, se rasca
la panza con gran placidez, se acomoda la ropa, se limpia la nariz con los
dedos, se baña a cubetazos, se arregla, se peina, hacen muecas, se mete los
dedos a la boca para limpiarse los dientes y después se los chupa, saboreando
los restos de la comida.
Afuera de la
casa el mundo corre a un ritmo distinto al que se vive adentro, las labores
cotidianas son su vida, si las señoras no tuvieran que cocinar y limpiar seguro
no sabrían que hacer con su tiempo, se pasearían fodongas por la casa, los
niños que todavía no van a la escuela son corridos de sus camas y viajan al
patio a reunir sus soledades, el escándalo que hacen no rompe la monotonía
hogareña. Sus juegos evitan que se enfrenten a la realidad que viven sus
familias, son ajenos a todos los problemas, la vida en el patio sólo los
prepara para luchar, aprenden a pelear, a defender sus cosas, se enseñan que el
mundo es del más fuerte y que los débiles sirven para trabajar por los otros.
Nuevamente
llegó la Pérez como todos los días, dejó algo en la mesa y se salió, también
llegó mi jefe, vino con otras dos personas, entraron sin tocar, se pusieron a
verme, yo fingí estar trabajando, intercambiaron algunas palabras que no pude
entender, cuando salieron volví a ver la ventana y con ello a la vida.
Estoy
contento de tener ojos, ellos son mi escape de estas cuatro paredes, mientras
veo la calle me olvido que estoy encerrado, el tiempo pasa más rápido, casi ni
existe.
Jueves 5 de
mayo.
Me acuerdo
cuando niño, en el catecismo me enseñaban que Dios todo lo veía, ahora yo me
sentía igual, la vecindad era mi creación y yo la vigilaba. El primero en salir
fue el señor del 6, de traje corriente, corbata con el nudo mal hecho, cigarro
en la boca, portafolios en mano, en la puerta de su casa quitó el cigarro de su
boca y exhalando el humo besó a su mujer, una señora que en lugar de cara tenía
una pasta verde (me pregunto si para no oler a tabaco), con pasos apresurados
se dirigió al zaguán, vio a ambos lados y con los mismos pasos se encaminó a
tomar uno de los colectivos, lo acompañé hasta la esquina y hubiera esperado a
que abordara su transporte pero un movimiento en la casa me hizo abandonarlo.
Del
departamento 5 salió una hilera de niños, dos hombres y tres mujercitas, todos
ellos uniformados con tela a cuadros bien planchadita, igual que el cabello de
los niños, pegados con no-se-qué y brillosos, si el sol estuviera en lo alto
seguro me deslumbrarían, las niñas con sus trenzas bien hechas rematadas con
moños rojos, todos ellos distintos entre sí pero se veían que eran hermanos,
cosas de la naturaleza, mientras el más grande era alto y gordo, la más pequeña
era menudita. Todos se formaron frente a su puerta y la madre les dio una
bendición y una moneda, una bendición y una moneda, total cinco bendiciones y
cinco monedas. Tomados de la mano recorrieron el tramo que los llevaba a la
vida exterior, se detuvieron en el zaguán, voltearon a ver a su mamá, le
dijeron adiós con las manos y caminaron hacia la esquina, apenas dejaron la
puerta rompieron la formación, el más grande tomó a la chiquita de la mano y
caminó rápido gritando al resto de los hermanos que ya estaban peleando por el
dinero, dejando la bendición en la puerta.
Al llegar el
gordo y la menuda a la esquina, aquel chifló mientras ésta se tapaba los oídos,
como caballitos los hermanos arrancaron a correr para dar alcance a los
extremos familiares, ahí se perdieron todos.
Por un
momento mis ojos no supieron dónde descansar hasta que frente a la vecindad se
detuvo un auto, de él bajó una rubia con peluca, minifalda y bolso, rodeó el
coche y metió la cabeza por la ventanilla del conductor y mientras ella besaba
una boca con bigote una mano le tocaba las nalgas y la otra le metía unos
billetes entre los senos. Sin más, retiróse del auto y se introdujo a la
vecindad, su andar reflejaba el cansancio de una noche aburrida de sexo.
