Así fue la lluvia que inundó cinco años a Tenochtitlán (Artículo y vídeos)
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20 de septiembre de 2020

 

ConoSer Bien

 

La gran inundación


No pretendas apagar con fuego un incendio, ni remediar con agua una inundación.
Confucio

El día de hoy, 20 de septiembre, se cumplen 391 años del inicio de un tremendo aguacero sobre la capital de la Nueva España que la mantuvo inundada durante muchos años.

Este hecho también es conocido como la famosa “Noche de San Mateo”. Para unos, el torrencial aguacero era un castigo de la Providencia por los excesos de los españoles. Para otros, Tláloc, el antiguo dios de la lluvia de los aztecas, lloraba sobre México desde su derrota en 1521.

Se narra que “Un enorme cielo gris de septiembre de 1629 arrojó un aguacero que no cesó durante 36 horas —incluso, hay quienes aseguran que fueron 40—. Los niveles del lago de Texcoco crecían sin detenerse, las aguas ascendieron hasta anegar todo Tenochtitlán; la única parte que quedó a salvo fue una pequeña porción de Tlatelolco y otro tramo de la plaza mayor”.

Según los cronistas, esta terrible inundación duró cerca de 5 años. Simplemente no había manera de liberarse del agua. Los sistemas de desagüe eran completamente insuficientes. Había apenas pasado un siglo de la conquista; los españoles no tenían ni idea de las pocas previsiones que se hicieron de la construcción de Palacios. Recordemos que se encomendó a Alonso García Bravo —soldado y alarife español— la traza de la Ciudad de México. La imposición de la Conquista implicó la destrucción de las estructuras hidráulicas que los indígenas tenían en Tenochtitlán antes de la llegada de los españoles.

En julio anterior había comenzado la temporada de lluvias con una intensidad inusual. Los niveles del lago de Texcoco y la laguna de México crecían precipitadamente y parecía advertirse una difícil situación: en las afueras de la ciudad las aguas avanzaban lentamente sobre las calles de tierra. Septiembre trajo consigo el momento más crítico de la temporada y la capital novohispana quedó completamente inundada. La pequeña isla que se formaba donde se erigían el palacio virreinal y la catedral se le conoció como "isla de los perros" por la gran cantidad de canes que alcanzaron su salvación al refugiarse en ella.

En algunos lugares el agua superó los dos metros de altura, destruyendo las casas hechas de adobes de los indígenas, afectando seriamente la cimentación de las mansiones y palacetes que habían construido los descendientes de los conquistadores y otros peninsulares. Lo peor de este evento fue su duración, desde septiembre de 1629 hasta 1634 las aguas cubrieron las calles y callejones de la ciudad más hermosa de América, al grado que se colocaban andamios en las intersecciones de las calles para que las personas pudieran transitar.

La inundación de 1629 fue considerada como una de las calamidades o plagas bíblicas. Narran los cronistas que: "Los estragos fueron terribles; cerráronse los templos, suspendieron sus trabajos los tribunales, arruinóse el comercio, comenzaron a desplomarse y a caer multitud de casas".

Para entrar y salir de la ciudad se utilizaron canoas, como sucedió durante el apogeo de la ciudad mexica. Se estima que durante el primer año de la inundación murieron 30 mil personas, en su mayoría personas de bajos recursos, indígenas y mestizos, que vivían en los barrios ubicados en la periferia de la Ciudad de México.

La gente sólo encontraba consuelo en la iglesia y los oficios se realizaban en cualquier lugar disponible: en balcones, en andamios colocados en las intersecciones de las calles y aun en los techos se levantaron altares para celebrar el santo sacrificio de la misa, que la gente oía desde azoteas y balcones, pero no con el respetuoso silencio de los templos, sino con lágrimas, sollozos y lamentos, era un espectáculo verdaderamente lastimoso.

La gente recurrió a la intercesión de la virgen de Guadalupe y las autoridades civiles y eclesiásticas acompañadas por gran cantidad de gente del pueblo, organizaron una procesión sin precedentes en la historia de México: a bordo de vistosas embarcaciones -canoas, trajineras, barcazas- la Guadalupana fue llevada desde su santuario en el cerro del Tepeyac hasta la Catedral de México.

La inundación duró varios años y las pérdidas fueron cuantiosas. El antes esplendoroso valle de México aparecía devastado por las epidemias y el hambre. Muchas de las familias españolas emigraron a Puebla de los Ángeles y propiciaron su desarrollo comercial, mientras la ciudad de México continuaba su decadencia. Las canoas que transitaban junto al palacio virreinal y cerca de la catedral, recordaban las viejas acequias de Tenochtitlan, por donde corrían libremente sin que la ciudad estuviera inundada.

“A oídos del rey Felipe IV llegó la terrible noticia de la gran inundación de 1629 y considerando que todo remedio para salvar a la capital de la Nueva España era imposible ordenó abandonar la ciudad y fundarla nuevamente en tierra firme, en las lomas que se extendían entre Tacuba y Tacubaya”.

Sorprendentemente, las autoridades virreinales y las pocas familias que permanecieron fieles a la ciudad rechazaron la idea del rey de España. El argumento económico era muy sólido: trasladar la sede del virreinato costaría cincuenta millones de pesos y desecar la laguna tres o cuatro millones de pesos.

Juzgue usted, amable lector.

 

Twitter @jarymorgado
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conoSERbien; www.sabersinfin.com
 
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