- HISTORIAS DE SEXO (O CASI) -
LA VENTANA
Por: Jorge Alberto Durán Ramírez
¡A que suerte
la mía!, pero eso me pasa por bocón, me hubiera quedado callado, pero en
realidad me hace falta el dinero, si fuera rico no tendría que trabajar, me
dedicaría a rascarme el ombligo o vendría aquí con los costales de billetes y
las monedas y pasaría el día contándolos, con la puerta abierta para que todos
se murieran de envidia y cuando mi jefe viniera lo mandaría a la chingada y le
aventaría el dinero a su carota de mono.
Vino la
señorita Pérez, guapa la muchacha pero muy apretada, apenas si me saluda y casi
ni me mira, dejó algo sobre la mesa y corrió las cortinas diciendo “esta muy
obscuro, ¿porqué no las abre?”. La luz que inundó la habitación lastimó mis
ojos. De tanto papel que hay ni cuenta me había dado, una ventana grande,
inmensa, ocupa casi una pared entera, me acerqué a ella y estuve observando,
desde aquí puedo ver hasta donde termina la ciudad, las casas, los árboles, y
al fondo los cerros, ahorita se ven verdes por que es temporada de lluvias,
luego se verán amarillos y así estarán por mucho tiempo hasta que llueva y el
verde renazca.
Lo que vi a
través de la ventana me dejó impresionado, no porque fuera nuevo, sino porque
lo veía distinto, y si ahora lo escribo es porque nadie me escucharía y si lo
hicieran no lo entenderían, desde aquí se puede contemplar como pasa el tiempo,
cómo los días se van acumulando en una ciudad que está envejeciendo, ver cómo
la gente se mueve a través de la calle, de la vida, mientras yo estoy aquí,
avejentándome, como la ciudad.
Es hora de la
salida, lo único bueno de este día fue haber descubierto un mundo distinto.
Martes 3 de
mayo.
Lo primero
que hice al llegar fue correr las cortinas, no prendí la luz para permitir que
el día entrara poco a poco, estuve sentado frente a la ventana viendo cómo el
panorama va cambiando conforme el sol va levantándose, el verde de los montes
va subiendo en intensidad, pareciendo en un momento que la luz salía de la
misma tierra; caso contrario ocurre con la ciudad, mientras más alto el sol más
grises se muestran las calles, a ellas les da vida el movimiento de gente y
coches, si las calles estuvieran vacías la ciudad sería mucho más triste que un
desierto o un mar, ambos monótonos pero vivos.
Pasé casi
toda la mañana sentado, observando, sin pensar, es ahora cuando estoy
escribiendo que las ideas salen, siempre que observo algo prefiero poner la
mente en blanco, procuro que ningún pensamiento interrumpa lo que mis ojos ven
y oyen, es como si tomara fotografías, las imágenes van quedando plasmadas en
mí, no sólo en el cerebro sino en todo el cuerpo, me invaden totalmente, de tal
manera que cuando recuerdo, vuelvo a vivir la sensación y no sólo es un
pensamiento común y corriente.
Cuando el
cuarto estaba totalmente iluminado me di cuenta que los papeles que me rodeaban
eran el espectáculo más feo que algún humano pudiera ver, así que me dediqué a
acomodarlo exactamente en la esquina contraria a la ventana, a pesar de ser un
lugar pequeño este acomodo hizo que el espacio se ampliara, casi me sentí a
gusto de estar encerrado, la opresión que me ocasionaban estos muros era
sofocante, repugnante, en cambio ahora hasta agradable me parece, después de
todo casi paso una tercera parte de mi vida aquí, dizque trabajando.
Después que
el sol iluminó todo, me dediqué a ver la calle, las gentes caminando,
ignorándose unos a otros, los coches tratando de ser los primeros en pasar, en
estacionarse, las casas que se encuentran en la acera de enfrente, unas solas,
de ricos tal vez, otras son departamentos. Justo frente a mi ventana hay una
vecindad, junto con el día las casas comenzaron a vivir, primero una señora
barriendo, después otra lavando y tendiendo ropa, niños y hombres salen
corriendo a la escuela y al trabajo, después de este trajín hay cierta calma.
Es chistoso ver como la gente se comporta cuando cree que nadie la ve, se rasca
la panza con gran placidez, se acomoda la ropa, se limpia la nariz con los
dedos, se baña a cubetazos, se arregla, se peina, hacen muecas, se mete los
dedos a la boca para limpiarse los dientes y después se los chupa, saboreando
los restos de la comida.