Se metió en
la casa número 7, justo cuando de la 4 salía un hombre de overol, despeinado,
con una bolsa de papel en la mano, alcanzó a ver el trasero que se dirigía a
descansar, con la lengua se humedeció los labios y con la mano libre se rascó
los testículos, se quedó viendo la puerta cerrada de su vecina y caminó a la
salida, volviendo la cabeza esperando a ver si salían las nalgas de sus sueños
eróticos. Casi choca con una señora que salía del 3 con tubos en la cabeza y
escoba en mano, intercambiaron saludos y mientras el uno salía la otra se
dedicó a barrer el polvo del patio, depositando todo lo barrido frente al 7,
“basura con basura” debió estar pensando.
Al poco rato
salió otra mujer, del 8, con el mismo disfraz y juntas, entre el vaivén de la
escoba, se pusieron a chismorrear; no acababan su labor cuando unos niños
invadieron el patio, siete chiquillos comenzaron a correr y gritar pateando la
basura y esparciéndola nuevamente por todo el patio. Yo traté de adivinar de
donde habían salido pero no tenía idea, todos eran igualitos, mocosos,
despeinados, mal vestidos, panzones; desde mi ventana no podía saber si eran
niños o niñas, entre ellos se trataban igual, empujones, pellizcos, patadas,
besos y abrazos se repartían sin miramientos, por momentos jugaban juntos, al
rato se dividían, se peleaban entre ellos, se volvían a juntar, se quedaban
hablando largo tiempo, a continuación como explosión, volvían a las andadas, a
los gritos, a las risas, al llanto.
Viéndolos
corretear traté de pensar en mi niñez y me pregunté a donde habían quedado esos
recuerdos, en mi mente no quedaba nada, traté de pensar, me forcé a rememorar
algún momento, y sólo logré dos imágenes, algo difusas, la primera cuando mi
padre llegó con un caballo de madera y con ternura me quitó el miedo que ese
aparato me producía, no se si me subí o no; el otro recuerdo fue algo así como
mi madre besándome en la frente, me arropaba para dormir.
¿Adónde
quedaron los recuerdos, a dónde mis padres, mi infancia?. Todos ellos estaban
borrados, a mis padres la última vez que los vi fue cuando les anuncié que me
casaría, me advirtieron que esa no era mujer para mí, que no lo deseaban pero que
me iba a ir mal. ¡Cuánto diera por haberles hecho caso! Los dejé de ver “para
no perturbar mi matrimonio”, con el tiempo me dio pena regresar para decirles
que tenían la razón.
Cuando
nacieron mis hijos me prometí llevarlos a conocer a sus abuelos, pero por angas
o por mangas nunca me atreví. Hoy no sé si viven, si están muertos y quien los
enterró; algunas noches sueño que vienen a verme, sin decir palabra, me ven y
lloran, mi padre abrazando a mi madre, yo los observo, les pido perdón, me
hinco, les beso los pies, pero ni me perdonan ni dejan de llorar. Entonces me
levanto y les miento la madre y me despierto llorando y pidiendo perdón.
Los perdí
igual que mi niñez, con los años, con la dejadez de alguien que vive sin razón,
sin más motivo de vivir que el tener miedo a la muerte.
Ese escándalo
de los niños de la vecindad, que nunca escuché con los oídos pero si con el
corazón, me hizo pensar en mis hijos, esos que por salir a trabajar no vi como
crecieron, como se divirtieron, ni como se enfermaron, ni como su madre volvió
contra mi. Para ellos yo solo era un señor que llevaba dinero a su casa, sus
cariños sólo aparecían cuando necesitaban algo, Por lo menos así logré
sentirlos porque su madre ni siquiera por favor me pedía lana, bastaba abrir la
puerta para escuchar una larga lista de necesidades y problemas, la comida me
pasaba a la fuerza por la garganta, comía sin hambre, porque aprendí que si me
negaba a tragar lo servido, las quejas seguían hasta altas horas de la noche.
Por esa razón
opté por quedarme a trabajar horas extras, para no oír lamentos y tener dinero
con que callarlos inmediatamente, por eso dejé perder la oportunidad de ser
padre, de sentirme importante, de ser útil.
