
3 de marzo de 2023
La tarde de los vidrios rotos
El día 2 de septiembre de 1996 marcó mi debut como directora de un kínder. Estudié para educadora y luego hice tres años Pedagogía Infantil; con una prima Psicóloga y reforzadas con tres niñeras empezamos el que había sido mi sueño desde adolescente: tener mi escuela propia.
Se inscribió un grupo reducido de quince niños lo cual lo vi de manera optimista como una gran oportunidad para hacernos de prestigio: a cada uno de ellos se le dedicaría tiempo y atenciones dobles.
En el primer año de kínder se enseñan colores, espacialidad, nociones de letras y números a través de juegos y canciones, pero el principal objetivo es dotar a los infantes de habilidades y tolerancia para la coexistencia en sociedad.
María de la Luz fue la niña más chiquita que llegó a mi escuela, no aparentaba sus cinco años cumplidos por lo pequeño de su estatura, morena, delgadita, de cabello castaño y rostro pálido al cual unos lentes de gruesos cristales le daban un marco serio. Su madre –una joven de rostro ansioso- me dijo su problema: no solo era deficiente visual, sino que padecía un problema en el manejo de sus músculos que a veces llegaban a espasmos: su cuerpo no respondía a lo que la mente ordenaba. Lucecita podía repentinamente derramar un vaso, o también dar por tierra caminando en los momentos más inesperados, y aunque no eran frecuentes el médico indicó que requería atención especial, por eso se había encaminado a mi escuela. La señora Rivas me dio una recomendación casi llorando: agradeceré que la cuide mucho, entre estos niños posiblemente ella sea la más especial.
La SEP tiene como condición para expedir una licencia escolar el aceptar un 10% de niños que requieran atención especial por deficiencias físicas o psicológicas, siempre y cuando no sean agresivos ni interfieran en la dinámica de grupo (se supone que la idea es rehabilitarlos al convivir con grupos normales”).
Luz verdaderamente era especial. A diferencia de otros niños se despidió sin llanto, atravesó la reja muy seriecita y se sentó en primera fila. También Lucecita aprendía rápidamente, se explicaba un nuevo concepto y ella era la primera en entender. Aunque fue notorio que no participaba en actividades al aire libre: no podía correr, andar en triciclo, subirse a las resbaladillas, columpios ni subibajas, pero en el salón se desempeñaba muy bien: solamente había que guiarla para que apretara los crayones, o contarle paso a paso los movimientos que se hacen para abrochar el suéter, y así su mente recibía reforzada la señal de cómo mover sus miembros, pero por lo demás no tuvimos que emplearnos a fondo con esta “niña especial”.
Sucedió lo contrario con Bersaín. Este infante tenía seis años muy desarrollados. Su madre me explicó que poseía una deficiencia del metabolismo llamada hiperinsulinismo que lo hacía irritable, impaciente, y con hambre constante. Le resultaba difícil la convivencia social: era egoísta, gritón, berrinchudo e hiperkinético: embarraba de plastilina o pintura a sus compañeros, los empujaba en fila, les desbarataba o rompía sus hojas, y les quitaba la comida. No faltó un niño que lo apodó «Roba-lonches». Teníamos que estar siempre atentos a él y frenar su conducta antisocial: Bersaín resultó el niño que ponía diariamente a prueba nuestra paciencia.
Confieso que la mía se agotó una vez que rayó un cheque en mi escritorio, pero tal escuela era el sueño de mi vida y Bersaín representaba mi mayor reto: lo integraría a pesar de todo.
Para sorpresa general la pasiva Lucecita resultó ser su pacificadora. El ver la dificultad con que aplicaba los colores o trazaba palitos y bolitas parecía hipnotizarlo. Descubrí que, sentado a su lado, espaciaba sus levantadas de la silla, gritos y berrinches, y que incluso fuera del salón animaba a la niña a jugar pelota o hacer la rueda de San Miguel. Solamente a ella le respetaba su lonchera y todos estábamos contentos: nuestros dos niños especiales se neutralizaban y ayudaban.
Las fiestas patrias pasaron, vino el otoño, y con él el aniversario de la Revolución. En la escuela vimos que el grupo estaba ya integrado y se decidió el primer festival del año. Para sorpresa de todos Bersaín aceptó ensayar en un número musical el papel de “el pescado con bombín” solo porque Luz sería la protagonista principal. También teníamos un tren con revolucionarios y soldaderas: cada vez al ver lo bien que marchaban las cosas nos entusiasmábamos más.
Contagiamos nuestro entusiasmo a los padres: en una junta decidieron que se hiciera el programa a todo lujo en un auténtico salón de fiestas infantiles con los servicios incluidos. De manera que fui a hacer el contrato. El lugar era amplio, tenía jardines y juegos inflables, en un ángulo del salón había una pequeña cabina de cristal donde se ubicaba el sonido e incluía el servicio de un técnico y un operario, el lunch infantil se servía en mesitas especiales y habría en la de los adultos programas impresos con el nombre de los niños.