Afuera de la
casa el mundo corre a un ritmo distinto al que se vive adentro, las labores
cotidianas son su vida, si las señoras no tuvieran que cocinar y limpiar seguro
no sabrían que hacer con su tiempo, se pasearían fodongas por la casa, los
niños que todavía no van a la escuela son corridos de sus camas y viajan al
patio a reunir sus soledades, el escándalo que hacen no rompe la monotonía
hogareña. Sus juegos evitan que se enfrenten a la realidad que viven sus
familias, son ajenos a todos los problemas, la vida en el patio sólo los
prepara para luchar, aprenden a pelear, a defender sus cosas, se enseñan que el
mundo es del más fuerte y que los débiles sirven para trabajar por los otros.
Nuevamente
llegó la Pérez como todos los días, dejó algo en la mesa y se salió, también
llegó mi jefe, vino con otras dos personas, entraron sin tocar, se pusieron a
verme, yo fingí estar trabajando, intercambiaron algunas palabras que no pude
entender, cuando salieron volví a ver la ventana y con ello a la vida.
Estoy
contento de tener ojos, ellos son mi escape de estas cuatro paredes, mientras
veo la calle me olvido que estoy encerrado, el tiempo pasa más rápido, casi ni
existe.
Jueves 5 de
mayo.
Me acuerdo
cuando niño, en el catecismo me enseñaban que Dios todo lo veía, ahora yo me
sentía igual, la vecindad era mi creación y yo la vigilaba. El primero en salir
fue el señor del 6, de traje corriente, corbata con el nudo mal hecho, cigarro
en la boca, portafolios en mano, en la puerta de su casa quitó el cigarro de su
boca y exhalando el humo besó a su mujer, una señora que en lugar de cara tenía
una pasta verde (me pregunto si para no oler a tabaco), con pasos apresurados
se dirigió al zaguán, vio a ambos lados y con los mismos pasos se encaminó a
tomar uno de los colectivos, lo acompañé hasta la esquina y hubiera esperado a
que abordara su transporte pero un movimiento en la casa me hizo abandonarlo.
Del
departamento 5 salió una hilera de niños, dos hombres y tres mujercitas, todos
ellos uniformados con tela a cuadros bien planchadita, igual que el cabello de
los niños, pegados con no-se-qué y brillosos, si el sol estuviera en lo alto
seguro me deslumbrarían, las niñas con sus trenzas bien hechas rematadas con
moños rojos, todos ellos distintos entre sí pero se veían que eran hermanos,
cosas de la naturaleza, mientras el más grande era alto y gordo, la más pequeña
era menudita. Todos se formaron frente a su puerta y la madre les dio una
bendición y una moneda, una bendición y una moneda, total cinco bendiciones y
cinco monedas. Tomados de la mano recorrieron el tramo que los llevaba a la
vida exterior, se detuvieron en el zaguán, voltearon a ver a su mamá, le
dijeron adiós con las manos y caminaron hacia la esquina, apenas dejaron la
puerta rompieron la formación, el más grande tomó a la chiquita de la mano y
caminó rápido gritando al resto de los hermanos que ya estaban peleando por el
dinero, dejando la bendición en la puerta.
Al llegar el
gordo y la menuda a la esquina, aquel chifló mientras ésta se tapaba los oídos,
como caballitos los hermanos arrancaron a correr para dar alcance a los
extremos familiares, ahí se perdieron todos.
Por un
momento mis ojos no supieron dónde descansar hasta que frente a la vecindad se
detuvo un auto, de él bajó una rubia con peluca, minifalda y bolso, rodeó el
coche y metió la cabeza por la ventanilla del conductor y mientras ella besaba
una boca con bigote una mano le tocaba las nalgas y la otra le metía unos
billetes entre los senos. Sin más, retiróse del auto y se introdujo a la
vecindad, su andar reflejaba el cansancio de una noche aburrida de sexo.
Se metió en
la casa número 7, justo cuando de la 4 salía un hombre de overol, despeinado,
con una bolsa de papel en la mano, alcanzó a ver el trasero que se dirigía a
descansar, con la lengua se humedeció los labios y con la mano libre se rascó
los testículos, se quedó viendo la puerta cerrada de su vecina y caminó a la
salida, volviendo la cabeza esperando a ver si salían las nalgas de sus sueños
eróticos. Casi choca con una señora que salía del 3 con tubos en la cabeza y
escoba en mano, intercambiaron saludos y mientras el uno salía la otra se
dedicó a barrer el polvo del patio, depositando todo lo barrido frente al 7,
“basura con basura” debió estar pensando.