Este día sí
me divertí, la alegría de los niños me iluminó el corazón y la vida, los gritos
de las madres llamando a los chamacos les rompió el encanto a ellos pero a mí
se me quedó adentro. El resto del día ya no sé que pasó, mis ojos estuvieron en
la vecindad, vi entrar y salir gente, pero mis pensamientos se fueron a donde la
alegría se resguarda de la tristeza.
Viernes 6 de
mayo.
Tan pronto
llegué, tomé mi lugar de observador, acerqué más el sillón a la ventana, toqué
el frío y limpio cristal, quise sentir que en realidad estaba yo frente a una
ventana y que no me encontraba volando, la sensación helada recorrió mi dedo,
brazo, cuerpo, ¿será la muerte así?, ¿fría?, ¿te recorrerá el cuerpo mientras
tus pensamientos se pierden en la inmensidad?
En eso estaba
cuando la vecindad comenzó a vivir, nuevamente el trajeado con su mujer
enmascarada; la “Pelucas” bajando de un auto distinto, el mismo beso pero otras
manos tocando sus nalgas y metiendo dinero el caminar cansado hacia la cama;
otra vez el rascar de testículos, el vaivén de las escobas y los niños con sus
juegos infantiles.
Largo rato
los estuve observando, se sentaron a platicar, ¿qué se dirían?, ¿qué hablaban
tan importante, para tenerlos tanto tiempo sentados?, lamenté no poder oírlos
ni enfrascarme en sus palabras, en sus juegos, ¿porqué tiene uno que crecer?,
¿porqué se debe perder la ingenuidad y se vuelve uno desconfiado, cuidadoso de
lo que se dice y hace?
Hoy salió una
jovencita, se notaba arreglada, como para ir a trabajar, lentamente caminó
hacia el zaguán dando los últimos toques a su arreglo, con un andar seguro,
lento, confiada abandonó la puerta del departamento 3 para enfrentar la vida,
se veía que apenas había dejado su niñez en algún lado, muy joven para
trabajar, muy tierna para los lobos que andan sueltos. Cuando llegó a la
esquina, un señor se le acercó y le preguntó algo, ella contestó rápidamente
siguiendo su andar, él la miró largo tramo y después caminó tras ella.
La mañana fue
tranquila en la vecindad, nuevamente llegó la Pérez a mi cuarto, con su carga,
me dijo algo, debía de tomar lo que llevaba pues si no el jefe se enojaría. No
contesté, cuando salió vi que era un vaso con agua y una pastilla, la tomé
porque se veía bonita, quien sabe para que chingáos sería pero no me hizo ni
bien ni mal, para evitar problemas decidí tomármela mientras la trajera, no
fuera a ser que el jefe encerrara a la Pérez también.
Volví a la
ventana, cerca del grupo de niños estaba sentado uno en silla de ruedas, el
grupito se levantó y se dirigió a él, uno de ellos, el más grande empezó a
empujar la silla, correteando a los demás, el inválido primero se rió pero
después el juego fue más brusco, parece que le dio miedo y empezó a gritar y
manotear, del 4 salió una señora y diciendo cosas, corrió a los niños quienes
despavoridos se fueron a meter quien-sabe-donde, mientras la señora siguió
gritándole a su hijo inmóvil, como si fuera el culpable de la crueldad de los
otros chamacos, con un bofetada lo empujó hasta meterlo en su casa, al rato
salieron nuevamente los niños y siguieron jugando al toro.
A medio día
salió la mujer enmascarada con pañoleta en la cabeza y bolsa de mandado, cuando
pasaba por el 2 salió por la puerta una señora con aires de solterona,
avejentada pero digna, juntas se dirigieron a comprar la comida, chismorreando
animadamente.
Al poco rato,
del 8, salió una niña con uniforme de secundaria, muy arregladita, a leguas se
veía que intentaba verse como señorita pero la cara desmentía el arreglo, en la
esquina estaba un mocoso igual que ella, le dio un beso fugaz en la boca y
tomados de la mano se perdieron entre coches y gente. Seguro era su primer
novio, cuanta candidez hubo en ese beso.
Traté de pensar cuándo di el primer beso, pero lo único que recordé fue a una prostituta bajo de mí, leyendo “Lagrimas y Risas” y mascando chicle mientras yo me revolvía en su interior tratando de sentir alguna presión, o algo que provocara mi orgasmo, tampoco recordé como terminó ese encuentro.








