Pastores o reyes (Artículo)
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9 de agosto de 2020

El mundo iluminado



No es atrevido pensar que la mayoría de nosotros si actuamos para el bien, o al menos al margen de la ley, es porque sabemos que de franquear los límites habrá consecuencias y castigos como el rechazo social o, incluso, la cárcel. La vieja discusión sobre si la malignidad humana es natural o aprendida no pierde vigencia, pues con cada sol que nos llega somos testigos del abuso que el ser humano comete en contra de su misma especie. Sí, somos gregarios, pero también viciosos y por eso el mundo continúa en una espiral de corrupción ética que parece no tener límite. Somos buenos porque el castigo es una amenaza. O pensemos, ¿si no hubiera consecuencias adversas para uno mismo respetaríamos la ley, o seríamos buenos por el simple hecho de hacer “lo correcto”?

Ninguno de nosotros puede negar que en algún momento de nuestra vida hemos fantaseado con lo que haríamos si tuviéramos algún poder sobrehumano como telepatía, invisibilidad, capacidades de vuelo, inmortalidad, etcétera. Y tampoco podemos decir que no hemos pensado en utilizar estas capacidades sobrehumanas para acrecentar una gran fortuna, entrar a lugares prohibidos, espiar a los demás, incidir en la voluntad ajena e, inclusive, asesinar, sobre todo si estamos eximes del castigo. Aunque estas imaginaciones parecen propias de nuestra época no es así, el todavía fértil Platón nos regala el siguiente mito en su libro “La República”, leamos:

«Apacentaba un hombrecillo a sus ovejas en las colinas circundantes al imponente Olimpo, casa de los dioses eternos que por sus vicios imperecederos son más miserables que los hombres. Giges (que significa “abuelo”) era el nombre de este pastor y era un hombre promedio cuya vida se dividía entre la pesadumbre del trabajo y el ocio y tedio del hogar. Giges dormía sin percatarse de que sus ovejas, una a una, eran llevadas por otros pastores o lobos cercanos y cuando el sol estaba por acostarse una repentina tormenta sacudió a los árboles y raptó hacia los cielos a sus ovejas, al mismo tiempo que un terremoto partía la tierra desocultando una estrecha caverna por la que Giges, aplacada la furia natural, se introdujo movido por el miedo y la curiosidad.

«Lo que Giges vio dentro de ella fueron tantas riquezas como reinos no hay sobre la tierra. El brillo de tales maravillas era suficientes para disipar las penumbras entre las que sus ojos se movían excitados mientras que con la imaginación palpaba todos los tesoros. Giges siguió de largo hasta el fondo de la caverna, encontrando allí a un caballo gigante de bronce con una portezuela que abrió avariciosamente; un esqueleto inmaculado lo recibió sonriente y de todos los milagros nunca vistos por el hombre en aquella profundidad Giges salió sólo con uno: el anillo que las falanges del descarnado todavía apretaban. Giges no lo supo, pero en cuanto abandonó la cueva el esqueleto se hizo polvo.

«Días después, a las tierras de Giges acudieron los recaudadores de impuestos, el pastor los miraba de lejos jugando con el anillo que había tomado. El tedio, y la falta de dinero por su pereza, lo hizo girar nerviosamente la sortija de tal forma que cuando la pequeña piedra de la joya quedó en dirección de su palma Giges desapareció en el acto. Él no lo notó, pero sí el resto de los campesinos que lo acompañaban. Giges dijo ‘Aquí estoy’ y aunque lo oían no lo veían; pasó por su mente el esplendor de la caverna, la sonrisa del cadáver y el anillo que llevaba, e inmediatamente comprendió: era invisible. Sin pensarlo demasiado, Giges, se fue con los recaudadores de impuestos vestido de transparencia y se infiltró en el palacio asesinando a su rey, sometiendo a su reina y arrebatando el gobierno de la Grecia antigua. La vejez alcanzó a Giges con una tormenta y un terremoto que nuevamente abrieron la tierra. Él entendió la señal y bajó con su bastón por las entrañas de la tierra en donde encontró, ahora vacío, al corcel de bronce en el que se introdujo, con el anillo puesto, y cerrando tras de sí la pequeña compuerta. El antiguo pastor y poderoso rey desapareció sin castigo».

El relato de Platón, indiscutiblemente, es un precedente de “El señor de los anillos” de Tolkien, de quien aprendimos la sentencia: «Un anillo para gobernarlos a todos. Un anillo para encontrarlos. Un anillo para atraerlos a todos y en las tinieblas atarlos». Tanto el filósofo griego como el filólogo sudafricano ven en el anillo un símbolo de caída, pues no sólo el Giges platónico cede ante la malignidad, sino que también lo hacen los elfos, enanos, hombres y hobbits del relato tolkieniano que se colocan la sortija. De la seducción del anillo, tanto en Platón como en Tolkien, nadie se salva, pues así como la muerte empareja a todos, pareciera que la ambición señorea de igual forma en los corazones de los pobres como de los ricos.

El relato de Platón no es meramente un entretenimiento para la fantasía, sino una lección ética ante la comisión del crimen. Lo que busca es fomentar la pregunta con respecto a si los seres humanos serían justos en un escenario en el que el delito sin castigo fuera posible y en beneficio propio. Sócrates, maestro de Platón, estaba convencido de que todo aquel que conociera realmente al bien no tendría dudas en ejercerlo hasta la muerte, razón que explica por qué él aceptó la pena mortal a la que fue sentenciado, pues, en palabras de estos filósofos: peor que padecer la injusticia, es cometerla.

El anillo de Giges es el mismo anillo de Tolkien. Invisibles se mueven en la política, en las iglesias y aún en las familias los plebeyos que pasaron a ser señores sabiendo que morirán impunes. ¿Somos nosotros iguales a ellos? El caballo de bronce está abierto y el pulcro esqueleto humano nos ofrece con su anillo la oportunidad de ser pastores o reyes.

 
Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, estos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana.
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