Al poco rato
salió otra mujer, del 8, con el mismo disfraz y juntas, entre el vaivén de la
escoba, se pusieron a chismorrear; no acababan su labor cuando unos niños
invadieron el patio, siete chiquillos comenzaron a correr y gritar pateando la
basura y esparciéndola nuevamente por todo el patio. Yo traté de adivinar de
donde habían salido pero no tenía idea, todos eran igualitos, mocosos,
despeinados, mal vestidos, panzones; desde mi ventana no podía saber si eran
niños o niñas, entre ellos se trataban igual, empujones, pellizcos, patadas,
besos y abrazos se repartían sin miramientos, por momentos jugaban juntos, al
rato se dividían, se peleaban entre ellos, se volvían a juntar, se quedaban
hablando largo tiempo, a continuación como explosión, volvían a las andadas, a
los gritos, a las risas, al llanto.
Viéndolos
corretear traté de pensar en mi niñez y me pregunté a donde habían quedado esos
recuerdos, en mi mente no quedaba nada, traté de pensar, me forcé a rememorar
algún momento, y sólo logré dos imágenes, algo difusas, la primera cuando mi
padre llegó con un caballo de madera y con ternura me quitó el miedo que ese
aparato me producía, no se si me subí o no; el otro recuerdo fue algo así como
mi madre besándome en la frente, me arropaba para dormir.
¿Adónde
quedaron los recuerdos, a dónde mis padres, mi infancia?. Todos ellos estaban
borrados, a mis padres la última vez que los vi fue cuando les anuncié que me
casaría, me advirtieron que esa no era mujer para mí, que no lo deseaban pero que
me iba a ir mal. ¡Cuánto diera por haberles hecho caso! Los dejé de ver “para
no perturbar mi matrimonio”, con el tiempo me dio pena regresar para decirles
que tenían la razón.
Cuando
nacieron mis hijos me prometí llevarlos a conocer a sus abuelos, pero por angas
o por mangas nunca me atreví. Hoy no sé si viven, si están muertos y quien los
enterró; algunas noches sueño que vienen a verme, sin decir palabra, me ven y
lloran, mi padre abrazando a mi madre, yo los observo, les pido perdón, me
hinco, les beso los pies, pero ni me perdonan ni dejan de llorar. Entonces me
levanto y les miento la madre y me despierto llorando y pidiendo perdón.
Los perdí
igual que mi niñez, con los años, con la dejadez de alguien que vive sin razón,
sin más motivo de vivir que el tener miedo a la muerte.
Ese escándalo
de los niños de la vecindad, que nunca escuché con los oídos pero si con el
corazón, me hizo pensar en mis hijos, esos que por salir a trabajar no vi como
crecieron, como se divirtieron, ni como se enfermaron, ni como su madre volvió
contra mi. Para ellos yo solo era un señor que llevaba dinero a su casa, sus
cariños sólo aparecían cuando necesitaban algo, Por lo menos así logré
sentirlos porque su madre ni siquiera por favor me pedía lana, bastaba abrir la
puerta para escuchar una larga lista de necesidades y problemas, la comida me
pasaba a la fuerza por la garganta, comía sin hambre, porque aprendí que si me
negaba a tragar lo servido, las quejas seguían hasta altas horas de la noche.
Por esa razón
opté por quedarme a trabajar horas extras, para no oír lamentos y tener dinero
con que callarlos inmediatamente, por eso dejé perder la oportunidad de ser
padre, de sentirme importante, de ser útil.
Este día sí
me divertí, la alegría de los niños me iluminó el corazón y la vida, los gritos
de las madres llamando a los chamacos les rompió el encanto a ellos pero a mí
se me quedó adentro. El resto del día ya no sé que pasó, mis ojos estuvieron en
la vecindad, vi entrar y salir gente, pero mis pensamientos se fueron a donde la
alegría se resguarda de la tristeza.
Viernes 6 de
mayo.
Tan pronto
llegué, tomé mi lugar de observador, acerqué más el sillón a la ventana, toqué
el frío y limpio cristal, quise sentir que en realidad estaba yo frente a una
ventana y que no me encontraba volando, la sensación helada recorrió mi dedo,
brazo, cuerpo, ¿será la muerte así?, ¿fría?, ¿te recorrerá el cuerpo mientras
tus pensamientos se pierden en la inmensidad?