De manera incidental y para demostrar lo buena que era mi escuela, comenté que hasta teníamos «niños especiales». Se notó un cambio en la atmósfera: la administradora me miró como si yo fuera Jack Nicholson llevando enfermos mentales a pasear en barco.
–Pero, tienen ustedes un seguro, ¿verdad?
–¿Seguro? ¿Para qué?
–Pues si estropean o rompen algo…se sabe que con ese tipo de niños no hay control.
–Yo los controlo totalmente, un seguro es innecesario.
–¿Son de usted esos…niños especiales?
–¿Qué? No, yo soy soltera.
Terminó por aumentarme la cuota en un 10% “«reserva de revisar después los daños». Luego, viendo el menú le solicité que los palitos en que van ensartadas las banderillas no tuvieran la punta filosa (una recomendación muy normal en cualquier fiesta infantil): con actitud de «¿No que no?», dijo que también había que pagar por ese servicio extra.
Ya no había tiempo replantearlo, di el dinero de mi propia bolsa. Este festival sería mi prueba de fuego: desde el inicio había sido mi meta demostrarles a los padres de familia que éramos educadoras profesionales y este festival lo probaría…pero no las tenía todas conmigo.
Cuando llegué al salón había grupitos excitados de chiquillos jugando y gritando, mamás corriendo atrás de ellos para que no se despintaran ni mancharan los trajes; por parte del salón, el técnico de sonido apenas instalaba los micrófonos, y yo no encontraba en mi folder con los programas impresos: igualito que todos los festivales infantiles del mundo.
El programa se iniciaba con «La Negrita Cucurumbé» y justo en el momento en que se escuchaban los primeros compases preludio de la inauguración, ocurrió el desastre: parada al frente y preparada para las palabras de apertura, se acerca David –un morenito de pelo hirsuto que se caracterizaba por ser el correveidile del salón– para decirme:
-Bersaín le rompió los cristales.
Por un loco momento busco la cabina de sonido viendo en mi imaginación un caos de cristales rotos y cables en corto circuito, pero David jala mi falda y me señala atrás del telón.
–Ella está llorando.
Corro a rescatarla mientras me reconvengo por permitir tal pareja, no estuve suficientemente atenta. Trato de no pensar en que este desastre significa el término de mi carrera profesional, y por eso me desconcierta más encontrarme con la escena: Luz llorando a lágrima viva, queriendo ocultar una cicatriz antigua en el pecho, que le corre prácticamente de la clavícula del lado izquierdo hasta la última costilla: a pesar de la pintura negra, la gruesa cicatriz destaca gigantesca y malévola.
La mamá de Bersaín explica con semblante afligido:
–Cuando Luchita dijo «¡Que feo gusano!», mi hijo le quitó las gafas y las rompió: quería que no la viera más.
La madre de Luz lo confirma sollozando:
-Nació con un problema del corazón y la operaron a los cuarenta días de nacida, precisamente porque le faltó oxígeno quedó con debilidad visual e incoordinación muscular, pero los médicos dijeron que la habían curado de su problema cardiaco y que no le afectaría en su vida restante. Yo le quitaba las gafas para bañarla, yo…no quería que ella se sintiera diferente, ¡nació con tantas cosas en contra! –solloza– le hice muy grande la blusa de jarocha.
Lucecita –en el colmo del desconsuelo- murmura:
–¡No puedo bailar!, no veo bien.
Bersaín dice muy contrito:
–Perdón Luchita, ¿no quieres que yo te lleve del brazo?
Súbitamente inspirada, intervengo.
–¿Te sabes todo el bailable?
–Sí, yo la puedo llevar.
Así es como la negrita Cucurumbé sale a escena de rebozo terciado, muy del brazo de un gallardo pescado con bombín, quien con infinita paciencia la conduce por la orilla del mar, sortea las olas, se inclina galantemente ante ella “quitándose la bomba” y canta lleno de convicción:
–Pero, válgame señor, pues que no ve, que carita tan bonita…
Los aplauden a rabiar, y el resto del programa marcha sobre ruedas. Al año siguiente contraté personal extra porque las solicitudes de ingreso fueron cincuenta.
Han pasado quince años y ahora manejo tres escuelas. He pasado por varias etapas: ahora la SEP tiene programas anti-bullyng, los maestros de escuelas oficiales se manifiestan rebasados por la Reforma a la Ley Educativa, y finalmente se ha expedido una ley que prohíbe rechazar niños con deficiencias físicas a la integración escolar, pero en medio del caos que esto genera, yo pienso que la convivencia con chiquillos de habilidades distintas, tendrá que volver al escolar promedio más comprensivo, tolerante y paciente, cómo lo son los hermanos de niños discapacitados.
Luz y Bersaín me visitan con frecuencia: él cursa 2º. de Ingeniería civil y ella está propuesta para ir a Japón con una beca a estudiar Mecánica Robótica. Amigos fraternales, en sus pláticas recuerdan aquella tarde de los vidrios rotos que inició la amistad que los unió para siempre.


Alicia Flores Ramírez (Las Choapas, Veracruz, 1946).






