LA VENTANA - Jorge Alberto Durán Ramírez
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- HISTORIAS DE SEXO (O CASI) -

LA VENTANA

Por: Jorge Alberto Durán Ramírez

 Lunes 2 de mayo.

 Llevo una semana aquí, encerrado entre cuatro paredes, sin otra cosa para hacer que ver montones de papeles, pilas enteras se levantan hasta llegar al techo. Todavía no entiendo por qué mi jefe me mandó a este lugar, en realidad nada más le menté la madre, ¡pero se lo merecía!, le pedí un aumento y lo único que hizo fue reírse. Ni modo, se enojó y me quiere castigar encerrándome, seguramente espera que vaya de lambiscón a pedirle perdón, quiere que bese el suelo donde pisa, como los demás, pero no lo va a lograr, ni una palabra saldrá de mi boca.


¡A que suerte la mía!, pero eso me pasa por bocón, me hubiera quedado callado, pero en realidad me hace falta el dinero, si fuera rico no tendría que trabajar, me dedicaría a rascarme el ombligo o vendría aquí con los costales de billetes y las monedas y pasaría el día contándolos, con la puerta abierta para que todos se murieran de envidia y cuando mi jefe viniera lo mandaría a la chingada y le aventaría el dinero a su carota de mono.

Vino la señorita Pérez, guapa la muchacha pero muy apretada, apenas si me saluda y casi ni me mira, dejó algo sobre la mesa y corrió las cortinas diciendo “esta muy obscuro, ¿porqué no las abre?”. La luz que inundó la habitación lastimó mis ojos. De tanto papel que hay ni cuenta me había dado, una ventana grande, inmensa, ocupa casi una pared entera, me acerqué a ella y estuve observando, desde aquí puedo ver hasta donde termina la ciudad, las casas, los árboles, y al fondo los cerros, ahorita se ven verdes por que es temporada de lluvias, luego se verán amarillos y así estarán por mucho tiempo hasta que llueva y el verde renazca.

Lo que vi a través de la ventana me dejó impresionado, no porque fuera nuevo, sino porque lo veía distinto, y si ahora lo escribo es porque nadie me escucharía y si lo hicieran no lo entenderían, desde aquí se puede contemplar como pasa el tiempo, cómo los días se van acumulando en una ciudad que está envejeciendo, ver cómo la gente se mueve a través de la calle, de la vida, mientras yo estoy aquí, avejentándome, como la ciudad.

Es hora de la salida, lo único bueno de este día fue haber descubierto un mundo distinto.

Martes 3 de mayo.

Lo primero que hice al llegar fue correr las cortinas, no prendí la luz para permitir que el día entrara poco a poco, estuve sentado frente a la ventana viendo cómo el panorama va cambiando conforme el sol va levantándose, el verde de los montes va subiendo en intensidad, pareciendo en un momento que la luz salía de la misma tierra; caso contrario ocurre con la ciudad, mientras más alto el sol más grises se muestran las calles, a ellas les da vida el movimiento de gente y coches, si las calles estuvieran vacías la ciudad sería mucho más triste que un desierto o un mar, ambos monótonos pero vivos.

Pasé casi toda la mañana sentado, observando, sin pensar, es ahora cuando estoy escribiendo que las ideas salen, siempre que observo algo prefiero poner la mente en blanco, procuro que ningún pensamiento interrumpa lo que mis ojos ven y oyen, es como si tomara fotografías, las imágenes van quedando plasmadas en mí, no sólo en el cerebro sino en todo el cuerpo, me invaden totalmente, de tal manera que cuando recuerdo, vuelvo a vivir la sensación y no sólo es un pensamiento común y corriente.

Cuando el cuarto estaba totalmente iluminado me di cuenta que los papeles que me rodeaban eran el espectáculo más feo que algún humano pudiera ver, así que me dediqué a acomodarlo exactamente en la esquina contraria a la ventana, a pesar de ser un lugar pequeño este acomodo hizo que el espacio se ampliara, casi me sentí a gusto de estar encerrado, la opresión que me ocasionaban estos muros era sofocante, repugnante, en cambio ahora hasta agradable me parece, después de todo casi paso una tercera parte de mi vida aquí, dizque trabajando.

 Miércoles 4 de mayo.