En eso estaba
cuando la vecindad comenzó a vivir, nuevamente el trajeado con su mujer
enmascarada; la “Pelucas” bajando de un auto distinto, el mismo beso pero otras
manos tocando sus nalgas y metiendo dinero el caminar cansado hacia la cama;
otra vez el rascar de testículos, el vaivén de las escobas y los niños con sus
juegos infantiles.
Largo rato
los estuve observando, se sentaron a platicar, ¿qué se dirían?, ¿qué hablaban
tan importante, para tenerlos tanto tiempo sentados?, lamenté no poder oírlos
ni enfrascarme en sus palabras, en sus juegos, ¿porqué tiene uno que crecer?,
¿porqué se debe perder la ingenuidad y se vuelve uno desconfiado, cuidadoso de
lo que se dice y hace?
Hoy salió una
jovencita, se notaba arreglada, como para ir a trabajar, lentamente caminó
hacia el zaguán dando los últimos toques a su arreglo, con un andar seguro,
lento, confiada abandonó la puerta del departamento 3 para enfrentar la vida,
se veía que apenas había dejado su niñez en algún lado, muy joven para
trabajar, muy tierna para los lobos que andan sueltos. Cuando llegó a la
esquina, un señor se le acercó y le preguntó algo, ella contestó rápidamente
siguiendo su andar, él la miró largo tramo y después caminó tras ella.
La mañana fue
tranquila en la vecindad, nuevamente llegó la Pérez a mi cuarto, con su carga,
me dijo algo, debía de tomar lo que llevaba pues si no el jefe se enojaría. No
contesté, cuando salió vi que era un vaso con agua y una pastilla, la tomé
porque se veía bonita, quien sabe para que chingáos sería pero no me hizo ni
bien ni mal, para evitar problemas decidí tomármela mientras la trajera, no
fuera a ser que el jefe encerrara a la Pérez también.
Volví a la
ventana, cerca del grupo de niños estaba sentado uno en silla de ruedas, el
grupito se levantó y se dirigió a él, uno de ellos, el más grande empezó a
empujar la silla, correteando a los demás, el inválido primero se rió pero
después el juego fue más brusco, parece que le dio miedo y empezó a gritar y
manotear, del 4 salió una señora y diciendo cosas, corrió a los niños quienes
despavoridos se fueron a meter quien-sabe-donde, mientras la señora siguió
gritándole a su hijo inmóvil, como si fuera el culpable de la crueldad de los
otros chamacos, con un bofetada lo empujó hasta meterlo en su casa, al rato
salieron nuevamente los niños y siguieron jugando al toro.
A medio día
salió la mujer enmascarada con pañoleta en la cabeza y bolsa de mandado, cuando
pasaba por el 2 salió por la puerta una señora con aires de solterona,
avejentada pero digna, juntas se dirigieron a comprar la comida, chismorreando
animadamente.
Al poco rato,
del 8, salió una niña con uniforme de secundaria, muy arregladita, a leguas se
veía que intentaba verse como señorita pero la cara desmentía el arreglo, en la
esquina estaba un mocoso igual que ella, le dio un beso fugaz en la boca y
tomados de la mano se perdieron entre coches y gente. Seguro era su primer
novio, cuanta candidez hubo en ese beso.
Traté de pensar cuándo di el primer beso, pero lo único que recordé fue a una prostituta bajo de mí, leyendo “Lagrimas y Risas” y mascando chicle mientras yo me revolvía en su interior tratando de sentir alguna presión, o algo que provocara mi orgasmo, tampoco recordé como terminó ese encuentro.
De ahí, mi
mente saltó a un cuarto de azotea prestado por alguien para llevar a mi novia,
me vi entrando abrazándola para aminorar su miedo. Me habían dicho que una
señorita apretaba más que una puta, creo que en ese entonces yo tenía 16 ó 17
años, ella tendría 15 pero con unos senos muy bien puestos para su edad,
adentro del cuarto comencé a besarla y acariciarla, ella permanecía inmóvil,
impávida, ¡imbécil vieja! parecía que no sabía a lo que iba, la desnudé casi a
fuerza, yo solo me bajé los pantalones y me metí en ella, pegó un grito y
después siguió quieta hasta que acabé. Esa vez tampoco sentí, en mi ignorancia
pensaba que coger era lo mismo que hacer el amor, no sabía que para disfrutar
del sexo había de sentir más amor que pasión; ahí quedó su virginidad y mi
soltería. A los 18 años era un hombre casado con una vieja panzona, creí que el
hijo que esperaba sería el comienzo de la felicidad matrimonial, pero no, ¡ni
madres!, fue el inicio de una vida aburrida, monótona, que todavía hoy sigo
viviendo.
