Don Julián intercaló a su vida de aventurero, de peluquero, el de atender un bar en uno de los mejores cabarets de Puebla: Las Mexicanitas ubicado en un callejón de la 28 pte. entre la 3 nte. y 5 de mayo, frente a San Antonio,
Entró a trabajar a ese cabaret porque conoció a una muchacha, quien al saber que buscaban un cantinero lo presentó con el dueño, llamado Enrique, y como le cayó bien fue aceptado inmediatamente; trabajó ahí de 1947 a 1949 ganando 20 pesos diarios -a los meseros el dueño les daba 7 pesos y las propinas-, por supuesto él ganaba más pues tenía la responsabilidad de todo el dinero recaudado por la venta del licor.
Le dejaba a cargo hasta 50 cajas de Fundador, legitimo español, con 12 botellas cada una; Tres Cepas, licor producido por la casa Domecq cuyo símbolo eran 3 matas de uvas; y 25 o 30 garrafones de agua de zelis o seliz, servilletas de tela, ceniceros y cigarros Montecarlo; los que llegaban ahí por lo regular pedían una botella que costaba hasta 150 pesos.
“ en otros cabarets le vendían a usté la cerveza ¿no?, se vendía mucho el Madero XXXXX, un aguardiente de Urdiñola, no había Bacardí, Presidente, no había nada de eso,... y a las mujeres (en) la mayor parte les daban Cinzano, pero en ese cabaret no había Cinzano, puro coñac así que entraba el que tuviera dinero...yo recuerdo que en ese tiempo un obrero textil ganaba pues 40, 35 pesos a la semana, imagínese para poderse gastar una sentada, 10 pesos con una dama, pues era bastante dinero, ¿no?”
El cabaret; Las Mexicanitas, estaba en una casa vieja y grande con jardín y puente,
“...la sala donde se bailaba y se bebía era una pieza de 8 por 5 metros, tenía su barra con espejos enfrente, con 10 mesas de madera, color caoba, con cuatro sillas cada una, con manteles de tela almidonada, servilletas de tela, un quinqué y un florero delgado con una rosa o clavel eran el adorno,...tenía su baño de hombres, mingitorio con tasa y toda la cosa, ¿no?, un tocadiscos ahí, ya le digo. Ese prostíbulo estaba pintado de un color lila, clarito muy bonito, entonces no había como hoy que luz fluorescente sino había una especie como de candiles que si no daban bastante luz si tenía bonita luz, a la entrada principal de la puerta y las ventanas que daban a la calle se les ponían cortinas,...al fondo...su rocola...tenía Enrique un piano que nunca tocó, nunca funcionó,... ya las señoras para sus necesidades se iban a su cuarto...tenían su recámara, baño y regadera. Nunca tuvo un cartelón que dijera Las Mexicanitas pero ese era su nombre.”
Las sillas y las mesas se acomodaban a los lados y quedaba un espacio para bailar aunque en realidad pocos iban a eso, la mayoría de los clientes iban a tomar
“...yo me dedicaba a la cantina, yo era el encargado, tenía la responsabilidad de la barra y de las mesas, vea usté, teníamos meseros, había dos meseros, y yo que les ayudaba eran tres, mi obligación que llegaba y me decía el mesero: -Hay un servicio, quieren una botella de Fundador- el mesero ya había puesto vasos coñaqueros, vaso para el agua de selis, cigarros Montecarlo y cerillos de La Central... entonces ya, este, llegaba yo y le presentaba al cliente la botella, había clientes que la examinaban si verdaderamente no estaba violada o era legítima y ya se las descorchaba yo, les servía y ya les dejaba la botella ahí, no se usaba tanto el hielo como ora, ¿no?...se tomaba esa agua de sifón...”
Mi encargo era que, este, tuviera la barra bien limpiecita, las botellas bien formadas, tenía yo como cerca de unas 100 copas de coñac, vasos, platos, ceniceros, el quinqué que estuviera bien limpiecito... la mantelería
Al momento de iniciarse en esta actividad el dueño le hizo dos advertencias a Don Julián: la primera que no se metiera con ninguna de las muchachas -acostarse con ellas era pedirles un cachuchazo- porque podían abusar, pues ahí las muchachas debían de tomar al igual que el cliente, aunque no quisieran.
