02 de octubre. Movimiento que trascendió a nivel sociocultural
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30 de septiembre de 2020

Una serie de acontecimientos han forjado las instituciones y el México de hoy. En el siglo XX uno de los principales, sin duda, es el Movimiento Estudiantil de 1968, el cual sigue presente por su significado y trascendencia en todos los ámbitos del país.

Esta fecha trae a la memoria diversos recuerdos, pues mientras para algunos fue un periodo de violencia, represión y base de múltiples transformaciones, para otros es el momento en que la nación se proyectó en el contexto mundial como una gran sede de los Juegos Olímpicos.

Para Eugenia Allier Montaño, del Instituto de Investigaciones Sociales (IIS) de la UNAM, es importante que los hechos ocurridos hace 52 años tengan el lugar que merecen en la historia nacional porque, además de ser una de “las represiones más graves que ha llevado a cabo el Estado mexicano”, sirvió de inspiración y ejemplo para las nuevas generaciones pues “se trata de uno de los múltiples peldaños que nos han llevado, como sociedad, a la democracia que tenemos hoy en día”.
 
Subraya que el acontecimiento está en los libros de texto gratuitos, e inscrito con letras de oro en el Muro de Honor de la Cámara de Diputados la frase: “Al Movimiento Estudiantil de 1968”.

“Cuando revisas los movimientos estudiantiles como el del 86, el del 99, el movimiento Yo soy 132, todos ellos se sienten herederos del 68, por el tipo de luchas y casi a todos se les compara con el propio 68”, destaca.

Mario Virgilio Santiago Jiménez, de la Facultad de Filosofía y Letras (FFyL), explica que además de los logros de los estudiantes y sus demandas, lo que trascendió es la recuperación y la memoria que se ha construido sobre el 68. “No la movilización, no el año, sino todo lo que vino después, cómo se ha transmitido en las generaciones, cómo se ha resignificado”.

Asegura que el movimiento trascendió, principalmente, a nivel sociocultural, pues tiene qué ver con un impacto en la cultura política de amplios sectores de clases medias ilustradas, por ejemplo los universitarios.

“Fue en términos del potencial que tiene la movilización social en la capital de un país altamente centralizado, de alzar la voz, ocupar espacios públicos y poner reclamos en la mesa; si se logran o no es otra historia, pero en principio su impacto fue sociocultural y esa posibilidad de imaginar lo imposible, por eso ha trascendido y se ha mantenido. Si sólo fuera político habría terminado como un dato en una monografía y ya”, afirma el investigador.

Santiago Jiménez agrega que adquiere mayores dimensiones y atención por el número de movilizados, pero también porque “ese año están los ojos del mundo puestos en México por los Juegos Olímpicos”.

Testigo

Griselda Gutiérrez Castañeda, también investigadora de la FFyL, vivió de cerca el movimiento estudiantil y comparte su experiencia. Habla del presente, hace una retrospectiva y refiere los alcances:

Ese año el mundo enfrentó una suerte de confluencia no buscada, donde los jóvenes expresaban las fallas del sistema democrático y buscaban nuevos cauces para ejercer su derecho de expresar diversos puntos de vista.

Como estudiantes, lo que podíamos apreciar era toda una serie de tradiciones establecidas donde había un régimen vertical de autoridad que se aplicaba en todos los ámbitos de nuestra vida, desde lo familiar, hasta lo político y donde no cabía la posibilidad de libre expresión sin que el intento de ejercerla tuviera consecuencias como la represión.

Gutiérrez Castañeda considera que si se contrasta la experiencia del 68 con las movilizaciones recientes, hay un profundo escepticismo sobre la fragilidad de las instituciones y de quienes las encabezan.

“La experiencia del movimiento estudiantil del 68 es un horizonte de referencia que, a manera de un termómetro, permite medir qué tanto hemos avanzado o qué tanta revisión deberíamos hacer a nivel de las estrategias de lucha, como autoridades, para generar cauces de interlocución y eso es muy valioso”, comenta la experta en espacios públicos.

¿Qué pasó en 1968?

En las páginas de la historia quedó registrado el 22 de julio de ese año cuando en la plaza de La Ciudadela alumnos de la Preparatoria Isaac Ochoterena (incorporada a la UNAM) y de las vocacionales 2 y 5 del Instituto Politécnico Nacional jugaban un partido de futbol americano; de pronto fueron azuzados por miembros de las pandillas “Los arañas” y “Los ciudadelos” y se suscitó una confrontación.

Luego, los politécnicos atacaron las instalaciones de la Preparatoria Isaac Ochoterena.

En revancha, al día siguiente los preparatorianos apedrearon la Vocacional 2; en respuesta, los de este plantel y los de la voca 5 marcharon para enfrentarse con sus adversarios. Cuando los politécnicos regresaban a sus escuelas recibieron una golpiza por parte de elementos del cuerpo de Granaderos y de la policía; los profesores que salían a su paso, también fueron agredidos. Todo era una confusión.

La sociedad estaba indignada y días más adelante el alumnado de la UNAM y el IPN se organizaron para marchar contra la violencia policial, lo que originó uno de los movimientos estudiantiles más significativos en la historia de México, porque implicó la constante represión por parte de los cuerpos de seguridad, el aumento en el número de instituciones educativas participantes y los encarcelamientos.

El 2 de octubre miles de personas se reunieron en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco y tras el anuncio de la cancelación de la caminata hacia el Casco de Santo Tomás, soldados rodearon el sitio e inició una balacera contra la multitud.

Boletín UNAM-DGCS-823/2020
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