Lunes 9 de
mayo
Inicio de una
nueva semana. Si ahora quisieran sacarme de este cuarto me dolería mucho
abandonarlo, ver a través de mi ventana se ha convertido en una especie de
droga, me paso el día viendo a través de ella un mundo que siéndome ajeno lo
siento como propio, estoy viviendo y disfrutando como nunca antes: Cómo me
hubiera gustado vivir en una vecindad tal como la que mis ojos observan en toda
su magnitud, por lo menos la situación es más variada que en casa o en mi
trabajo.
Hoy la
“Pelucas” llegó en taxi, parece que no le fue tan bien, antes de meterse a su
casa el mecánico salió de la suya, sin perder tiempo se dirigió a ella, metió
la mano en el bolsillo, dijo algo y le enseño unos billetes cuidándose que no
fuera a salir su mujer. La vecina, sin decir palabra, soltó una carcajada, negó
con la cabeza y se metió a su casa, el mecánico le mentó la madre con el brazo,
se guardó su dinero y caminó a la salida rezando groserías, se detuvo en rato
en el zaguán y en lugar de tomar la ruta acostumbrada, tomó la contraria.
Del 3 salió
la muchacha trabajadora, arregladita como siempre, la observé detenidamente y a
la distancia me pareció que cuando madurara sería una mujer muy bella, aún
ahora, a pesar de su juventud era de una hermosura que ya se ve poco, su
cabello lacio, bien recortado, con un brillo natural, daban ganas de tocarlo,
acariciarlo; mis manos temblaron ante la posibilidad de sentirlos entre ellas.
De tez blanca, su piel parecía perfecta, tersa; el cuerpo bien formado, toda
ella se manifestaba ingenua, cándida, virgen. Sólo pude suspirar y acompañarla
con la vista, en la esquina esperaba nuevamente el tipo de la semana pasada,
cuando llegó a él la abordó y comenzó a hablar con ella, al principio ni la
vista le dirigió, pero tampoco lo rechazó, simplemente dejó que la acompañara,
los seguí hasta donde se perdieron. No pude evitar sentir celos y temor, era
demasiado joven para enredarse con un tipo que a leguas se veía ya corrido,
¿qué mentiras iría diciéndole?, ¿de qué manera la estaría envolviendo? Quise
salir corriendo y prevenirla pero ¿qué le iba a decir?, opté por permanecer en
mi sillón, deseando que nada le sucediera.
Volví los
ojos a la vecindad, a los niños que ya se habían apoderado del patio, de su
mundo, del único que podían poseer y manejar a su antojo, entre iguales se
desenvolvían mejor que en el mundo del adulto, al que no entendían todavía.
Pensé que el inválido no saldría hoy, pero su madre lo empujó nuevamente al
patio. El grupo de niños al verlo tan solo lo jalaron hasta un rincón y se
pusieron a hablar, al poco tiempo volvieron a corretearse por el patio, primero
sin el inválido que quedó en el rincón, observándolos, envidiándolos; pero
luego lo volvieron a utilizar para hacerse “cochecito”, empujándolo para jugar
al toro. Igual que antes el niño primero se rió y después lloró, pero ahora no
gritó, tal vez temiendo más a su madre que a los niños, cuando estos se
cansaron volvieron al rincón a platicar, pero ahora el centro de atención era
el inválido, le hablaban y él respondía, le tocaban las piernas, se las
levantaban, yo creo que se preguntaban porqué alguien igual a ellos estaba
pegado a una silla.
Vino la Pérez
a dejarme la mentada pastilla, la tomé rápidamente para regresar a mi lugar
privilegiado, los niños siguieron un rato más con sus juegos, las señoras
fueron al mandado y la niña de secundaria fue al encuentro del novio.
A media tarde
un joven se metió al departamento 1, como no lo había visto antes pensé que a
lo mejor estaba de viaje, al rato salió de su casa y a los quince minutos
estaba de regreso con una mujer de senos exuberantes y pocas nalgas, bien
vestida; se perdieron en la puerta y no salieron hasta pasadas dos horas, el
tipo cerró la puerta y ya no lo volví a ver.