“luego me decían
-Oye, yo no quiero tomar, nomás ponles tantito y llénalo de agua
-No, yo no quiero tener dificultades-
p’s porque pues árabes; sirio-libaneses, dueños de almacenes de ropa; chipileños, españoles de lana pedían ver ..., probaban, ¿no?, usté sabe una persona de esas
-Óyeme jijo de quien sabe que, me estás robando- ¿no?- yo estoy pagando coñac, no te estoy pagando agua-
¿no? , nunca me presté a eso... claro que una chica de esas... se echaba hasta 15 copas sin emborracharse... cuando una muchacha estaba muy ebria... se le sacaba de la sala y se llevaba a su cuarto...nunca me di cuenta cuanto les daban por copa,... claro que su ganancia de ellas era por ocuparse, una mujer de esas cobraba 100 pesos, por irse un rato a acostar, ahí había cama y todo, ¡100 pesos! y había quien los pagara... eran mujeres bien vestidas, no (les) faltaba (trabajo) ponga usté que se ocupara 10 veces a la semana, eran 1000 pesos, era mucho dinero, era un dineral bárbaro ¿no?, ora las copeadas,...ya cuando el tipo era espléndido se la sacaba a un hotel...ya no recuerdo cuanto pagarían estas gentes por sacarse a las muchachas...”
La segunda advertencia de Enrique fue que nunca engañara al cliente, pues en otros lugares cuando alguien llegaba tomado le cobraban más copas de las que consumía, también le recomendó no llegar borracho y estar listo a las nueve de la noche.
“..no chingues al cliente... despáchale bien, nunca le cobres de más, si son 10 copas, 10 copas le cobras, por eso yo te doy 20 pesos diarios, que son muy buenos...”
Enrique en esa época tenía 35 años aproximadamente y siempre andaba bien vestido,
“Camisa blanca, corbatas bonitas, en tiempos de aguas llegaba con gabardina y su paraguas, en tiempo de invierno con su gazné y con su abrigo, traía un carro muy bonito, no, ganaba una barbaridad...”,
y tampoco se metía con las chicas porque era homosexual:
“Yo soy testigo, que un día me llegó y me dice Aurelia: Quiere Enrique un servicio. Agarre la botella de coñac, mis vasos y fui, cuando yo entre al cuarto, Enrique estaba haciendo el amor con un muchacho...”
Aurelia era la responsable de las chicas, una mujer como de 35 años, morena, muy bonita, que administraba a las mujeres que ahí trabajaban, cerca de 10, todas muy bonitas y bien vestidas, a todas ellas se les daba comida y hospedaje, ella atendía sus recámaras, su ropa. De los 100 pesos que ellas cobraban por acostarse con el cliente les cobraba 25 pesos por “la sala”, esto es, cada vez que abandonaban el salón de baile para ir con el cliente a su recámara, de hecho como el negocio del cabaret era el alcohol, las cuentas que entregaba Aurelia podían ser alteradas al no reportar todas las ocasiones en que las muchachas pagaban la salida.
“... ella estaba ahí de planta, allí dormía, cuidaba a las muchachas y todo... vamos a suponer que salieran 5 muchachas al dormitorio, eran 250 pesos, era un dineral en ese tiempo... no me va usté a creer, con suerte hasta 4 veces en la noche los sábados, ¿cuánto se ganaba?, no, ahí el que ganaba era Enrique”
Claro que así como ganaban, las chicas se gastaban su dinero, porque Enrique, además de ser el dueño de este cabaret y otros tres en México; de quedarse con las ganancias de las bebidas, que por lo regular se vendían unas 10 botellas el fin de semana; por si fuera poco todavía les llegaba a vender ropa:
“Luego llegaba con ropa estilo sastre, buenos vestidos, medias, ropa interior,...
-Muchachas, vengan, ahí traigo ropa- ya salían
-Mi vida, déjame a mí, Enrique, eso
-A mí déjame eso ¿no?
se endrogaban pero andaban muy bien vestidas ¿no? usté las veía salir y decía usté: esta muchacha no es prostituta, esta muchacha es de dinero ¿no?...”
Los vestidos que les vendía eran siempre a la moda, elegantes, de buena tela, normalmente eran arriba de la rodilla, las medias junto con el liguero le daban un toque sensual a la mujer, aunado al modo personal, fino y educado, pues nunca decían palabras altisonantes ante los clientes
Por lo general las muchachas no decían su verdadero nombre siempre buscaban cambiarlo por uno atractivo “...aunque se llamaran Bartola pero ella decía que se llamaba Alicia, ¿no?”, eran de diferentes partes de la República y ninguna en contra de su voluntad, además sin padrote porque Enrique no permitía que las explotaran aunque podían tener amante fuera del cabaret. Algunas de las prostitutas fumaban mariguana pero solo se les permitía hacerlo en su cuarto, nunca trabajando.
La categoría de Las Mexicanitas dependía del servicio que se ofrecía, Don Julián aprendió a presentar la botella, descorcharla y servir las copas, debía cambiar continuamente las servilletas y los ceniceros, poner copas limpias en el lugar de las usadas, todo ello incrementaba las propinas para él,
“...y dejaban medias botellas...con 3 o 4 copitas, ahí las dejaban, eso era para nosotros... a veces nos las tomábamos, a veces pa’ venderlas, se llevaba usté 15, 20 pesos, ¿no?, yo le entregaba a Enrique...el dinero...(sobre) botellas vacías...”
