9 de diciembre de 2020
Los poetas, aquellos creadores líricos que en todo tiempo y lugar le han cantado al amor, la belleza, la vida y a la muerte; muchos de ellos nos han impactado con sus versos, dejándonos maravillados ante una rima amorosa; tristes frente a la elegía; pávidos por el misterio y dolidos por la muerte traicionera, al narrar con elevados sentimientos sus particulares experiencias.
La poesía es un género literario que se caracteriza por ser la más depurada manifestación hablada de los sentimientos del ser humano -originalmente cantada con acompañamiento de lira-, en versos métricos y rítmicos.
Por su parte, la indiferencia es un estado de ánimo que se caracteriza por una ausencia total de rechazo o agrado hacia una persona, objeto o circunstancia, que, en consecuencia, impide apreciar las diferentes cualidades y características de personas, cosas o sucesos, negándose el indiferente a disfrutarlas. En tal sentido podemos preguntarnos, ¿es posible ser indiferente frente a la declamación de los aedos, que con rima consonante realzan el contenido de sus obras?
La lírica mundial se ha construido desde la particular mirada de hombres y mujeres que nos han dejado sus vívidos testimonios de cómo vivieron tal o cual experiencia; corazones rasgados por la tristeza y el dolor frente a la pérdida de la amada, como el de Francesco Petrarca, desolado ante la muerte de Laura de Noves:
“¡Cuánta envidia te tengo, avara tierra,
que abrazas la que ver se me ha negado
y el gesto encierras de aquél rostro amado
que me dio paz en mi constante guerra!”
Igual sentimiento de Gustavo Adolfo Bécquer, pintándonos el desconsuelo y el abandono de la muerte:
“Despertaba el día,
y, a su albor primero,
con sus mil ruidos
despertaba el pueblo.
Ante aquel contraste
de vida y misterio,
de luz y tinieblas,
yo pensé un momento:
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!”
El pavor de Edgar Alan Poe, estremecido, escuchando al cuervo que le visita de noche:
“Profeta, dije,
o diablo, infausto cuervo
por Dios, por mí, por mi dolor acerbo,
por tu poder fatal
dime si alguna vez a Leonora
volveré a ver en la eternal aurora
donde feliz con los querubes mora;
dijo el cuervo: ¡Jamás!”
La congoja de Amado Nervo, sufriendo ante la Amada Inmóvil:
“Vivir sin tus caricias es mucho desamparo;
vivir sin tus palabras es mucha soledad;
vivir sin tu amoroso mirar,
ingenuo y claro
es mucha oscuridad”.
La sencillez del amor maternal de nuestra Gabriela, cantándole a su velloncito:
“Velloncito de mi carne,
que en mi entraña yo tejí,
velloncito friolento,
¡duérmete apegado a mí!”
Las miradas de amor de Pablo Neruda:
“Me gustas cuando callas
Porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos,
y mi voz no te toca.
Parece que los ojos
se te hubieran volado
y parece que un beso
te cerrara la boca”.
En fin, las alabanzas a Dios de Santa Teresa de Jesús:
Vuestra soy, para Vos nací,
¿qué mandáis hacer de mí?
Soberana Majestad,
eterna sabiduría,
bondad buena al alma mía;
Dios alteza, un ser, bondad,
la gran vileza mirad
que hoy os canta amor así:
¿qué mandáis hacer de mí?
La poesía universal, del griego “poeisis”, que significa crear o engendrar, ha dado a la luz millones de testimonios como los que hemos señalado, frente a los cuales no podemos ser indiferentes, incluso, ni el más estoico de los seres humanos, ya sea que nos hablen de los sentimientos que enaltecen el alma o de aquellos que la atormenten.
Valparaíso, Chile, diciembre 8 de 2020
Jorge Cepeda González es archivero, conservador-restaurador e historiador. Autor de varias novelas y múltiples ensayos. Miembro del Círculo de Escritores V Región de Valparaíso, Chile.