Ya casi al
anochecer llegó el mecánico con unos mariachis, venía borracho, les señaló a
los músicos en que puerta debían tocar y mientras lo hacían él veía la puerta
contraria. Cuando salió su mujer, él todo amor y dulzura, la abrazó y la obligó
a no regañarlo, ni por la borrachera ni por los mariachis; despidieron a los
rascatripas y se metieron a su casa, de donde tres niños, fueron corridos,
entre ellos el de la silla de ruedas, y estuvieron en el patio sin saber que
hacer, hasta que ya muy noche los metió la madre.
La señorita
trabajadora regresó poco después de que los mariachis se fueran, la veía
distinta, algo en su rostro denotaba que un cambio se había dado en ella,
estaba feliz, como si... estuviera enamorada. Ella estaba enamorada. Sentí una
punzada en el corazón, mi mano derecha se dirigió al pecho y me dio un masaje,
cerré los ojos y así estuve hasta la hora de salida.
Martes 10 de
mayo.
Desde que
llegué me apoderé de mi ventana, deseaba descubrir qué había motivado aquel
cambio en Cristal. Hoy la prostituta en lugar de entrar a su casa salió de
ella, se notaba preocupada, probablemente el negocio no funcionaba; al rato
salió el mecánico, vio la puerta de la vecina y con el brazo le volvió a mentar
la madre, precisamente hoy 10 de mayo, día de las madres.
Como un rayo
pasó por mi mente la figura frágil de mi mamá, pero los remordimientos la
borraron inmediatamente, lo que no pude evitar fue pensar en la primera vez que
pasé esta fecha con mi mujer, en mi ingenuidad, creí que ella estaría feliz de
haber sido el vehículo para dar una nueva vida al mundo. Ese día me levanté
temprano y coloqué en el tocadiscos “Las Mañanitas”, saqué del baño la caja que
contenía un suéter, como apenas empezaba a trabajar no tenía dinero, así que
compré el regalo en el mercado, era corriente pero se veía bonito. Con una
sonrisa de oreja a oreja me dirigí a la recamara y mi mujer, con voz pastosa,
me dijo “apaga esa porquería que no pude dormir”, callado le entregué la caja
que sin abrir, dejó a un lado de la cama mascullando unas “gracias” y se volvió
a dormir, no supe que hacer y me fui al trabajo.
A la salida
compré un ramito de violetas y me dirigí a mi casa. Al abrir la puerta vi la
casa desordenada, llame a mi mujer y se asomó del baño pero en lugar de darme
la bienvenida inició una serie de recriminaciones: que si el suéter era
corriente, que a cual pordiosera se lo había robado, que ella no merecía ni el
suéter ni el marido que tenía; para suavizar la situación estiré el brazo para
entregarle las flores, ella las tomó y las aventó a la mesa y siguió con sus
ataques, yo me di la vuelta y la dejé hablando sola, desde entonces no le he
vuelto a regalar nada, pero de todas maneras ella encontraba cualquier pretexto
para echarme en cara el haber perdido mejores pretendientes, fastidiando su
vida.
En esos
pensamientos estaba cuando salió Cristal de su casa, hoy se había esmerado en
su arreglo, se veía más mujer, la acompañé hasta la esquina donde la esperaba
el tipo que la había seguido ayer, se saludaron de mano y él intentó besarle la
mejilla, ella lo esquivó pero siguió contenta, radiante.
De repente
desee borrar mi pasado, romper las paredes que me aprisionaban y salir a su
encuentro, pero no podía hacerlo. El dolor en el pecho volvió a ser patente y
cerré los ojos. ¿Cómo la vida es injusta a veces?
Hoy la
“Pelucas” llegó en taxi nuevamente y se perdió rápidamente en su puerta, al
rato salió el mecánico, el trajeado, unos niños a la escuela y otros al patio a
jugar. Por supuesto también salió Cristal convertida en mujer y en la esquina,
junto a un árbol, el tipo que se había apoderado de sus sueños, hablaron algo
señalando un hueco del árbol y se fueron caminando.
Yo me quedé
sentado pensando sobre este amor que había nacido en mí, si estuviera más joven
mandaría al carajo a mi mujer, a mis hijos, al jefe y me dedicaría a conquistar
a Cristal. Ella se me antojaba para protegerla, para cuidarla hasta del viento
que alborotaba su cabello al caminar, además intentaría ayudarla para que los
peligros de la vida no la tomaran desprevenida. Cristal despertó en mi muchos
sentimientos, el amor platónico, el amante apasionado, el del padre amoroso.