Como el precio por botella era el mismo que si pidieran por copa y si la semana estaba bien se tomaban de 20 a 40 botellas, en ocasiones hasta 5 cajas. Además las chicas cambiaban cada 15 o 20 días y nunca más se les veía
“... tenía mucha clientela porque a veces dilataban por mucho...20 días con las mismas muchachas,...ya nos hablaba dos, tres días (antes) por teléfono y le decía a Aurelia: “Aurelia que las chicas junten toda su ropa porque voy a hacer cambio, voy tal día”, ya venía, ya las chicas estaban con su ropa todas, ya se las llevaba y ya traía muchachas nuevas,... pero había veces que Enrique se daba el lujo y estaban 8 días y...el día lunes se llevaba a sus muchachas y traía otras...en otros cabarets dilataban meses las mismas muchachas...”
El cabaret tenía cupo para 30 personas pero era difícil que hubiera tanta gente, por lo regular eran de 8 a 10 clientes, llegando ocasiones que pedían que se cerrara el cabaret para ellos solos, de igual manera una chica podía estar tomando y bailando con cuatro hombres, cobrando hasta 20 pesos por tanda de baile.
Los pleitos no eran frecuentes pero cuando se presentaban normalmente era Aurelia quien metía el orden, mandando a los borrachos fuera del cabaret, o si era entre las chicas las separaba, las mandaba a su cuarto y al siguiente día hablaba con ellas, les llamaba la atención y si había una chica muy conflictiva le hablaba a Enrique y al otro día se presentaba con otra mujer, llevándose a la que causara problemas.
“...hay veces que entre ellas mismas, pues las envidias en el humano no faltan porque aquella tiene más suerte, se ocupa más, y ahí entra el celo profesional... porque llegaba un cliente y ya tenía la preferida, buscaba a fulana de tal ¿no?, ...(los pleitos eran) a boca, porque nunca se permitió que llegaran a las manos, sino fíjese se relajaría el ambiente, se mentaban la madre,...(o se decían) ¡puta esta!, ¿no?
Durante dos años, Don Julián trabajó 6 días a la semana y solo descansaba miércoles o jueves, finalmente dejó ese trabajo porque se aburría de las desveladas, del trato con los clientes groseros; las fiestas que tradicionalmente se pasan en familia o con amigos, como nochebuena o Año Nuevo, el 15 de septiembre él los trabajaba en el cabaret:
“..iba mucha gente,...peor el año nuevo, hay veces que ya a las 8 de la noche nos estaban tocando...
-Aurelia, queremos servicio.
-Como no, pasen, muchachas arréglense que ya hay clientela...
comenzábamos a trabajar el año nuevo, ponga usted, a las 7 de la noche, a las 3 de la mañana cerrábamos, a seguir inflando, ¿no?”
Los recuerdos más gratos que tiene Don Julián de esa época era cuando se juntaban sus amigos y las chicas del cabaret y se iban a desayunar al Rastro o a bailar a Agua Azul.
“...la palomilla de la zona de tolerancia eran: Los Camacho, uno de ellos es sastre, todavía tiene su sastrería; otro de mi palomilla es uno que anda con la bolita, se llama Elías; otro, que en paz descanse, Porfirio La Borracha, ese tuvo una ostionería aquí en la 38 muy grande, hizo dinero, ¿eh?...”
En contraste de lo más desagradable era soportar las “visiones” y malos tratos de los clientes
“...eran tan marranos que querían hacer el acto sexual ahí en la sala, ¿no?...se reprendían pero como eran buenos clientes, pus se tenían que aguantar, ¿no? ...había gente que, pues, ya borracha...le mentaba a usté la madre, usté se tenía que quedar callado...”
Todavía al dejar de trabajar, regresó Don Julián algunas veces al cabaret a saludar a Aurelia y a tomarse la copa, pero después dejó de verlos. Aurelia, según se enteró muchos años después Don Julián, murió asesinada y de Enrique ya no volvió a saber más.
La zona de tolerancia en San Antonio, o El Barrio, que ya eran sinónimos, duró hasta finales de los 50 cuando el Presidente Municipal, Arta Sánchez la desapareció, entonces las prostitutas se fueron para Atlixco, posteriormente Luis Flores hizo de “la 90” la nueva zona roja que para Don Julián “ya no tuvo chiste”.
*Jorge Alberto Durán Ramírez es profesor de Educación Física, licenciado en Historia, aprendiz de artista. Le gusta la música folklórica latinoamericana, que interpretó hasta antes de casarse; gusta de escribir cuento y teatro, actividad que inició después de casarse. Creyente fervoroso de que el amor es el motor del mundo, lo practica antes y después de casarse, la mayoría de sus escritos versan sobre el mismo tema: El amor








