“Después de 38 años de vida, reconozco que lo más difícil ha sido poder parecerme a mí mismo”
Durante la infancia uno desea ser robot o superhéroe, en la pubertad uno siempre se espejea con los músicos rebeldes y los personajes exóticos, muchas veces te afianzas de algún escritor o personaje histórico, pero llegando a los veintes comienza el serio problema de querer dejar de parecerse a todo. El cosquilleo por ver adentro de uno, asomarse al espejo a ver si es verdad eso que miras.
Una constante obsesión se me ha venido desarrollando estos últimos 6 años como docente y ha sido el tema de la identidad.
Como primera dinámica de acercamiento con mis alumnos de nuevo ingreso, les pido a los chicos que no usemos su nombre de pila (considero que ese dato es relevante solamente para los trámites engorrosos como el IFE, la CURP y los impuestos, etc) y lo que les sugiero es que se inventen un nuevo nombre, un alias, nickname, nombre de cariño, mismo que utilizarán solamente dentro del aula y para firmar sus trabajos. Esta primera acción (que para muchos es un shock o incluso hasta agresivo) es para pedirles que dejemos fuera del salón de clases una idea que nos han infundido de nosotros mismos, el nombre que nos ponen nuestros padres -Ángel Gabriel Chánez Santín- (además de ser un nombre telenovelesco y totalmente barroco) seguramente es el referente de algún pariente cercano o de un personaje simbólico al que al menos mi madre creyó que me parecía.
Entonces, en el momento que buscas referentes personales para construir un nuevo nombre, te detienes a pensar en el cómo deseo que me vean y comienzas a definir qué deseo mostrar de mí. En ese preciso instante es cuando comienza a desarrollarse una parte íntima guardada, libre de prejuicio, que se puede expander a título propio y que además nos recuerda que el arte es simplemente un juego que nos permite crear a nuestro antojo.
Así es amigo lector, estoy más que seguro que el arte es un juego, y que al menos debería serlo para el público que visita el museo y la galería, creo que una vez más, nos han infundido una idea de como debe uno comportarse frente a una obra o simplemente al entrar al territorio sagrado de la sala de exhibición.
Cuando me enfrento a los jóvenes navegantes sin rumbo de las universidades de arte, cuando estoy a la mitad de un combate contra las instituciones culturales de gobierno, cuando el primer asalto lo ganó un artista pirata y necio, cuando no encuentro salida victoriosa en la contienda por lograr una ciudad más propositiva, me detengo a reflexionar sobre la posibilidad de zarpar hacia otros mares, hacia la obligación de desaprender lo aprendido, hacia conquistar tierras menos cuadradas.
Me motiva la sola idea de zarpar sin rumbo fijo y perderme en la deriva con una tripulación tan basta, tan dinámica y tan llena de energía que permiten que el barco se mueva incluso sin viento.
Creer en los demás, motivar su desarrollo, ponerles retos, obligarlos a profesionalizar su arte, a que generen sus propios recursos, pero sobre todo, a que tengan una identidad propia, ha sido la más enriquecedora experiencia estando al frente de cada tripulación.
Sin lugar a dudas el abundante mar del arte nos traerá vientos favorables aún ante la presencia de un tsunami.
El Capitán Tsunami artista contemporáneo y contestatario