Traté de
recordar si alguna ocasión otra mujer había ocasionado semejantes sentimientos
pero todo pensamiento me volvía a Cristal. En mi corta vida de soltero tuve
pocas novias, en realidad no soy muy guapo pero creo que hay tipos más feos que
yo y andan con mujeres de bastante buen ver, nunca supe como le hacían, las
novias que pude agenciarme eran regularsonas pero me trataban como si me
hicieran el favor, apenas si me permitían que la abrazara y solo una me dejó
besarla en la boca y aunque a mi me pareció muy bonito, ella se le notaba que
no le convencía mucho y más bien lo aceptaba porque los novios “lo hacen”.
A mi mujer le
besé un poco más, sobre todo los primeros años por que después hasta eso le
disgustaba, varias veces me rechazó por mi aliento a tabaco; las ocasiones que
hicimos el amor, entre ellas cuando engendramos a nuestros hijos, no dejaba que
la besara pues decía “ya bastante tengo con soportar tus pujidos como para que
todavía me babosees”. Así, poco a poco, dejamos de tocarnos, de besarnos; si
nos casamos sin amor, con el trato que tuvimos después ni siquiera amigos
pudimos ser. Nunca se interesó por mi vida, por el trabajo, por los problemas,
apenas si empezaba a contarle mis cosas cuando ella salía con otras y no dejaba
que terminara una sola frase. Así me volví mudo.
Recordando
todo esto, Cristal me parecía, y lo era, un sueño inalcanzable; pero era mi
sueño, lo tenía para mi solo, yo podía saborearlo sin necesidad de compartirlo
con nadie.
Lunes 16 de
mayo
El dolor en
el pecho me regresó y más fuerte, tanto que no pude hacer nada, mi aliciente,
la ventana, no existió en estos días; aunque llegaba a sentarme frente de ella
de lo que vi poco llegó al cerebro. La vecindad, mi vecindad, siguió viviendo
sin mi supervisión, recuerdo su movimiento, las entradas y salidas de los
inquilinos pero ahora todo ello perdió significado, la vida ajena dejó de ser
interesante para mí. Me alegraba levemente cuando veía a Cristal pero al
recordar ese cambió de niña a mujer enamorada, al abandono venía a mí. No cabe
duda que el dolor físico llegaba hasta mi alma. Mi sueño se desvanecía, Cristal
se volvía cada vez más inalcanzable, ni siquiera me permitía regocijarme en
recordarla.
Martes 17 de
mayo.
El dolor ha
cedido un poco, hoy pude ser más consciente de lo que pasaba en la vecindad. La
“Pelucas” parece pasa por malos momentos, todos estos días ha llegado en taxi y
desde aquí se nota el cansancio y desesperación que la embarga; el mecánico
sigue intentando acostarse con ella sin lograrlo, los niños siguen
divirtiéndose sin enterarse de lo que pasa a su alrededor, las señoras siguen
barriendo la basura y haciendo el mandado. Todo esta igual excepto Cristal,
cada vez se le nota más distraída, como si viviera en otro mundo; hoy al salir
hacia su trabajo como no vio a su enamorado revisó el árbol de la esquina, de
entre sus ramas extrajo un papel, lo desdobló, lo leyó, una, dos, tres veces,
lo arrugó, lo tiró y emprendió desilusionada su camino.
Me preguntaba
qué habían leído sus ojos que afectó tanto su corazón; esperé a que llegara la
Pérez a dejarme mi pastilla y durante ese tiempo no perdí de vista la bola de
papel, mis ojos la acompañaron entre el viento y las pisadas, afortunadamente
casi permaneció en el mismo lugar. Tan pronto llegó mi pastilla me la tomé y
esperé unos segundos para salir corriendo a la esquina. Fue rápido, con cuidado
para que no me vieran, fui por el papel y regresé a la ventana, nadie se dio
cuenta de mi escapada. Ya más tranquilo desarrugué el papel, era un tesoro para
mí, las manos de Cristal lo habían tocado, quise sentir, a través de él, los
dedos de mi querida niña, tardé mucho tiempo en estirarlo y cuando lo hice
finalmente mis ojos también se sintieron heridos, no podía creer que este
recado fuera para pequeña amada, la indignación me llenó la cabeza, el coraje
se concentró en mis manos y rompí el papel, el dolor volvió a mi pecho pero en
esta ocasión no me importó, yo tenía que hacer algo y no sabía qué.
A pesar de haberlo leído una sola vez tenía grabado el mensaje en la memoria: “Tuve que salir de la ciudad. Piensa lo que te dije. Regreso en ocho días por la respuesta, si es negativa no te molestaré más”. Para mí estaba claro, le pedía algo distinto al noviazgo, yo estaba seguro que no era matrimonio; el salir precipitadamente de la ciudad me parecía un chantaje. La desesperación hizo presa de mí y ahora sí desee ser Dios y poder modificar la vida, sin embargo me veía recluido en estas paredes sin poder hacer nada. Pero tenía ocho días para planear algo.
Miércoles 18 de mayo.
El pecho me
ha dolido y bastante, pero el dolor que me producía saber que Cristal pudiera
ser dañada me hacía ignorarlo. No sabía que hacer, ni siquiera estaba seguro de
que una intervención mía fuera buena. Cómo podía yo, un desconocido, aconsejar
a una mujer en peligro, era probable que me tuviera miedo y que huyera de mí
para refugiarse en los brazos del otro.
Cuando la vi
salir rumbo a su trabajo tuve la intención de alcanzarla y hablarle pero nada
ganaba con ello. La observé llegar a la esquina y buscar en aquel árbol otro
recado, sus ojos recorrieron las esquinas pero nunca encontró lo que buscaba.
Unas lágrimas salieron de sus ojos, mi adorada Cristal estaba sufriendo y yo
con ella.
Jueves 19 de
mayo.
En la mañana
todavía no se me ocurría nada, el dolor en el pecho cada vez se ha ido haciendo
más fuerte, lo mismo que la impotencia.
Con ansia
esperé ver salir a Cristal de su casa, vi como abrió la puerta y caminó con
desgano hacia el zaguán, al llegar a él sus ojos se dirigieron a la esquina y
su rostro se iluminó con una sonrisa que llenó su cara y corrió llena de
felicidad, ahí estaba el desgraciado esperándole; esta vez no hubo recato, se
colgó a su cuello y lo llenó de besos, se abrazó a él, que permaneció seco y
distante, casi llorando lo besó todavía más. Él la separó lentamente y dijo algo,
ella primero lo observó callada y así, sin decir palabra, lo besó en la boca.
En ese
momento supe que ya nada podía hacer, él había ganado.
Dejé que
transcurriera el día, nada me importó ya, ni tomé la pastilla, volví la espalda
a la ventana y mi vista se perdió entre los papeles apilados.
Cuando me di
cuenta era hora de que Cristal regresara, volví a sentarme frente a la ventana
y esperé. Vi salir al joven del 1 y al poco rato regresar con una mujer,
distinta a la anterior, esta con poco seno, delgada y un poco temerosa, pero él
la rodeaba de la cintura, conduciéndola suave pero firmemente la introdujo en
el departamento. Cerré los ojos e imaginé la escena de seducción que en ese
momento se estaba efectuando en el departamento y recordé a Cristal, desee que
si ella estaba en la misma situación que por lo menos no sufriera y que el tipo
aquel no le hiciera daño, ni hoy ni nunca.
Al abrir los
ojos nuevamente vi a la “Pelucas” en la puerta de su casa, estaba esperando a
alguien, al rato llegó el mecánico y se dirigió a su propio departamento, antes
de entrar la “Pelucas” le habló, el se volvió a verla y metió la mano al
bolsillo, sacó unos billetes y se los extendió, ella sin contarlos los tomó y
los guardo en el seno, lo invitó a pasar y cerraron la puerta. Extraña
coincidencia, en este momento dos parejas distintas, tal vez tres, estaban
haciendo el amor o cogiendo o algo similar, todos por distintos motivos, para
satisfacer necesidades también distintas.
Cristal llegó
más tarde que de costumbre, cansada, feliz pero con cierto aire de
incertidumbre, su destino estaba marcado.
Viernes 27 de
mayo.
Durante estos
días el dolor se ha hecho todavía más insoportable, intenso, no sé como he
vivido estos días, he perdido las ganas de vivir, pero soy demasiado cobarde
para matarme. He visto a través de mi ventana como Cristal ha esperado en vano
que lleguen por ella nuevamente, después de ese día en que se entregó a él no
lo ha vuelto a ver, sabe que cometió un error pero no se arrepiente y todavía
confía en que regresará algún día.
Yo lo espero también.








